Blue Moon

La llamada luna triste o traidora, herética, fantasiosa y traviesa, que altera el ritmo del calendario y las cosechas, aparece cada dos o tres años. Normalmente, cada año cuenta doce lunas llenas. Pero esta noche, 31 de diciembre de 2009, cuando finalizamos la primera década de este tercer milenio de historia anno Domini, tendremos en el cielo una preciosa luna llena, la segunda en este mes y la número trece de este año. La tierra, algo celosa de tanto relumbre, le clavará un mordisquito de sombra que, si aguzamos la vista y las nubes lo permiten, podremos ver en la cara de nuestro satélite.

Si queréis saber más sobre la Luna azul, clicad aquí. En versión inglesa, algo diferente y con más explicaciones históricas y anécdotas, aquí.

Bonita manera de empezar un año nuevo, iluminados por esta luna lunera, musa inspiradora por excelencia de artistas y poetas… A todos los visitantes y amigos del blog, ¡os deseo un magnífico 2010!




Feliz Navidad

A todos los amigos, colegas de foro y seguidores de este blog, os agradezco vuestras visitas, vuestros comentarios y, lo que es más importante, vuestro ánimo y apoyo moral en este itinerario azaroso del "llegar a publicar".

Os deseo una Feliz Navidad y un Año Nuevo lleno de letras y belleza.

Y, como me gusta añadir música a los mensajes, os dejo esta preciosa canción de Gilberto Gil, con PAZ:

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¿Dónde está el arte, dónde el placer?

Cuando le comenté a Francesc Miralles, autor de mi agencia, que era afortunado por dedicarse a la literatura profesionalmente, a full time, me respondió que escribir por afición, robando horas al tiempo, también tenía su encanto; supongo que lo dijo porque escribir así permite conservar la libertad y la frescura del que solo escribe por pasión.

Ahora bien, aquellos que escriben por profesión y por encargo, ¿son menos libres? ¿Son menos artistas? ¿Están menos enamorados? ¡Ah, no lo creamos! Y pienso en autores como Shakespeare o Lope de Vega, que escribían por oficio y por negocio, sobre temas manidos y argumentos archi-repetidos. ¿Acaso no encontraban goce escribiendo sus obras? Y nosotros, hoy, ¿acaso no valoramos el arte, la hondura y la originalidad que encontramos en ellas, pese a que la mayoría son remakes de mitos y leyendas tan viejos como la humanidad? ¿Dónde está el arte? ¿Dónde está el placer?

Vuelvo a mis clásicos… mis viejos y queridos clásicos. Los que ponderan el placer por el valor del trabajo bien hecho, la satisfacción íntima de buscar la excelencia, la belleza, el detalle que pone broche de oro a una obra. Aquel «Estima la feina que fas...» de Joan Maragall. El placer y el arte no están tanto en uno mismo, sino en aquello que hace.

Cuando, olvidado de sí, el autor se vuelca en su obra, perdido todo afán de notoriedad, todo orgullo, toda vanidad, entonces su arte roza lo místico y necesariamente ha de relumbrar. Pienso en los pintores del Paleolítico, en los bardos que trenzaron las primeras epopeyas, en los compositores que crearon, a impulso de cuerda y golpe de tambor, esas melodías tradicionales sin autor que aún hoy nos seducen; en los anónimos constructores de catedrales, en los escultores desconocidos que han dejado pedazos de belleza eterna esculpidos en piedras que los sobrevivirán durante milenios… Nada queda de ellos, ni tan siquiera el nombre. Nada, salvo su obra. En ella está el arte. En ella el placer.

Vivir de la pluma

Cuando a mi mentora, Montse Rico, le preguntan si se puede vivir de la literatura, ella suele replicar que depende de la frugalidad de tu dieta.
¿Se pueden compaginar las letras con los garbanzos? ¿Se puede vivir de la literatura sin escribir por encargo? ¿O es mejor dejarse llevar por el romanticismo y olvidarse de las ganancias, en aras de una libertad creativa?
¿Es la vida de un escritor un frenesí de inspiración, un impulso a merced de las musas, un romántico dejarse llevar y escapar de la dura realidad prosaica de cada día?
Hace poco leí estas líneas de Martín Descalzo: «una obra creadora, literaria o artística se asienta siempre sobre una dura vida de trabajo, no sobre improvisaciones más o menos brillantes. Hay mucho que leer, mucho que escribir, mucho que aprender, mucho que tachar para, al final, poder escribir algunas líneas que se sostengan en pie. Incluso son muy pocos los escritores y los artistas que se alimentan de su obra creadora. Los más, al menos al principio, han construido su obra al respaldo de otra carrera que les permite sobrevivir. No es fácil, no, vivir de la pluma. A no ser que, además de la poesía, se tenga una granja avícola».
¡Baño de realismo! Tengo la impresión de que la mayoría de los que escribimos estamos en esta situación. Escribimos porque llevamos las letras en la sangre y queremos dedicar una parte de nuestra vida a ello, pero también somos conscientes de que tenemos ese otro trabajo que nos permite “comer” y que no podemos abandonar, entre otras cosas, porque quizás muchos tenemos familias que mantener y porque la pluma no se sostiene sólo con el alma, sino con un cuerpo de carne y hueso.
Y aquellos que se dedican a las letras a tiempo completo saben, como mi mentora, que, aunque los sueños motivan, en la vida de un escritor también hay mucho sudor y muchos platos de lentejas… Como reza el dicho: “noventa por cien de transpiración, diez por cien de inspiración”.
Acabo con una cita de Salvatore Quasimodo: «Los poetas no caminan sobre las estrellas, sino que son seres diariamente curvados sobre la tarea terrestre». Su mérito no es volar elevándose por encima de este mundo cruel, sino, tal vez, saber hacerlo sin dejar de tener los pies posados firmemente sobre la tierra.

Para quién escribimos III

Y acabo la saga —por ahora— y así dejo el tema. Estoy leyendo La azucena roja, de Anatole France, y he aquí que me topo con este párrafo demoledor:

«¡Oh, mis libros…! En un libro no se dice nada de lo que se querría decir. Es imposible expresarse… Por supuesto, sé hablar con la pluma, igual que otro cualquiera. Pero hablar, escribir, no es nada. Es una miseria, cuando lo pensamos; estos pequeños signos de que se forman las sílabas, las palabras, las frases. ¿Qué queda de la idea, la hermosa idea, bajo estos malignos jeroglíficos a la vez vulgares y extraños? ¿En qué convierte el lector mi página de escritura? En una serie de falsos sentidos, de contrasentidos y de ningún sentido. Leer, oír, es traducir. Hay quizá bellas traducciones, pero no las hay fieles. ¿De qué me sirve que admiren mis libros, ya que es lo que cada uno pone en ellos lo que admira? Cada lector sustituye sus visiones a las nuestras. Le suministramos con qué excitar su imaginación. Es horrible servir de materia para semejantes ejercicios. Es una profesión infame.» (La azucena roja, cap. V)

¡Confío que nadie sienta algo parecido! Aunque sospecho que más de uno, en alguna ocasión, habremos estado cerca de sufrir esa devastadora sensación de soledad e incomprensión hacia nuestras pobres letras.

Sin embargo, mi experiencia en los foros literarios me demuestra más bien lo contrario. Hay lectores que no sólo captan con asombrosa precisión esa “idea” oculta tras la letra, sino que incluso ahondan en ella con penetrante lucidez.

Quisiera acabar la reflexión sobre el lector con otra consideración que he oído en varias personas y autores —no me preguntéis quiénes, porque ya no lo recuerdo—. Hay quien dice que, en realidad, todo escritor escribe, al menos, para un lector muy especial… ¡él mismo!

¿En cuántos blogs o foros no leemos algo del estilo “escribo lo que me gustaría leer”, o “me decidí a escribir la historia que me gustaría encontrar publicada”?

¿Cuántos autores no cultivan el género, el estilo o los temas que les apasionan leer en otros escritores?

Me temo que soy uno de los pocos bichos raros que no lo hago. Escribo juvenil pero apenas leo literatura juvenil, y la verdad es que no me atrae mucho, con la salvedad de uno o dos autores.

Aunque, volviendo a la reflexión anterior, debo confesar que tal vez sí, tal vez escribo para mí misma. Más de una vez lo he pensado. Escribo para mí o quizás para la lectora que fui en mi infancia, la que disfrutaba leyendo Ivanhoe, Miguel Strogoff, Los tres mosqueteros, La isla del Tesoro o El señor de los anillos.

