Villaespino


«La vida en Villaespino es sencilla y apacible. Es agradable pasear en la tranquilidad de su oscuro bosque, hay niños muertos jugando en el parque... y tal vez encuentres los altares y círculos de piedras. Pero si escuchas los cánticos bajo la iglesia, mejor será que te alejes cuanto antes.
Ocho autores se embarcan en el peligroso proyecto de relatar lo que sucede en este aislado pueblo navarro. Una trama donde los errores del pasado, la codicia humana y el horror sobrenatural se entremezclan conformando un cóctel dramático e irresistible.»

Villaespino es una obra solidaria. Todo lo recaudado por su venta será destinado a la Fundación ARSIS, que se dedica a la ayuda de infancia y familias desfavorecidas, personas desempleadas y jóvenes.

Está disponible en versión digital y en papel. Con la compra de esta última se regala la versión digital. En este enlace podréis verla y adquirirla.

Dicen que donar para una obra humanitaria produce tanto placer como hacer el amor… Dicen. También dicen que la catarsis desencadenada por una novela de terror causa similares efectos en el cerebro. ¿Será cierto? Por si acaso, os invito a disfrutar de un doble gusto: ¡leedla, y ayudad a una buena causa!


Gracias a todos los autores: Jesús F. Alonso, Antonio Bazalo, Kela Carrasco, Xavier Carrascosa, Athman M. Charles, José C. Ibarz, Maite González,  Josué Ramos y al ilustrador Néstor Allende. Como parte de la Fundación ARSIS, no puedo menos que agradecer el enorme esfuerzo creativo que habéis hecho y vuestro deseo de no lucraros con su venta, sino darlo generosamente.

Antígona

«No nací para compartir el odio, sino el amor».

Son palabras de Sófocles en boca de Antígona, el más inmortal, quizás, de sus personajes. Palabras rotundas, salidas de un corazón ardiente, hasta en cosas que hielan, palabras que eran significativas en la Atenas del siglo V a.C. y que hoy resultan igual de certeras y dolorosamente actuales.

Estos días recordamos a Nelson Mandela, líder pacífico e inquebrantable que hizo del perdón su bandera. Las palabras de Antígona podrían sonar bien en sus labios, igual que en los de tantas personas que, calladamente, deciden vivir bajo el signo de la reconciliación. De Antígona se pueden hacer muchas lecturas: política, feminista, religiosa… La mujer rebelde que se enfrenta al tirano puede ser vista como el ciudadano despierto ante el gobierno opresor, como la libertad de conciencia ante el pensamiento autoritario, como la piedad familiar ante la deshumanización de la ley, como el valor de lo femenino ante la violencia patriarcal. Para muchos estudiosos de la tragedia, Antígona es la voz de Sófocles defendiendo la democracia ateniense frente al régimen monolítico de Esparta.


Pero hay una lectura aún más honda que estas. Antígona es una voz que penetra el tiempo y vence el paso de los siglos porque con unas pocas palabras nos está revelando lo más genuino de la naturaleza humana. Más allá de defender una comunidad, un estado, un ideal, Antígona está defendiendo el valor del amor por encima del odio. Aunque sabe que la victoria, aparentemente, se la llevará la muerte. Y sí, en la obra, como en toda tragedia clásica, mueren casi todos… salvo el apuntador. Un apuntador que, dolido y horrorizado ante sus propias decisiones, comprende que su triunfo es una amarga derrota. Antígona, muerta por defender el amor, se ha hecho inmortal. Y sus palabras siguen resonando…

La morada del alma

«La lengua es la morada del alma», dijo Martin Heidegger.

Y la palabra fue el principio de todo... 

Con este himno deseo a todos los amigos, navegantes y seguidores de este blog una feliz Navidad y un año nuevo lleno de promesas.

«En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.
Estaba con Dios al principio. Todas las cosas existen por medio de ella, y ni una sola de las que existen ha venido sin ella.
En la Palabra hay vida, y la vida es la luz de los hombres.
Y la luz resplandece en medio de las tinieblas, sin que las tinieblas la hayan podido dominar jamás.»
Juan 1, 1-5.

Prosofagia, ¡llegamos a los 18!