Quizás por eso mis novelas parezcan, en palabras de uno de mis primeros lectores, obras “de esas que ya no se escriben”, o sea, del siglo pasado… ¡o del anterior!

Me animo releyendo el discurso inaugural que un catedrático de literatura ofreció recientemente en una conocida universidad barcelonesa. Cito: «Según afirma el teórico Tomachevski: las obras de actualidad no sobreviven al interés temporal que las ha suscitado, mientras que los temas universales: el amor y la muerte, permanecen inalterables a lo largo de la historia».

¿Para quién escribimos? II

Hoy les presento el capítulo II —sí, con números romanos y en plan titular, que queda mejor— de la saga ¿Para quién escribimos?

Hablábamos de la importancia de tener en cuenta al lector, ¡ah, el lector! Destinatario de nuestras letras y afanes, que puede ser un rostro, un nombre, un recuerdo, un público diáfano y concreto o un nebuloso concepto que juega al escondite tras la palabra… Lector

Podemos dar un paso más allá de la reconciliación entre escribir con placer y a la vez para complacer. Se trata de ver al lector, no como un mero receptor de nuestro producto, sino como alguien que posee criterio, que tiene la mente abierta a las novedades y cuyos gustos y exigencias lectoras evolucionan. Y tener el valor de decir: creo tanto en lo que estoy ofreciendo, y creo tanto en la capacidad del que va a recibirlo, que ya no voy a escribir para gustar al lector; voy a intentar que al lector le guste lo que escribo. ¿Por qué? Porque estoy convencido de que vale la pena.

De esta manera, escapamos a la tentación: renunciamos a ganar audiencia con recursos fáciles y buscamos seducirla tentando su paladar y enseñándola a apreciar otros sabores diferentes.

Por supuesto, es fácil de decir y no tanto de llevar a la práctica. Para educar los gustos lectores y generar nuevas tendencias se requiere arte, tiempo, originalidad y un gran talento como escritor. Pero, ¿quién dijo que un escritor se hace en dos días? Un primer paso es comenzar y dilucidar dónde colocamos nuestras aspiraciones. Quisiera acabar con un texto de Umberto Eco, que multiplicó la afición por la novela histórica construida con rigor y densa en contenido filosófico. Cito de sus Apostillas a El nombre de la rosa (capítulo “Construir el lector”):

«Se escribe pensando en un lector. Así como el pintor pinta pensando en el que mira el cuadro. Da una pincelada y luego se aleja dos o tres pasos para estudiar el efecto… Cuando la obra está terminada, se establece un diálogo entre el texto y sus lectores (del que está excluido el autor)»

«…escribir es construir, a través del texto, el propio modelo de lector.»

«…el escritor escribe con la esperanza, ni siquiera demasiado secreta, de que precisamente su libro logre crear, y en gran número, muchos nuevos representantes de ese lector deseado y perseguido con tanta meticulosidad artesanal, ese lector que su texto postula e intenta suscitar.

La diferencia, en todo caso, está entre el texto que quiere producir un lector nuevo y el que trata de anticiparse a los deseos del lector que puede encontrarse por la calle. En el segundo caso, tenemos el libro escrito, construido según un formulario, adecuado para la producción en serie: el autor realiza una serie de análisis de mercado y se ajusta a las expectativas. Con la distancia puede verse quién trabaja mediante fórmulas: basta analizar las diferentes novelas que ha escrito para descubrir que, salvo los cambios de nombres, lugares y fisonomías, en todas se cuenta la misma historia: la que el público pedía.

En cambio, cuando el escritor planifica lo nuevo y proyecta un lector distinto, no quiere ser un analista de mercado que confecciona la lista de los pedidos formulados, sino un filósofo que intuye las tramas del Zeitgeist. Quiere revelarle a su público lo que debería querer, aunque no lo sepa. Quiere que, por su intermedio, el lector se descubra a sí mismo».

Nunca dejes de soñar

Ayer se celebró la gala de entrega del I Premio As de Picas. Me pareció que una buena manera de cerrar este episodio de mi vida literaria era asistir, así que fui y, la verdad, me alegro que haberlo hecho.

Fue un acto sorprendente y espectacular, muy alejado de las entregas de premios tan solemnes y académicas que, supongo, se dan en el mundo editorial. Comenzó en la plaza Lesseps de Barcelona, junto a la biblioteca pública, con un espectáculo rapero de El Chojin, bajo la claridad de un par de focos “que no son la luna” (cito de una de sus canciones) y de un globo iluminado con la efigie del As de Picas. Dicen que el rap será la poesía del siglo XXI… ¡tal vez! El caso es que Chojin, con su rap positivo, nos metió las ganas de mover el cuerpo, una tonelada de buena onda y también nos hizo pensar...

Rodeados de multitud de jóvenes, participantes en el jurado, amigos y público, entramos luego a la biblioteca. En la sala de actos, nos esperaba otro espectáculo en tres dimensiones. Combinando escenificación en directo, show de la presentadora y montaje audiovisual en tres pantallas, los asistentes pudimos saber qué es el As de Picas, cuál es la filosofía del concurso y de la editorial Viceversa y cómo se llevó a cabo el proceso de selección de novelas y decisión del jurado.

Resumiendo, fue interesante ver la intención de conjugar dos tipos de fantasía: la literaria y la que se produce para los videojuegos, así como la participación activa de jóvenes elegidos de toda España que contribuyeron a la lectura y selección de originales. A todo esto, fui reflexionando y comprendí mucho mejor por qué mi novela no se adaptaba a este concurso ni al tipo de literatura que buscan.

Y por fin, llegó el momento esperado, cuando la presentadora tomó el cofre “del tesoro”, la llave dorada, lo abrió… y reveló quién era el ganador.

Fue Rafael Ábalos, con la novela Poliedrum, una historia donde un grupo de amigos se ven introducidos en un mundo que mezcla realidad y fantasía y se embarcan en una peligrosa misión.

Esta parte final del acto es la que disfruté más. Rafael Ábalos es un orador que sabe seducir con su voz y sus palabras. Nos habló del niño vivo que llevan dentro los escritores que, como él, escriben fantasía, de su afán por crear otros mundos imaginarios, del placer creador de la literatura. Y nos leyó el breve y escalofriante primer capítulo de la novela, ¡no necesitó más para encender nuestros deseos de saber más!

Viceversa se marcó otro detalle: nos regaló a todos los asistentes un ejemplar de “preestreno” de la novela, que por supuesto, todos fuimos a recoger.

Cuando acabó el acto, fui a saludar a la directora de Viceversa y a su jefe editorial. Me presenté y les agradecí la invitación al evento. Ellos estuvieron muy amables y atentos, recordaban mi nombre (ja, ja, supongo que por ser la autora de la caja de los diez kilos…) y también agradecieron mi asistencia.

Y luego, aún vino lo mejor. Me puse a la cola para que Rafael me firmara el libro. Le expliqué que era una escritora casi novel y que también había participado en el concurso. Estuvo muy cariñoso. Hablamos un poquito, me firmó con una dedicatoria que releeré muchas veces y cuando le pedí un consejo de escritor consagrado, me miró fijamente a los ojos y me dijo: “No dejes nunca de soñar. Vive tus historias, vibra con ellas, métete en ellas, siéntelas... No hay otro secreto.”

Me quedo con esas palabras, el pequeño tesoro que recibí anoche. Claro que es un consejo que no necesito, pues así lo hago y así lo siento… Pero, de vez en cuando, es bueno que alguien te lo recuerde.

Houston, tenemos un problema…

Pues sí, tenemos un problema. O quizás mejor debería decir, tengo un reto. Prefiero bromear para no saltar, ¡maldita sea, siempre LO MISMO!!! Pero más vale que baje de la Luna y vaya al grano.

El miércoles día 4 se hace público el ganador del Premio As de Picas, el concurso en el que con tanta ilusión —«no me llames iluso…»— participé hace unos meses.

He pasado unas semanas de nervios porque una amiga mía que también concursó me dijo que desde hace casi un mes han ido enviando mensajes a los no ganadores… ¡y yo sin recibir una triste nota!