Amigos, después de varios meses de mucho trabajo hemos sacado a la luz otro número de la revista Prosofagia, el 18. ¡Ya somos mayores de edad

Os invito a leerla, o mejor a descargarla (el diseño ha quedado precioso) y disfrutar de los artículos que más os apetezcan. Encontraréis un completo ensayo sobre la ortografía de la RAE, que nos ha cedido Martínez de Sousa, una autoridad en la materia, un dossier Tolkien (para conmemorar el 50 aniversario de la publicación de El Señor de los anillos), artículos de homenaje a Cortázar (también se cumple el 50 aniversario de Rayuela), sobre Borges; cuentos varios, poemas y nuestras secciones de humor, literatura y tecnología digital, y más...

Creo que cuando empezamos la revista, pasito a paso, con algunas entrevistas y relatos, no imaginábamos que, hoy, tendríamos tantísimo que publicar y tantísimo que agradecer a los colaboradores que, generosamente, nos ceden su talento y su trabajo en forma de ensayos, poemas o relatos. A todos ellos, ¡gracias, gracias, gracias!

Y también a todos los que nos seguís y nos apoyáis.

Relatos que huelen...

Me he enrolado en un curso on line, ¡vuelvo a estudiar! Y esta vez en muy serio, con ejercicios y exámenes. Por eso ando muy desconectada. Pero no puedo dejar de reseñar esta entrevista a Joanne Harris, autora del famoso Chocolat. Me quedo con esta frase... 
«Una novela que no huele, no duele. Y no se lee.»

Leer aquí la entrevista, publicada en la Contra de la Vanguardia (recomiendo descargar el pdf o leer en posición pantalla completa).

Naguib Mahfuz y el hilo de Scherezade

Rhadopis, la cortesana. Cogí el tomo de la librería y empecé a leer, sin esperar mucho más que una breve novela histórica con ese sabor añejo, especiado y oriental que Naguib Mahfuz sabe imprimir a sus relatos. Quería distraerme y me apetecía volver a sumergirme, durante unos días, en el Antiguo Egipto…

La he terminado en tres días, y he hallado mucho más que distracción, y mucho más un relato exótico. Aun tratándose de una novela primeriza, con esta obra Mahfouz ha sabido darme una lección de maestría literaria.

¿Cómo? Con la sencillez y el hechizo de un viejo contador de cuentos. El autor comienza la historia y no suelta el hilo, tal como si la estuviera contando durante una larga noche, ante la lumbre. No hay en él artimañas, saltos adelante y atrás, flashes, cambios de estilo o trucos sofisticados. No. Relata con transparencia, usando generosamente de su prerrogativa como narrador omnisciente, siguiendo una secuencia temporal y lógica, casi con inocencia. Los capítulos se suceden, breves y fluidos como las aguas del Nilo que baña los escenarios del relato. Hay una elipsis. Una sola, aunque el lector puede sospechar qué ocurre entre líneas. El secreto justo que, una vez desvelado, desencadena la tragedia. Y en sus incursiones sin reparo, adentrándose en el alma de cada personaje, Mahfouz nos descubre las variadas facetas del corazón humano. Lo hace de la misma manera que narra: con nitidez y a la vez con lirismo, sin excesos, pero con la dosis justa de apasionamiento. De manera que el relato resulta dramático sin pecar de histriónico; arde sin quemarnos; brilla sin artificios pretenciosos. Es elegante, y cautiva.

Aquí y allá una frase u otra se quedan grabadas, como dardos, en la memoria:

¿Es lógico que sufra por la realización de mis deseos, como los pobres? ¡Maldita sea esa filosofía! (pág. 34)
No te extrañes, pues la belleza es tan convincente como la verdad. (pág. 58)
¿Azar? Esa palabra falsea la verdad, señor. Se la asocia con la falta de juicio. Sin embargo, es el único origen de la mayoría de las felicidades y gran parte de las catástrofes. A los dioses no les quedan más que unos cuantos acontecimientos lógicos, señor… (pág. 42)

¿Casualidad, dices, Rhadopis? ¿Y qué es la casualidad sino el destino disfrazado? (pág. 85)
Desde ahora la locura será mi emblema. (pág. 86)
Perdí mi alma en el vasto mundo y la encontré en mi hombre amado. ¿Te das cuenta de lo que es el amor, Shiz? […] Es un asunto extraño, como vos decís, señora… y tal vez más agradable que la propia vida. (pág. 104)
El más fiel a su señor es quien le aconseja sinceramente (pág. 119).
…ella no se inmutó, entablándose en su interior una tremenda lucha entre la mujer de sentimientos y la reina de trono. […] El trono fulminó el corazón y el orgullo estranguló el amor. Se replegó en sí misma, triste y prisionera detrás de las cortinas. Así perdió el combate, con las alas rotas y sin lanzar ni una de sus flechas. (pág. 127)
…lo comparó con sus días de antaño, cuando era fuerte y fría. Supo que desde el día en que el amor irrumpió en su corazón, se había convertido en una mujer débil y angustiada… (pág. 176)
En realidad no la había olvidado sino que estaba oculta en los pliegues de su alma, en un pasadizo escondido que no cesaba de allanar con paciencia y fuerte compromiso con sus responsabilidades. Pero cuando la vio, después de un año, el depósito de su alma estalló y las llamas subieron hasta que la abrasaron. Sintió suplicio, abatimiento, desesperación y el orgullo asesinado. Experimentó la derrota y el tormento dos veces en una sola batalla finalizada. (pág. 178)
―La resignación es la única astucia del débil. Yo permaneceré siempre erguido como una espada contra cuyo filo se aniquilan los traidores (pág. 188).
El amor es verdaderamente un mundo extraño. El suyo propio fluye de la esencia de la misma vida. La fuerza que la atrae hacia su señor es la fuerza de la vida, completa y terrible. Pero el amor de Benamón es absorbente, casi lo aísla de todo y permanece en lejanos horizontes que sólo se hacen perceptibles en su diestra mano, y algunas veces en su lengua trabada y cálida. Qué amor tan delicado por una parte, hasta convertirse en un sueño, y por otra tan fuerte que propaga vida en la muda roca. ¿Cómo piensa deshacerse de él, si no la obliga a nada? (pág. 212)
¡Qué atardecer! Lo estaba esperando, amor mío, con el alma agotada por el deseo y engañada por la esperanza. (pág. 237)
Llenó sus ojos con el rostro de él, sin pensar que dentro de breves momentos ese rostro la dejaría para siempre… (pág. 238)
Suspiró desde lo más profundo de su triste corazón y fijó la vista en el cadáver tendido, contra el que fueron a estrellarse sus esperanzas y sus sueños, esparciéndose por todas partes, como si fueran ensoñaciones diseminadas por el despertar. (pág. 253)

¿Es la novela un canto al amor? Así lo parece en una primera impresión rápida. Lo canta, sí, y no rechaza tampoco cantar sus sombras. Pero no es solo esto. Para mí contiene, también, un grito, un lamento. Es un canto desgarrado sobre lo que mata el amor. Es un poema de duelo sobre la arrogante fragilidad humana, incapaz de sostener, alimentar y hacer perdurar el amor. Pues sus protagonistas aman, sin duda, pero en ellos germina algo más fuerte que el amor, y ese algo ―dejo a otros lectores que lo descubran―, es capaz de segar el amor de raíz y conducirlo a la muerte.


En suma, ha sido una lectura de esas que inquietan la mente y remueven el corazón, aunque dejen la miel en los labios. 

Nota: las citas son de la edición publicada por Planeta de Agostini, Barcelona, 1998.

La épica de la guerra, según Baricco

Acabo de releer la Ilíada, según la versión que Alessandro Baricco elaboró para organizar un evento memorable: una lectura pública de la obra de Homero, adaptada para no extender en demasía su duración y para hacerla más próxima al lector. 

Esta reelaboración conserva mucho de la fuerza del original, creo, su belleza y su tinte heroico, añadiéndole un enfoque ―ah, el enfoque― particular: está narrada a partir de 21 personajes, que relatan la epopeya desde su punto de vista.

La recomiendo a quienes aún no hayan leído a Homero y deseen familiarizarse con él de forma “amable”, por así decir. A quienes les resulte pesado atreverse con la versión íntegra y el  lenguaje solemne y arcaico que a menudo destilan las traducciones de los hexámetros griegos. Quizás, después de leer esta, deseen adentrarse más adelante en las aguas profundas de los versos homéricos.

Y recomiendo, tanto como la lectura del relato, leer y meditar sobre la brillante apostilla que sigue a la obra. Se trata de un pequeño ensayo sobre la belleza de la épica guerrera con una reflexión que va más allá de la literatura. Rescato algunos párrafos (las negritas son mías).