Por fin, me llegó una invitación, automática, impersonal. Así que decidí llamar a la editorial y salir de dudas. Se supone que, si no has ganado, has tenido que recibir el mensaje. Y si has conseguido el premio, ¡al menos tienen que avisarte unos días antes!

Sí, salí de dudas. No he sido premiada. Y me enviaron un mensaje amable explicándome el por qué.

Reproduzco el párrafo:

«Te escribo desde el departamento editorial de Viceversa. Acabamos de hablar por teléfono, y justo al colgar he caído en por qué tú no habías recibido mail. A los autores que estaban representados por agencia Carlos Martínez, director editorial de Viceversa, les hizo una llamada para comunicarles la valoración y decisión del jurado. Aún así, puedo decirte que El heredero del clan estaba extraordinariamente bien escrita, muy bien estructurada, con una trama muy bien dosificada y unos personajes llenos de vida... Fue, sin duda, de las mejores. Pese a sus cualidades, pensamos que quizá la segunda parte de la novela era demasiado adulta (los personajes crecen y, como es natural, los temas que los ocupan cambian) y, por lo tanto, alejada del público juvenil al que queríamos dirigirnos. Y, por último, sólo nos queda agradecerte enormemente tu participación, y expresar el deseo de que puedas seguir participando en todas las ediciones venideras. A partir del 5 de noviembre estarán ya publicadas las nuevas bases y se abrirá la IIa Edición del Premio...»

Los que habéis participado en concursos ya sabéis lo que se siente… Esa mezcla extraña de alivio, ante la duda resuelta, y de vacío interior, con la sensación de haber perdido algo.

Y la reacción inmediata. En mi caso, vinieron los sentimientos antes que la reflexión. Rabia: ¡siempre igual, la eterna pugna entre juvenil-no juvenil! Si Viceversa hace esas consideraciones sobre mi novela, ¿no será eso un obstáculo para que otras editoriales la publiquen? ¡Y no quiero cambiar mi historia! ¡Es así, la escribí así y la quiero así! ¿No existe literatura juvenil “un poquito” para adultos?

Luego, llegaron las consideraciones… ¡Baño de realismo! Para ganar un premio hay que tener todas las cartas favorables, y yo tenía al menos seis puntos en contra:

1. Había autores representados por el director de la misma editorial: ¡puntos en su favor! (* ver NOTA)
2. Participaron autores super consagrados, como Rafael Abalos, ¡más puntos para ellos!
3. Mi novela era larguísima, ¡punto en contra!
4. No es excesivamente —por no decir, casi nada— fantástica (otro punto menos)
5. Para ser adaptada a juego de play station... puede ser fenomenal, según cómo se mire, y puede no serlo
6. Los supuestos temas adultos (o no infantiles, diría yo)

Conclusión: ya tengo un nuevo desafío: buscar editorial para la novela. Como sea. Bueno, en realidad es mi agente quien debe hacerlo… Pero pondré todo cuanto pueda de mi parte para empujar. Ya sé que la propia autora no es buen juez de sus obras, pero creo que es de lo mejor que he escrito. Mejor que Estirpe… mejor que el resto de novelas. ENCONTRARÉ QUIEN QUIERA PUBLICARLA. ¡Esa será mi meta! Perdí una batalla, pero voy ganar la guerra.

***

NOTA: He cometido un error de interpretación en el mensaje de Viceversa. No es que hubiera autores representados por la misma editorial, sino que el director de la editorial, Carlos Martínez, llamó por teléfono a los autores representados por agencias (en mi caso, llamó a la agente y por eso yo no lo supe hasta más tarde). Disculpas por la errata. Esto invalida el punto 1. de mis consideraciones.

La kedada

Fuimos siete. No es un gran número, pero sí es un buen número. Y en tan sólo un grupo de siete, sumamos cuatro nacionalidades distintas.
El encuentro fue muy rico. Nos presentamos, leímos algunos escritos propios, escuchamos y comentamos. Intercambiamos nuestras aventuras como escritores —noveles o ya publicados—, nuestros aciertos, tropiezos y esperanzas. El tiempo pasó volando y, cuando nos despedimos, creo que todos ya estábamos deseando volver e invitar a más gente.
¿Quiénes fuimos?
Grendelkhan, miembro de Prosófagos y uno de los promotores del portal Literactiva, nos habló de esta iniciativa y del empuje creciente de este tipo de literatura virtual interactiva, que en España aún está en pañales pero que en países anglosajones ya está muy desarrollada y cuenta con excelentes escritores.
Isabella de Jesús, de México, nos transportó a la América precolombina y nos deleitó leyendo un cuento ambientado en la antigua cultura mexica, con un bellísimo poema incluido.
Janet arrancó nuestras carcajadas leyéndonos con buen acento cubano el principio de su novela, cargada de ácido humor y ambientada en el corazón de la Habana.
Jesús F., también prosófago, nos puso la piel de gallina leyéndonos el cuento de terror y pájaros con que ganó un concurso literario.
Alejandro, argentino de Buenos Aires, se sumó a la kedada espontáneamente, cuando vio el cartel que pegamos en los cristales de la cafetería. Escribe poesía, venera a Rubén Darío y nos contó sus peripecias literarias y vitales. Se comprometió a leernos algún poema suyo en la próxima kedada y también a darnos consejos para promocionarnos como autores.
Carolina Lozano, la más joven del grupo, nos asombró. En un año ha publicado dos novelas y está esperando publicar dos más el que viene: tres forman parte de una saga de épica fantástica y la cuarta es histórica —ha quedado finalista en el premio Edebé. Ha conseguido contactar con las editoriales directamente, sin agente alguno, y además ha llevado a cabo una buena promoción de sus obras, organizando presentaciones, yendo a ferias del libro, lanzando su propia web, con merchandising inspirado en sus novelas —postales, imanes, bolígrafos—, etc. Todo lo ha hecho y pagado ella misma. Su tesón fue inspirador.
Finalmente, Elisabet explicó algunas de sus andanzas y leyó a la concurrencia un cuentecillo inspirado en las historias de trasgos y aparecidos tan típicas del norte de España.
La próxima kedada será en febrero. Hemos acordado celebrar una por trimestre. Aún hemos de concretar fecha, pero será otro sábado, entre 5 y 8 de la tarde. Todos los que paséis por aquí y os apetezca venir, ¡estáis invitados!
(Cuando tenga las fotos, colgaré algunas)

Los desafíos del novel

¡La revista Prosofagia número 4 ya salió a la luz! Esta vez, la hemos dedicado a un tema que a más de un lector y visitante interesará: los desafíos del escritor novel. Os invito a leerla on line o a descargarla en pdf. Hay artículos que no tienen pérdida, como:
  • los de Teo Palacios, sobre cómo consiguió "vender" sus novelas y fichar con agencia y editorial —nada de enchufes, sino trabajo concienzudo, constante y bien pensado—.
  • el de ñam, sobre qué diantre es eso de literatura... —¿alguien ha intentado una definición de cosecha propia?
  • los coloquios on line de Esther y Plasido, sobre el arte de escribir cuentos con maestría, inspirados en los artículos de Guillermo Martínez
  • o las experiencias en vivo y en directo de Blanca Miosi y Nelo, que ya han conseguido publicar más de un libro y están imparables
  • los paseos de Boris Rudeiko por el Café Gijón y por otros cafés y foros literarios
Y más cosas. Si leéis la revista, también me gustaría que me dierais vuestra opinión sobre el artículo "La voz interior".

Kedada literaria en Badalona

A todos los amigos y visitantes del blog: si estáis en Barcelona o cerca, o si os apetece venir de un poco más lejos, el día 24 de octubre hemos organizado una kedada literaria en Badalona (Barcelona).

La organizamos un grupo de miembros del foro Prosófagos, pero está abierta a amigos y compañeros escritores o amantes de las letras que queráis acercaros.

Eso sí, ¡tendréis que traer algo para poder entrar!

Día. 24 de octubre, a las 17 h

Lugar: Espai Cultural de ARSIS. Calle General Weyler 257, bajos. Metro más cercano: Gorg. A los interesados les puedo enviar un mapa.

Teléfono del local: 93 460 66 86.

Programa: presentación de cada cual y lectura de un breve relato (eso es lo que cada cual ha de traer, si es posible...) Breve, ¡no más de dos folios!

Luego, los comentaremos entre todos.

También explicaremos algún que otro proyecto, como Literactiva, o el Concurso de Relato Joven de Badalona.