Sobre la belleza de la guerra:

«Para ser franco, tengo que decir que la Ilíada es una historia de guerra, lo es sin prudencia ni medias tintas: y que fue compuesta para cantar a una humanidad combatiente, y para hacerlo de un modo tan memorable que durara eternamente, y para llegar hasta el último de los hijos, cantando sin término la solemne belleza y la irremediable emoción que antaño fuera la guerra, y que siempre será. En el colegio tal vez lo explican de otra manera. Pero la esencia es ésa: la Ilíada es un monumento a la guerra
«…la Ilíada tiene algo que enseñarnos. Y lo hace desde su rasgo más evidente y escandaloso: su rasgo guerrero y masculino. […] canta la belleza de la guerra, y lo hace con una fuerza y una pasión memorables. No hay casi ningún héroe cuyo esplendor, moral y físico, en el momento del combate, no se recuerde. No hay casi ninguna muerte que no sea un altar, ricamente decorado y adornado de poesía. […]»

¿Es posible encontrarle un sentido? Hete aquí:

«En este homenaje a la guerra, la Ilíada nos obliga a recordar algo molesto pero inexorablemente verdadero: durante milenios la guerra ha sido, para los hombres, la circunstancia en la que la intensidad ―la belleza― de la vida se desencadenaba en toda su potencia y verdad. Era casi la única posibilidad para cambiar el propio destino, para encontrar la verdad de uno mismo, para elevarse a una alta concienciación ética. Frente a las anémicas emociones de la vida y a la mediocre estatura moral de la cotidianeidad, la guerra ponía en marcha el mundo y empujaba a los individuos más allá de los límites acostumbrados, hasta un lugar del alma que debía parecerles, a ellos, por fin, el punto de llegada de toda búsqueda y todo deseo. […] En esta convicción se reverbera el perfil de una civilización, nunca muerta, en la que la guerra permanecía como un eje candente de la experiencia humana, como motor de toda clase de acontecer. […]»

Lo que el pacifismo no debería olvidar:

«Lo que tal vez sugiere La Ilíada es que ningún pacifismo, hoy en día, debe olvidar o negar esa belleza: como si nunca hubiera existido. […] Por muy atroz que pueda sonar, es necesario acordarse de que la guerra es un infierno, pero bello. Desde siempre los hombres se lanzan a ella como falenas atraídas por la luz mortal del fuego. […] Por ello, la tarea de un pacifismo verdadero tendría que ser hoy no tanto demonizar la guerra, sino comprender que sólo cuando seamos capaces de otra belleza podremos prescindir de la que la guerra, desde siempre, nos ofrece. Construir otra belleza es tal vez el único camino hacia una auténtica paz. Demostrar que somos capaces de iluminar la penumbra de la existencia sin recurrir al fuego de la guerra. Dar sentido, fuerte, a las cosas, sin tener que llevarlas hasta la luz, cegadora, de la muerte.»
«Una real, profética y valiente ambición por la paz yo la veo únicamente en el trabajo paciente y escondido de millones de artesanos que cada día trabajan para suscitar otra belleza, y la claridad de luces, límpidas, que no matan. Es una empresa utópica, que presupone una vertiginosa confianza en el hombre. Pero me pregunto si alguna vez nos hemos adentrado tanto, como hoy en día, por un sendero parecido. Y por eso creo que nadie, a estas alturas, logrará ya detener ese camino, o invertir el sentido. Lograremos, antes o después, sacar a Aquiles de aquella mortífera guerra. Y no será el miedo ni el horror lo que lo lleve de regreso a casa. Será cierta belleza, una belleza distinta, más cegadora que la suya, e infinitamente más apacible.»
Las citas están sacadas de la versión publicada por Anagrama, Barcelona, 2005. Nunca me canso de leerla. 

Una lectura dramatizada de la Ilíada, adaptada por Juan Carlos Plaza, también se hizo en español, en junio 2012. Aquí podéis escuchar la primera parte, en RTVE A la Carta.

El poder de la palabra

En la foto, parte de mis libros, ya instalados en la estantería nueva. ¡Qué alegría!