Finalmente, recogeremos ideas y propuestas para otras kedadas.
En el local hay cafetería, zona wifi, espacio de sofás y una sala más aislada si nos conviene.

Más información: escribid a labaladademaya@hotmail.com

¿Para quién escribimos? -1-

Abro este tema basándome en los mensajes que algunos de vosotros me dejasteis en la anterior entrada. Estoy segura de que es un tema que habréis tocado muchos en vuestros blogs o en foros literarios. A mí me inquieta y me quita el sueño desde hace un tiempo —eso es un decir, porque duermo como una marmota. La pregunta no es simple ni baladí. En realidad, es crucial para un escritor porque alude a un factor clave en toda obra literaria: el LECTOR.

Quizás todos empezamos escribiendo para nosotros mismos, por puro placer, o porque “la loca de la casa” se nos escapaba desde las neuronas hasta los dedos inquietos sobre el teclado… Pero cuando alguien se propone publicar su obra, está claro que escribir deja de ser un acto solitario y autocomplaciente. Inevitablemente hay que tener en cuenta a la otra persona, al gran público, a nuestros futuros lectores.

Pensar en el lector es trascendental. Puede cambiar y depurar nuestro estilo —no podemos ofrecer una chapuza—, pero también puede cambiar nuestra historia y el enfoque que le damos. En mis conversaciones con un buen amigo escritor, solemos discutir sobre esto. Él insiste en que siempre debo pensar en mis lectores. Yo me resisto, pertrechándome en mi confortable torre de marfil: no quiero escribir condicionada por ellos. ¡Necesito libertad para expresarme! Pero en esta lucha, si voy a publicar, finalmente, tendré que rendirme y asumir mi inevitable derrota. Mi agente y mis editores nunca me publicarán una obra sin tener en cuenta el factor público. Así que más me vale aceptarlo.

Literatura, comunicación
¿Para quién escribimos?

En clase de lingüística nos enseñaron que la comunicación es un proceso con tres elementos clave: el emisor, el mensaje y el receptor. Y otros tres, no menos importantes: el código, el canal y el contexto. La creación literaria es un acto de comunicación donde podemos identificar fácilmente a cada parte: el escritor emite un mensaje, su obra; el receptor es el lector. El contexto es el entorno social y cultural, el momento histórico, las circunstancias que rodean a ambos —modas y tendencias incluidas. El canal es el libro, digital o impreso, y el código, el lenguaje. Pero por lenguaje no sólo me refiero al idioma, sino a las claves que conforman el discurso: desde su género, su estilo, su estructura, su punto de vista narrativo, sus simbolismos…

El escritor, como emisor, desea que alguien reciba su mensaje, que lo reciba correctamente y aún más: en el momento en que emite, está esperando, conscientemente o no, una respuesta. Por tanto, debe cuidar al máximo el canal y el código para que el receptor capte su mensaje.

Los ruidos

Pero en la comunicación hay ruidos que se interponen entre el emisor y el receptor y dificultan la recepción del mensaje o su correcta interpretación.

Estudiar los ruidos, en su sentido lingüístico, puede ser fascinante. Porque los ruidos no son solamente externos —pobre impresión, problemas de conexión, deficiente difusión de una obra— sino, mayormente, internos. Por parte del autor, un estilo pobre, una prosa defectuosa, fallos gramaticales u ortográficos y torpeza narrativa pueden dificultar que una historia teóricamente buena “llegue” al lector. Por parte del lector, si carece de ciertos conocimientos, tiene escasa riqueza de vocabulario o poca sensibilidad hacia los temas que trata la novela, no la valorará lo suficiente. También puede rechazarla cuando, simplemente, trata de un asunto que choca con sus preferencias. El estado anímico, la formación, los gustos, la experiencia vital, las ideas y creencias del lector influyen en su lectura y en su valoración de la novela.

Después de estas consideraciones… ¿qué cabe hacer? Por supuesto, no podemos controlar ni predecir la reacción de todos nuestros lectores, de manera que su respuesta tampoco puede condicionar el mensaje que vamos a transmitir. Pero si hay dos cosas que se pueden controlar y que son responsabilidad del autor. Por un lado, evitar todos los ruidos que dependan de él en la transmisión del mensaje. Y, por otro, apuntar a diana. Como buen arquero, su flecha debe estar afilada y limpia, el arco bien tensado y el ojo siempre fijo en el blanco. Es decir, se trata de lanzar una buena historia, enfocarla hacia el público más receptivo, buscar el canal más adecuado y volcarse en cuerpo y alma en el código. Porque, finalmente, cuando hablamos de literatura, estamos hablando de códigos.

“Dudas existenciales”

He meditado antes de colgar esta entrada… Finalmente, me he decidido, porque tal vez a más de uno le suceda algo semejante, alguna vez. Ese día, si habéis leído esto, quizás recordaréis que no estáis solos y que la carrera del escritor está jalonada de nubes y sombras que no toca más remedio que afrontar.

¿Alguna vez habéis pensado que escribíais algo estupendo o, por lo menos, digno de ser publicado, y al cabo de un tiempo alguien os hace ver que vuestra “obra de arte” es, en realidad, un completo desastre?

¿Habéis encontrado lectores con opiniones totalmente distintas sobre alguno de vuestros escritos que os hacen dudar y replantearos todos vuestros esquemas?

Bueno, pues esto me ha sucedido con una de mis novelas. De entrada, diré que es una novela con lagunas y fallos, de eso siempre fui consciente, pero que en la agencia gustó y al menos a tres lectores también. Entonces la di a leer a un buen amigo, escritor, de cuyo criterio me fío bastante, y él tuvo el gran gesto de enviarme una crítica muy sincera, detallada y razonada.
Se me cayó el alma a los pies, tanto, que decidí escribir a Sandra Bruna para que retiraran esa novela de circulación. Por algún motivo, me demoré unos días…

Y llegó la fiesta de la agencia.

Fue el jueves pasado, en el Patio Manning de Barcelona, en pleno centro histórico de la ciudad. Lo mejor de esa fiesta fue conocer en persona a dos compañeros de agencia, Teo Palacios y Lola Mariner, con los que pasé un gran rato, y con quienes hubiera estado mucho más tiempo charlando...

Bueno, en esta fiesta —ya contaré más cosas en otros posts— también conocí a Joan Bruna, padre de mi agente, y el primero que leyó la novela en cuestión y la recomendó. Apenas me lo presentaron, él dijo: “Ah, eres la autora de… (y mencionó el título de la novela)”. Yo le respondí, haciendo de tripas corazón, que sí, y le pregunté qué le había parecido. “Muy buena. ¡Tienes que escribir una segunda parte!” Cuando le dije que estaba pensando pedirles que se olvidaran de ella, me respondió: "¡Eso no me lo digas ahora! Si quieres, quedamos un día, tomamos un café tranquilamente y hablamos de la novela".

Ya os podéis imaginar que, en ese momento, detrás de mi sonrisa de circunstancias, mi cabeza era un remolino. ¿Qué pensar?

Desde entonces, nado entre dudas existenciales… Sí, quedaré con él un día. Sí, hablaremos. Quizás valga la pena volver sobre el manuscrito, revisarlo, mejorarlo, darle más consistencia. Uno de los problemas que le ve Joan Bruna a la obra es cómo clasificarla, pues no encaja exactamente ni como juvenil ni como literatura de adultos.

Otra buena amiga, que también la leyó, me ha dado una idea luminosa, que se aparta de esos clichés y sitúa la novela en otro género en el que, quizás, los problemas que ahora presenta no serían tales. En fin, no contaré más por ahora.

Jamás pensé que pediría a la agencia que retirara una novela mía. Y hasta ahora no me he encontrado en un dilema semejante ni en tal confusión de pensamientos acerca de mis propias obras. Confío aprender algo nuevo después de este tumulto interior. De entrada, ha sido un baño de humildad, pues cada día que pasa soy más consciente de mis carencias como aspirante a escritora —ya no me atrevo a calificarme como tal— y comprendo, más que nunca, aquellas palabras de mi mentora, Montse Rico, el primer día que hablamos: “Para hacerse un escritor se necesitan al menos diez años”.

El extraño caso de Judy Bolton

De regreso de vacaciones, y para calentar motores, os presento un “extraño” caso para resolver… aunque mejor diría para debatir. ¡Tema espinoso! Se trata del caso de la desaparición de Judy Bolton de la escena literaria, a finales de los años sesenta.