Y hoy plasmo aquí otro pensamiento sobre el poder de la palabra. Es de San Agustín:
«Cuando pienso lo que voy a decir, la palabra ya existe en mi corazón. Pero si quiero hablar contigo, debo hacer presente en tu corazón lo que hay en el mío.
Así, buscando una forma de dejar que la palabra que existe en mí llegue hasta ti y habite en tu interior, tengo el recurso de mi voz. Su sonido te comunica mi palabra y su significado. Cuando se termina, se desvanece. Pero mi palabra está ahora en ti, sin haberme abandonado nunca.» (Sermón 293, 3.)

¿No es esta la magia del lenguaje? Por medio de él se da algo que, al entregarse, no se pierde. Igual sucede con la escritura: la palabra, en lugar de voz, toma la forma de un signo escrito, de un conjunto de letras. Y en el escrito se contiene la palabra que alberga el autor y que pasa a habitar en el lector. En el acto de la lectura se da esa transmisión, silenciosa y elocuente. Como una semilla multiplicándose, la palabra se reproduce y viaja lejos; ya no pertenece solo a quien la escribió, sino a todos aquellos que la leen y la conservan en su memoria. La palabra es inagotable y fecunda.

El cuento, según Clarissa Pinkola Estés

Antes que psicoanalista de la escuela junguiana, Clarissa Pinkola Estés se define a sí misma como poetisa, cantadora y contadora de cuentos. Esta es su visión sobre el cuento. El cuento fantástico, el cuento sin autor o de mil autores, el cuento que se pasa de una generación a otra y que sobrevive a milenios de historia y olvidos…

A mis ojos, las historias son una medicina.
...Siempre que se narra un cuento se hace de noche. Dondequiera que esté la casa, cualquiera que sea la hora, cualquiera que sea la estación, la narración del cuento hace que una noche estrellada y una blanca luna se filtren desde los aleros y permanezcan en suspenso sobre las cabezas de los oyentes. A veces, hacia el final del cuento, la estancia se llena de aurora, otras veces queda un fragmento de estrella o un mellado retazo de cielo de tormenta. Pero cualquier cosa que quede es un don que se debe utilizar para trabajar en la configuración del alma…
[...] A mi juicio, el cuento, en todas las modalidades posibles, solo puede ser fruto de un considerable esfuerzo intelectual, espiritual, familiar, físico e integral. Nunca brota fácilmente. Nunca «se recoge» o se estudia en los ratos libres. Su esencia no puede nacer ni se puede mantener en la comodidad del aire acondicionado, no puede alcanzar profundidad en una mente entusiasta pero no comprometida y tampoco puede vivir en ambientes sociables pero superficiales. El cuento no se puede «estudiar». Se aprende por medio de la asimilación, viviendo cerca de él con los que lo conocen, lo viven y lo enseñan, mucho más en las tareas de la vida cotidiana que en los momentos visiblemente oficiales. [...]
La beneficiosa medicina del cuento no existe en un vacío. No puede existir separada de su fuente espiritual. No se puede tomar como un simple proyecto de mezcla-y-combinación. La integridad del cuento procede de una vida real vivida en él. El hecho de haber sido educados en él confiere al cuento una luz especial.
 Las citas son de Mujeres que corren con lobos, «Conclusión: el cuento como medicina».

Mudanzas

Cuando uno se muda de casa es una de esas ocasiones en las que piensa que… ¡el saber sí ocupa lugar! Y pesa muchos kilos. Y cuesta de llevar.

Aunque quizás no es tanto el saber, sino ese viejo, viejísimo soporte de tomo y lomo con el que hemos querido fijar las palabras volátiles y la memoria fugaz.  

Ahora, todas esas historias impresas que pesan media tonelada cabrían en un pequeño pen que puedo esconder en la mano. Una biblioteca del tamaño de un caramelo… Cientos, miles de horas de lectura, metidas en una carcasa más pequeña que una nuez, encerradas en una diminuta memoria de silicio, que es nada comparada con la maravilla arbolada de una sola neurona.

Pensándolo bien, el saber no ocupa lugar. Pero sí los libros. Y uno les toma apego, como al olor del pan y al tacto de una sábana limpia. No es imprescindible, pero necesitamos tocarlo.

Esta es una panorámica de mi futuro ex comedor, a punto para el traslado de piso que ¡hoy comienzo! (Y no están ahí todos los libros, ni mucho menos.) No sé dónde voy a comer. Igual me hago una ensalada y me la tomo encima de La leyenda del rey Arturo, que es ancho y de tapa bien dura...


Una visión de la novela, según Unamuno

Donde las cosas no pasan


«Bien sé que en lo que se cuenta de este relato, si se quiere novelesco ―y la novela es la más íntima historia, la más verdadera […]―, no pasa nada; mas espero que sea porque en ello todo se queda, como se quedan los lagos y las montañas y las santas almas sencillas asentadas más allá de la fe y de la desesperación, que en ellos, en los lagos y en las montañas, fuera de la historia, en divina novela, se cobijaron.»
Miguel de Unamuno. San Manuel Bueno, mártir.

Una perla preciosa como broche de una novela tan breve como rotunda, transparente y abismal como las aguas del lago que espejea en sus páginas.

Una definición de la novela: la más íntima historia, la más verdadera…


Y otra, aún: la historia donde no pasa nada, porque, en realidad, es el lugar fuera de la historia donde las cosas no pasan, sino que se quedan. Se quedan.

¿Cuántas veces habremos leído en alguna crítica: es que en esta novela "no pasa nada"? ... Y cuántas veces, también, habremos leído novelas donde pasan muchas cosas, tantas, tantas, que a las pocas semanas las hemos olvidado. Pasaron.

Por ir a la universidad

Esta entrada no es estrictamente sobre literatura... Pero siento que debo escribirla.

«El sábado 15 de junio una banda de milicianos atacó la Universidad de Mujeres de la ciudad de Quetta (Pakistán). Colocaron bombas en el autobús universitario y un kamikaze se hizo explotar cuando profesoras y estudiantes subían al vehículo. En la masacre murieron atrozmente catorce personas y más de veinte resultaron heridas…» Leo esta reseña en Catalunya Cristiana del 20 de junio, firmada por Justo Lacunza, padre blanco y estudioso del Islam. Y sigue: «El odio de los asesinos continuó su trayecto. Atacaron con saña el hospital donde habían sido conducidos los heridos, causando más terror, devastación y muerte. Los islamistas paquistaníes quieren impedir a golpe de bomba y fusil que las mujeres estudien y reciban una educación. Las quieren iletradas y analfabetas, sometidas y esclavizadas. Veladas y arrinconadas en los muros domésticos. Alejadas de la vida pública y administrativa, apartadas del mundo laboral. Con pocos derechos y muchos deberes. Por eso consideran que la educación seglar es el opio de la sociedad musulmana […] Me he preguntado muchas veces si los estados, gobiernos y organismos internacionales perciben la gravedad de prohibir la educación de las mujeres en países como Pakistán. Millones de mujeres en el país asiático luchan por sus derechos elementales. Quieren estudiar en las escuelas y aspiran a formarse en las universidades, pero la tozudez de los ideólogos islamistas les impide realizar su sueño: ir a la escuela. No hay base alguna en la religión musulmana que prohíba la educación de las mujeres. No obstante, los amos del terror lo impiden a toda costa…»

Leo y medito, con tristeza, sobre esta noticia, que no sé si trascendió a los grandes medios de comunicación, porque no los sigo. Y me digo que las mujeres de mi generación, que hemos crecido en aires de libertad, dando por sentada una formación universitaria, y que hemos podido proyectarnos profesionalmente sin traba alguna, deberíamos de tanto en tanto pensar que nuestra situación, comparada con la de la mayoría de mujeres del mundo, es de un enorme privilegio. Ahora mismo estoy escribiendo ante un ordenador, a mi lado tengo una impresora láser y vivo en un piso modesto, pero decente, donde he creado mi espacio personal y privado. Trabajo en algo que me gusta y me dedico unas horas cada semana a escribir, por pura afición; he publicado algunos libros, convirtiendo mi pasión artística en oficio. Más del 80 % de las mujeres del mundo carecen de todo esto. Y muchas que luchan por conseguir, al menos, unos estudios y un mínimo de libertad, se arriesgan a perder su vida, como estas jóvenes paquistaníes y sus profesoras. Muertas por amor al saber. Muertas por ir a la universidad. Muertas por querer proyectar su creatividad más allá de las paredes de sus casas. Muertas por algo que, para las mujeres que escribimos, en mi entorno, es tan natural que lo damos por garantizado.

Sí, somos unas privilegiadas. Una élite de mujeres inconscientes de serlo, preocupadas por cosas como la crisis en el sector editorial, el futuro de los escritores independientes o cómo publicar libros. Otras pierden su vida por leerlos.