Quizás muchos no sepáis quién es Judy Bolton. Fue una de las heroínas de mi infancia, y supongo que la de muchas otras lectoras adolescentes de hace unas cuantas décadas.

Un día, buscando información sobre la serie de libros que mis amigas y yo devorábamos a pares, di con esta historia, que os invito a leer a los que os defendéis con el inglés:
http://en.wikipedia.org/wiki/Judy_Bolton_Series

A los que no, os resumo el tema. Judy Bolton es una jovencita que resuelve misterios, ayudada por sus amigos y su gato Blackberry. La serie de novelas protagonizadas por Judy, escritas por Margaret Sutton, tuvo un notable éxito en el mercado literario (4 millones de libros vendidos en USA), llegando a rivalizar con otra célebre heroína: Nancy Drew, una especie de antecesora de Lara Croft en versión sesentera.

Según los críticos, Judy es un personaje más realista que Nancy, sus historias tienen un contenido social más acusado y resulta más próxima a la clase media trabajadora. No trabaja en solitario, cuenta con sus amigos y parentela, ¡incluso se casa! (algo inusual en los personajes de su estilo), vive en un entorno relativamente normal y posee un carácter complejo, emotivo, con dudas y vacilaciones. A su lado, Nancy Drew es una brillante superdotada, independiente y perspicaz, hija de millonario, que se desplaza en su descapotable y a la que nunca le faltan dinero ni recursos para viajar por todo el mundo y resolver sus casos. Digamos que es un modelo de super-chica casi inalcanzable pero, quizás por esto, muy atractivo. Según dicen, inspiró a generaciones enteras de mujeres americanas, entre ellas a primeras damas como Hillary Clinton.

A todo esto hay que decir que Nancy fue creada por el editor Edward Stratemeyer, pero sus aventuras fueron narradas por un batallón de “negros” o, como dicen en inglés, “ghost writers” —¡me encanta la expresión!— bajo un mismo seudónimo, Carolyn Keene. Por cierto, estaban mejor pagados que muchos periodistas.

Judy Bolton y Nancy Drew convivieron durante años en el mercado literario hasta que en 1967 la serie de Judy se interrumpió y desapareció del mapa. Según afirmaba su autora, la “mataron” debido a la presión de Stratemeyer, que deseaba reducir la competencia sobre Nancy Drew.

Fin. Esta es la historia. Me sorprendió, me dejó pensativa un buen rato y ahora me pregunto: ¿se dan muchas muertes así en el mundo de la literatura? ¿Es posible matar o impedir la difusión de una obra a favor de otra cuyos promotores desean mayor cuota de mercado? ¿Ocurre muy a menudo? ¿Quién tiene el poder? ¿Son las leyes del mercado —o las leyes del más fuerte— las que rigen en el mundo editorial? ¿Quién dicta lo que tiene éxito, lo que “sale” y lo que no?

A lo mejor tendremos que “estudiar” cómo está el patio y aprender qué interesa vender y qué no a los grandes lobbys mediáticos de nuestro país, que son, en el fondo, los que mandan.

Yo sigo pensando: ¡Lectores del mundo entero, levantad vuestra voz!

Bueno, para los fans nostálgicos, sabed que Applewood Books decidió en 2004 reeditar la serie y añadir algún libro más inédito. Lástima que Margaret Sutton muriera en 2001 y no pudiera verlo.

Si os gusta hurgar en las antigüedades, podéis echar un vistazo a la web.

La sintaxis del alma

Algunos colegas del foro ya saben que últimamente ando leyendo Las palabras de la tribu, de Paco Umbral. A ramalazos y en desorden, porque ese libro apasionado, de pluma brillante, mordaz y certera, no puede leerse en frío. Al menos a mí me sucede así. Desde que le hinqué el diente a las primeras páginas que abrí, al azar, he buscado los capítulos dedicados a los autores que más me llamaban, o he dejado que el revuelo de hojas me llevara a devorar un nuevo capítulo o párrafo sorprendente.

No recomiendo esta forma de leer a nadie, por supuesto… pero así es como estoy saboreando este plato fuerte de memoria y crítica literaria, parcial, encendida e incendiaria, que abofetea los tópicos y me está abriendo puertas a una visión mucho más profunda —y más mágica, si se me permite la palabra— de la literatura.

En fin, antes de irme de vacaciones he decidido compartir con los visitantes de este blog algunos de los párrafos que más me han sacudido por dentro. Pertenecen a un capítulo titulado “Hidalgos y señorucos”, en el que compara a cuatro célebres escritores que figuran en todos los planes de estudio de literatura, al menos en España. ¿Hidalgos y señorucos? Ved, ved qué dice… (los realces son míos)

“De cuanto llevamos escrito se deduce que todo el 98 podría dividirse en hidalgos y señorucos. [Aquí omito a quiénes considera él hidalgos y a quiénes señorucos, quien quiera saberlo… que lea el libro o me lo pregunte en privado] Por hidalgo entiendo yo ahora el escritor y el hombre que ha puesto su vida y su obra, ya de entrada, a un nivel alto, de exigencia y estética, en conexión directa con las grandes corrientes de la Historia. El escritor que no quiere limitarse a hacer una novela o unos poemas, sino que aspira a sustituir el mundo, según dijimos a propósito de Balzac. […]

La genialidad de una obra, pues, es anterior a la obra misma, está en el propósito, en la ambición, en la grandeza con que se concibe esa obra. Todo ello es voluntad de poder, pero es que un escritor sin voluntad de poder se queda en un estilista o un chismoso. En otros libros he cantado y contado la «escritura perpetua», que es como llamo a cierto modo de concebir la escritura: la escritura como alienación, la literatura como enfermedad, la obra como crimen.

[Los dos autores citados] son dos ejemplos clásicos de escritura perpetua. Su hidalguía, el ser «ser hijos de algo» se la da el que se hacen hijos de su obra, servidores de ella, y de la nobleza y locura del empeño les viene la hidalguía, como a Don Quijote, que es caballero andante antes de echar a andar…

[…] Paul Valéry dijo que «la sintaxis es una facultad del alma», y yo lo he repetido mucho. A uno le interesa sobre todo el estilo de un escritor, y no sólo por estética, sino porque en el estilo está la pulsación interior de ese hombre, «la facultad del alma», la sintaxis de su vida.”

Músicas inspiradoras

De los talismanes nos vamos a la música. Muchos de los que habéis pasado por el blog comentáis que para escribir necesitáis música, o bien que ciertas canciones os inspiran.

Hablemos de música. Para muchos compositores, la música es el lenguaje por excelencia, el más universal y el que más nos acerca a la divinidad. Y ciertamente, la melodía que entra por nuestro oído llega a transmitirnos infinidad de emociones y sensaciones; puede avivar nuestro recuerdo o inflamar nuestra imaginación con una fuerza que ni la lectura ni las imágenes logran. Por algún motivo el canto ha sido sagrado en tantas culturas de la tierra, y por alguna razón a los magos o chamanes se les llamaba también “en-cantadores”. Los científicos nos hablarían de ondas; los terapeutas de energía... Yo prefiero hablar de la belleza del sonido o de la seducción de su ritmo. La música tiene poder, sí. Entre sus muchos efectos está el de evocar y despertar la fantasía.

Confieso que para escribir mis novelas o cuentos no suelo usar música. Sí la pongo cuando estoy corrigiendo, cuando releo o mientras repaso documentos que no requieren de la máxima concentración. Pero cuando estoy "creando", por así decir, necesito silencio. Silencio y también soledad; espacio vital y aislamiento para poder expandir y alumbrar lo que llevo dentro. Escribir para mí es un acto muy íntimo y me sobra todo ruido, toda distracción.

Pero la música me inspira, ¡claro que sí! Algunas secuencias de mis novelas las debo a ciertas canciones o danzas, a melodías o composiciones. Os invito a los lectores y visitantes a explayaros cuanto queráis sobre vuestros gustos y preferencias. En mi caso, los músicos o grupos que me han inspirado más en mis novelas son: U-2 (The Joshua Tree), Mike Oldfield (The voyager); Loreena McKennitt, Clannad, The Corrs (piezas étnicas), y también canciones tradicionales como Scarborough Fair, Women of Ireland, Harry’s Game y otras celtas.

Una de mis lectoras me dijo que le había puesto “banda sonora” a mi novela y me hizo descubrir a Lisa Gerrard y a Dead Can Dance. De hecho, los conocía porque, ¿quién no ha escuchado aquellas canciones finales, evocadoras y dolientes, de películas como Gladiator o Man on Fire?

Aquí tenéis una de las canciones que le vino a la mente a esta amiga leyendo Estirpe Salvaje:
http://www.youtube.com/watch?v=1xpkRj99FH0

Y ésta es una de mis favoritas, Mummer's Dance, de Loreena McKennitt, muy en consonancia con mis últimas novelas...

Mi talismán

No suelo ser supersticiosa ni tener fetiches… pero mientras estaba en pleno proceso de corrección de El heredero, para presentarla al concurso, me llegó inesperadamente algo que hacía tiempo había encargado.

Y pensé, ¡llega en buena hora! Cuando la desembalé, la esgrimí en alto y di unos pasos, ensayando fintas y amagos al más puro estilo peliculero… —o sea, con nula técnica de esgrima— y desde ese día, la tengo colgada en una pared de mi salita, como motivo inspirador.

Ya he dicho que no creo mucho en talismanes, pero las personas, que somos así de raras, a veces necesitamos materializar en gestos, rituales u objetos un deseo o una aspiración. Es como si el talismán recogiera de algún modo nuestra energía y a la vez nos transmitiera la fuerza que necesitamos para avanzar hacia nuestras metas. ¿Pura fantasía? ¿Imaginación febril?

No lo sé. Los mecanismos de la mente y las emociones tienen leyes propias que aún desconocemos… Lo cierto es que ahí la tengo, mi hermosa Gunnlogi, mi primera espada vikinga, con su nombre inscrito en runas en el filo de madera de arce.

Para lectores y visitantes curiosos, os diré que es obra de José Manuel Bonilla, un artista donde los haya que se dedica a fabricar joyas, instrumentos musicales y armas antiguas de todo tipo, ya sean decorativas —como la mía— o de entrenamiento. A los amantes de la épica y las aventuras de capa y espada os invito a visitar su taller.

Gunnlogi —el fuego del combate— me acompañará en la escritura de mi próxima novela, sin duda, pues éste es el nombre de la espada de uno de mis héroes…

Nunca digas nunca

Esta es una de las frases favoritas de un buen amigo. Me he acordado mucho de ella en los últimos tiempos, porque un día me dije a mí misma: no volveré a presentar una obra mía a ningún concurso, jamás. Y acabo de hacerlo.

De acuerdo, esta vez lo he hecho aconsejada por mi agente. No sé si eso es bueno o no, pero… ¡soy una chica obediente! Y como también soy cabezona, he hincado uñas y dientes a la novela de marras hasta lograr un texto del que puedo sentirme hasta cierto punto satisfecha.

¡Qué duro es corregir! Mi mentora confiesa que es la parte que menos le gusta de la escritura. Pero, ¡es tan necesario! Y si se puede hacer en equipo, el aprendizaje es tremendo. A la hora de corregir esta obra he contado con dos buenos amigos que, con absoluta generosidad, han leído el original y me han brindado muchas sugerencias y observaciones. En fin, la experiencia ha sido la de un auténtico taller literario virtual (mis lectores viven al otro lado del océano). Los mensajes intercambiados especialmente con uno de ellos, los dilemas que nos hemos planteado, las alternativas, la búsqueda, ya no de la corrección, sino “de la palabra más bella” (esto te lo debo, F., si me estás leyendo…) todo esto ha convertido el proceso de corrección en un estirón brutal de mi capacidad literaria.

Ahora tengo agujetas y las neuronas me duelen un poco, pero estoy segura de que lo que escriba después de esto será mejor.

No sé si tengo posibilidades o no. Ignoro cuántos se han presentado al premio, y si al jurado le gustará mi novela. Debo decir que es un tocho impresionante, y que impreso a doble espacio y a una cara sumaba casi diez kilos de papel en dos bloques. Espero que no les asuste. Lo presenté en mano, en caja de cartón decorativa, y los volúmenes atados con cinta de terciopelo rojo. Pase lo que pase, ¡no hay que perder la estética ni en la presentación!

Allí quedó, en la sede de Editorial Viceversa… El premio se llama As de Picas y no deja de gustarme la idea, porque el palo de picas siempre fue mi preferido en la baraja francesa.

Por la tarde, después de dejar mi “regalo”, recibí un e-mail: “Le agradecemos su participación… Su novela El heredero del clan ha llegado en perfectas condiciones… ” ¡Por supuesto! Le metí amor hasta en la caja.

Hoy presento mis libros...

Hoy presento mis libros en Badalona. Será una presentación sencilla y familiar, entre amigos, vecinos y gente conocida. Y como estamos en casa, voy a presentar, no uno, sino los tres libros que he publicado. Esto es la base de la charla que he preparado y con la que espero explicar por qué escribo lo que escribo (¡valga la redundancia!)

Por qué escribo

Vengo de una familia de grandes lectores y contadores de historias. De pequeña, mis padres y mis abuelos alimentaron mi fantasía, contándonos cuentos que nos deleitaban, a mi hermana y a mí, a la hora de la cena. Cuando aprendí a leer, comencé a devorar libros. A los siete empecé a inventar mis primeros cuentos, ilustrándolos a la manera de cómics, con sus viñetas. La semilla estaba plantada.

Dicen que los lectores apasionados un buen día acaban escribiendo. Y he descubierto que es así. ¿Por qué escribimos los escritores? Preguntadle a un pintor por qué pinta, o a un músico por qué compone, o por qué toca, por qué canta… Hay algo que llevamos dentro y que debe salir afuera. En los seres humanos hay una necesidad de expresión, de creación artística. Todos la tenemos y la proyectamos en aquello que mejor sabemos hacer, o en lo que más nos gusta.

En el caso de la literatura, además, estamos hablando de palabras, de comunicación. Todo autor, lo quiera o no, transmite un mensaje; ya sea de forma transparente, ya en forma simbólica. Y establece un diálogo singular con otra persona: el lector.

Autoayuda, espiritualidad, fantasía épica

¿Qué tienen que ver estos tres temas aparentemente tan diversos? En mi caso, hay un lazo que los une y voy a explicar por qué.

Siempre me ha fascinado el misterio de la psique humana. Me interesa conocer el alma de la persona, cómo somos por dentro, qué nos mueve, qué nos llena, qué nos construye. De ahí que escribiera mi primer libro Cómo curar los sentimientos negativos. Lo hice a partir de una serie de reflexiones que me hice a mí misma, inspirada en vivencias personales y en situaciones que he conocido de cerca. Tuve el libro un par de años olvidado en una estantería, hasta que surgió la oportunidad de publicarlo. Una editorial de nueva creación se interesó por él, lo leyeron, les gustó y lo publicaron.

Es un libro sencillo de leer, que escribí sin pretensión alguna. El mejor regalo ha sido enterarme de que a muchas personas les ha ayudado y así me lo han hecho saber.

El siguiente libro, Mujeres de Dios, nace a partir de una serie de charlas que impartí sobre las mujeres bíblicas. Y en él vuelco dos de los temas que más me apasionan: Dios y la mujer. Mi intención era entresacar las enseñanzas y el mensaje que nos transmiten esos personajes bíblicos a las mujeres de hoy. Y encontré muchas cosas… El resultado es este librito. Es, quizás, el más íntimo, el más personal de todos los que he escrito.

Y de ahí paso a la novela. La fantasía épica es un género idóneo para reflejar y simbolizar los momentos más dramáticos en la vida de una persona. Al igual que los cuentos tradicionales, una novela fantástica te permite dar forma literaria a los procesos de crecimiento, de cambio, de conflicto y de búsqueda interior.

Estirpe Salvaje muestra la historia de unos personajes que en un momento de su vida se encuentran solos y deben afrontar innumerables dificultades y peligros. Han de aprender a sobrevivir y, aunque lo tienen todo en su contra, logran salir adelante gracias a su coraje y al amor que los une.

Es una novela de crecimiento, o de iniciación, pues va siguiendo la vida de sus protagonistas y su evolución, su aprendizaje y su búsqueda de un lugar en la vida. Y aquí enlazo con mi inquietud por tratar los asuntos del alma, del mundo interior de la persona.

Los lectores de la novela destacan, sin dudar, que su máximo valor está en los personajes. No es una novela de fantasía típica, plagada de monstruos, dragones, seres fabulosos y talismanes mágicos. Es fantástica porque está situada en un reino imaginario y en una época remota. Pero bien pudiera haber sido una historia real. Más que los monstruos y los fantasmas, más que la magia, me interesan los dragones internos, el lobo y el cordero que se ocultan bajo nuestra piel humana, las batallas del corazón. La lucha de una persona por sobrevivir, por hallar sentido a su vida y por defender a los que ama es quizás la mayor epopeya.

¿Por qué escribimos cuentos? Prosofagia nº 2

¿Por qué escribimos? En cualquier foro literario donde aparezca un hilo planteando esta cuestión encontraremos multitud de respuestas, algunas muy diversas, pero casi todas con un trasfondo común, o tendente a una misma realidad.

Decía Beethoven que tenía que sacar lo que llevaba encerrado en el corazón, y por eso componía su música. En el caso de los escritores sucede algo muy similar. Hace poco leí a mi mentora, Montse Rico, que “escribimos lo que somos”, y escuché a una artista africana evocando una imagen fértil y vigorosa: “cuando te sientes vacío, sacas lo que hay en tu vientre”.

Son muchas y profundas las motivaciones que nos llevan a crear mundos imaginarios y a componer un relato. En el número dos de la revista Prosofagia os ofrecemos una antología de cuentos de los compañeros de nuestro foro.

Os invito a... más que a leerla, a saborearla, relato a relato, con la mente, con los sentidos y con las emociones. Y a todos los que aún no habéis participado en un foro literario, os invito a Prosófagos, un auténtico espacio de aprendizaje para los que -un día- soñamos ser escritores...

¡Ojo! En especial, noveles y novatos impacientes...

Gente, hoy estoy mandrosa (los catalanohablantes ya me entienden). Pecado imperdonable que esta vez me permitiré.
No escribiré mucho más: visiten esta entrada del blog de Teo Palacios (blog que, por otra parte, no tiene desperdicio en ninguno de sus capítulos, ¡absolutamente recomendable, si aún no lo conocen!). Lean, lean sobre autoedición, coedición y otras yerbas, como dicen los amigos del otro lado del charco.
Yo pasé mi propia experiencia en este campo (véase el post que colgué en su momento). No lo recomiendo, personalmente, salvo que se quiera hacer una edición limitada de una obra concreta para regalo, autopromoción, pequeña difusión entre familiares y amigos o por el simple gusto de tocar un libro propio entre manos.
En mi caso, siempre me he arrepentido. Pero... ¡de todo se aprende!

Leer en tiempos de crisis

La famosa crisis está en boca de todos y los escritores nos preguntamos hasta qué punto nos afectará…

El pasado 23 de abril, Sant Jordi, día del libro y la rosa, nos sacó de dudas, al menos de unas cuantas. Al día siguiente, los titulares de los periódicos proclamaban que la crisis no afecta las ventas de libros, que en tiempos revueltos se lee más que nunca, que los lectores siguen fieles y se multiplican. ¡Hay esperanza!

Por otra parte, en la agencia me comentan: sí, las ventas van bien, pero las editoriales no quieren arriesgarse. ¿Consecuencia? Apuestan por valores seguros. Léase, por ventas seguras. Es decir, autores ya consagrados (aquellos cuyo nombre se imprime en letras más grandes que el título del libro), best sellers o temas de rabiosa moda.

¿Los más vendidos en Sant Jordi? Aquí en Catalunya, en ficción, han sido estos tres:
Javier Cercas, con Anatomía de un instante. Su visión sobre el 23-F. Política novelada de candente interés.

Stieg Larsson y sus libros Los hombres que no amaban a las mujeres y La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Novela negra en la Suecia profunda.

Gaspar Hernández, con El silenci (novela en catalán galardonada con el Premi Josep Pla). Una historia donde se mezcla el mundo de las terapias alternativas, la realidad de la muerte, la ternura y el poder de la voluntad y de la palabra.

En resumen… ¿qué vende? Lo negro, lo místico, lo histórico-político. Ángeles, demonios y detectives. Así que ya sabéis, si metéis en vuestros libros buenas dosis de suspense, terror, esoterismo, intriga policíaca, secretos-ocultos-nunca-revelados y una pincelada de historia –guerra civil, guerra mundial, guerra fría o civilizaciones "exóticas"– tenéis unos cuantos puntos en vuestro favor. Son fórmulas ganadoras.

Es una tendencia que ya dura años y sigue, posiblemente en consonancia con los tiempos que corren, ávidos de emoción y fantasía con visos de realidad. Los que no escribimos sobre todo eso… ¡tendremos que bogar a contracorriente!

Me voy a remar un ratito.

Una buena noticia

Hoy ha salido a la luz Prosofagia, la revista del foro Prosófagos, del que formo parte. Me siento muy satisfecha y agradecida, como parte del equipo de redacción, por haber coronado este esfuerzo.

El primer número contiene una presentación y cinco entrevistas muy jugosas, que os invito a leer, a los siguientes autores: Alberto Vázquez-Figueroa, Rosa Montero, Montserrat Rico Góngora (mi mentora), Arlette Geneve y Julio Maruri.

Nuestra idea al publicar estas entrevistas es acercar a todos aquellos que amamos las letras y aspiramos a publicar algún día la experiencia y el buen hacer de autores consagrados, o en camino de serlo. Personalmente, he descubierto en todas ellas atisbos de la hondura y el mundo interior de estos escritores, aspectos con los que pienso que muchos podemos sentirnos identificados.

Podéis descargarla en pdf o leerla on line aquí.

Afilando el hacha

Decía Paco Umbral que para hacer buena literatura, en ocasiones hay que verter sangre. Mucha sangre. Hace poco una amiga me explicaba que, por consejo de su editora, estaba reescribiendo su novela y la había recortado hasta el punto que le dolía como si le estuvieran arrancando la piel a tiras.

Pues sí, ¡sangre! La metáfora es un poco bruta, pero a veces es necesario aplicar una poda generosa y despiadada a los propios textos. Todo lo que no suma, embellece, densifica… ¡sobra!
Así que esta Semana Santa me propuse afilar mi hacha vikinga y he emprendido mi tala particular. ¿La víctima? Mi primera novela. La pobre ha sufrido ya muchas podas… Quizás debiera comenzar de nuevo y olvidarme de todo. “A vino nuevo, odres nuevos”… Pero releyéndola, pienso que aún puedo rescatar algo. El esqueleto y un puñado de brotes que resisten los años y la autocrítica con empeño pertinaz. El resto, voy a desbastarlo ferozmente.

Espero salir airosa del intento.

Poesía en la intemperie

Antes de marchar unos días de vacaciones... sin teléfono, sin ordenador, sin Internet, perdida en medio del campo, dejo aquí estas frases de una entrevista a Joan Margarit, premio nacional de poesía. (Salió publicada en la Contra de La Vanguardia esta mañana, de 3 de abril)

Qué es un poeta?
Uno que busca la verdad.
Como el filósofo, pues.
El filósofo la presiente. El poeta la caza con el revólver del lenguaje, cargado siempre con seis balas.
¿Qué tipo de verdad caza?
Verdades universales, la que cualquiera en cualquier sitio reconoce. ¡No existe poesía sin un lector que entienda el poema!
¿Y si el lector no lo entiende, qué?
Entonces es culpa del presunto poeta.
¿Por eso hay pocos lectores de poesía?Por eso y también porque la poesía no regala nada: pide del lector una disposición, un mínimo adiestramiento del instrumento. Si lo hay, cada poema será una partitura interpretada por el lector: ¡habrá poesía!
¿Y para qué sirve la poesía?
Para ser más feliz. Misteriosamente. La poesía imparte conocimiento y consuelo. Es nuestra última casa de misericordia.
¿Cómo es eso?
Uno entra con un problema en un poema... y sale de él menos desgraciado. Entras con algún desorden y sales algo más ordenado. ¿Qué ha pasado ahí dentro? Misterio. ¡Nadie lo sabe, pero la poesía ha operado!
¿Existe algo que la poesía no consuele?
No. El buen poema, por bello que sea, será cruel. La intemperie es dura..., ¡pero más dura es sin poemas!

Dos trucos del chef

Estoy con las manos en la masa, hasta el cuello de correcciones y echando humo por la sesera. Así que hoy, a los eventuales visitantes de este blog, no se me ocurre nada mejor que regalarles un par de truquillos del Chef. Son dos recursos estupendos para los que estáis corrigiendo novelas y textos.

El primero es más antiguo que el ir a pie. Se trata de leer el texto en voz alta, pausadamente, entonando y vocalizando bien. Es ideal para detectar repeticiones, cacofonías, aliteraciones, frases demasiado largas o maltrechas, expresiones que no acaban de encajar… ¡No se escapa ni una! Es un método que pide tiempo y paciencia, claro, pero rara vez falla. Si suena bien, se lee bien. Será porque la ficción en prosa tiene más que ver con la voz que con la letra escrita… La literatura, a fin de cuentas, es la hija recién nacida de una larguísima tradición oral que hunde sus raíces en los albores de la humanidad.

El segundo truco se lo debo a mi amigo Federico, ingeniero escritor que aplica su ciencia a sus letras (valga la expresión). Sirve para corregir uno de los defectos más comunes de los noveles o cuasi-noveles: la repetición excesiva de nombres propios, especialmente de los personajes protagonistas. Se trata de simple matemática: con la herramienta de Word, contad las palabras totales del relato, luego buscad cuántas veces se repite el nombre de marras, y hallad el porcentaje de incidencia del nombre sobre el total de palabras. Si asciende por encima de un 0,6% - 0,8 %, casi seguro que os habéis prodigado en exceso. Y eso se nota. Si vuestros protagonistas ocupan un 1% del total de palabras del relato, o incluso más, ya sabéis: toca revisar y recortar. Los personajes secundarios no deberían superar el 0,3 %. Yo lo estoy haciendo, es un auténtico ejercicio de estilismo que obliga a ser creativos y más ágiles. Los resultados también se notan.

Con estos dos secretos, seguro que el guiso literario mejora sustancialmente su textura y sabor. ¡Probadlo!

Los esclavos de Miguel Ángel

¿Por qué titulo así esta entrada? Seguro que todos tenéis en mente esas poderosas esculturas sin acabar, con el rostro apenas dibujado, de miembros arqueados, pugnando por liberarse de la piedra. Bueno, pues esa es la imagen que me viene a la mente cuando pienso en mis novelas.

Salvando las diferencias, así es como veo mis manuscritos, por ahora. Acabados y sin acabar, retorciéndose en dolores de parto literario. Y ahí estoy yo, la comadrona, escarpa y cincel en mano, dispuesta a liberar las letras, las frases, los capítulos… para que una bella escultura pueda salir a la luz.

Hace pocos días se ha publicado una entrevista en Prosófagos, mi foro preferido, que os recomiendo vivamente. Guillermo Martínez, escritor desde la infancia, ganador del Planeta 2003, afirma que “todo lo que alguien puede hacer por sus libros es escribirlos lo mejor posible”. Sinceramente, le doy toda la razón. Y esto pide tiempo, y revisar, revisar, revisar... todas las veces que sea necesario.

No quiero acabar este post sin un saludo cariñoso a mis dos colegas brunescos –si pasáis por aquí―, amigos escritores con los que comparto agencia y que, como yo, están esperando buenas noticias que tardan en llegar, sin dejar de trabajar por un momento. Nos estamos animando mutuamente y ayudándonos también, en ese taller sembrado de astillas de palabras y polvo de fantasía.

¡Qué importante es no sentirse solos en esta batalla! Gracias por estar ahí.

¿Un consejo? Rescato uno de mis primeros posts: dad a leer vuestras obras, a amigos, familiares y, si podéis, a otros escritores. Escuchad sus opiniones y sugerencias, aunque vuestro criterio prevalezca. Os ofrecerán una visión rica y completa que os permitirá pulir y corregir con mucha mayor precisión. ¡Vale la pena!

Ardo en impaciencia

Llevo semanas —lo prometo— esperando publicar una nueva entrada para poder dar noticias... Como aún no tengo nada seguro, voy a contar lo que me ha sucedido durante los pasados días.
Tras llevar mi segunda parte de Estirpe a la agencia y dejar pasar unos prudentes días, resolví escribir a Espasa para preguntar cómo andaba la segunda edición de la novela y dar señales de vida. La editora me responde con un e-mail breve: "dame un teléfono que te llamo". Se lo di, y al poco rato, no pasó ni una hora, ¡me llamó!

Tuvimos una conversación que me dejó con los ánimos por las nubes. Parece ser que mis libros y mi estilo han gustado mucho en Espasa, que las ventas van bien y que tienen intención de seguir publicando a los autores con los que se estrenaron el año pasado... Me preguntó si tenía algo más escrito, y casi di un bote. ¡Claro que tengo algo más! En la agencia tienen tres, ¡cuatro! novelas inéditas para mover... Se lo dije, y me comentó que perfecto, pues la semana siguiente ella y la directora de Espasa viajaban a Barcelona para entrevistarse con varias agencias, entre ellas la mía. Que hablarían de todo esto y seguro, seguro, que tratarían de mis libros.

Esto fue hace quince días. La semana pasó, y yo esperando a ver si tanto la agencia como la editorial me decían algo... Nada. Entonces recibo un e-mail de Inés, mi contacto, para quedar un día y hablar de El heredero del clan, que, como ya expliqué, estaba leyendo ella. Me dijo que ya la había terminado y me citó este pasado jueves con ella y Sandra.

Llegó el jueves, y fui a la agencia. Apenas vi a Sandra, pues estaba muy ocupada y tuvo que irse, pero hablé un ratito con Inés. Y salí... ¿cómo decirlo? Tan en suspenso como había entrado.

Una de cal: El heredero del clan le gustó muchísimo. Me sugirió cuatro retoques y revisar algunos aspectos, pero en general me elogió la novela hasta hacerme enrojecer.

Otra de arena: cuando la novela esté revisada, la comenzarán a mover. ¿Y las otras? No sabía nada. Tomó nota para hablarlo con Sandra y me ha prometido que me dirá cómo está todo.

Total, que salí con la miel del elogio en la boca y la incertidumbre revoloteando adentro.
Ahora estoy revisando El heredero, una vez más... Y sigo esperando.

Espera activa y una entrevista interesante

Dicen que la esperanza es espera activa... Bueno, mientras voy esperando noticias, sigo trabajando. Hoy he estado en la agencia, donde les he llevado dos originales más: la continuación de Estirpe Salvaje y otro librito, no de ficción, sobre la gestión del tiempo. Inés, mi enlace, me dice: "¡Qué bien, más cosas para leer!" Como si tuvieran pocas, ¡que tienen, y muchísimas! La agencia bulle de actividad, se nota. Me ha comentado que están leyendo mis novelas, las que les presenté en otoño. Y que El heredero del clan le está gustando mucho.

Y mientras espero, os dejo este enlace al foro Prosófagos, donde podréis leer la entrevista que le hicimos a mi mentora, Montserrat Rico Góngora. Creo que os gustará leerla, no tiene desperdicio. Ella me animó y me enseñó unas cuantas cosas útiles en mis primeros pasos como escritora.

Y si deseáis hacer vuestros comentarios a la entrevista, podéis entrar aquí.

Regalo de Reyes...

La noche de Reyes me hice un regalo a mí misma. Por ahora. Pero espero que en el futuro sea un regalo para muchos lectores.

Acabé la "continuación" de Estirpe Salvaje. (Eso sí, que nadie espere un Estirpe Salvaje II o algo por el estilo. ¡El título será diferente!)

Tenía la historia tan madura en mente, ¡que salió como una cascada!

Será más corta, más rápida, más trepidante... y espero que no decepcione. Al escribirla tres años después de la anterior, habrá algunos cambios en la forma y en el ritmo. Han pasado muchas cosas desde que acabé la primera parte y todos evolucionamos, aunque nos mantengamos fieles a nuestro estilo personal.

Al menos yo he disfrutado escribiéndola, a capítulo por noche, sin cesar, con esa fiebre que me ataca cuando una historia pugna por salir a la luz.

Ahora, viene la parte no tan grata. Mi nueva "creación" es como un vestido hilvanado, tengo que repasar costuras, atar hilos sueltos... y colocar un botoncito que quedó suelto por ahí.

De momento, os dejo con una bella imagen de los bosques rusos, que tanto me inspiran y que están presentes en muchas de mis novelas. Más adelante espero dejar una muestrecita por aquí.