¿Para quién escribimos? -1-

Abro este tema basándome en los mensajes que algunos de vosotros me dejasteis en la anterior entrada. Estoy segura de que es un tema que habréis tocado muchos en vuestros blogs o en foros literarios. A mí me inquieta y me quita el sueño desde hace un tiempo —eso es un decir, porque duermo como una marmota. La pregunta no es simple ni baladí. En realidad, es crucial para un escritor porque alude a un factor clave en toda obra literaria: el LECTOR.

Quizás todos empezamos escribiendo para nosotros mismos, por puro placer, o porque “la loca de la casa” se nos escapaba desde las neuronas hasta los dedos inquietos sobre el teclado… Pero cuando alguien se propone publicar su obra, está claro que escribir deja de ser un acto solitario y autocomplaciente. Inevitablemente hay que tener en cuenta a la otra persona, al gran público, a nuestros futuros lectores.

Pensar en el lector es trascendental. Puede cambiar y depurar nuestro estilo —no podemos ofrecer una chapuza—, pero también puede cambiar nuestra historia y el enfoque que le damos. En mis conversaciones con un buen amigo escritor, solemos discutir sobre esto. Él insiste en que siempre debo pensar en mis lectores. Yo me resisto, pertrechándome en mi confortable torre de marfil: no quiero escribir condicionada por ellos. ¡Necesito libertad para expresarme! Pero en esta lucha, si voy a publicar, finalmente, tendré que rendirme y asumir mi inevitable derrota. Mi agente y mis editores nunca me publicarán una obra sin tener en cuenta el factor público. Así que más me vale aceptarlo.

Literatura, comunicación
¿Para quién escribimos?

En clase de lingüística nos enseñaron que la comunicación es un proceso con tres elementos clave: el emisor, el mensaje y el receptor. Y otros tres, no menos importantes: el código, el canal y el contexto. La creación literaria es un acto de comunicación donde podemos identificar fácilmente a cada parte: el escritor emite un mensaje, su obra; el receptor es el lector. El contexto es el entorno social y cultural, el momento histórico, las circunstancias que rodean a ambos —modas y tendencias incluidas. El canal es el libro, digital o impreso, y el código, el lenguaje. Pero por lenguaje no sólo me refiero al idioma, sino a las claves que conforman el discurso: desde su género, su estilo, su estructura, su punto de vista narrativo, sus simbolismos…

El escritor, como emisor, desea que alguien reciba su mensaje, que lo reciba correctamente y aún más: en el momento en que emite, está esperando, conscientemente o no, una respuesta. Por tanto, debe cuidar al máximo el canal y el código para que el receptor capte su mensaje.

Los ruidos

Pero en la comunicación hay ruidos que se interponen entre el emisor y el receptor y dificultan la recepción del mensaje o su correcta interpretación.

Estudiar los ruidos, en su sentido lingüístico, puede ser fascinante. Porque los ruidos no son solamente externos —pobre impresión, problemas de conexión, deficiente difusión de una obra— sino, mayormente, internos. Por parte del autor, un estilo pobre, una prosa defectuosa, fallos gramaticales u ortográficos y torpeza narrativa pueden dificultar que una historia teóricamente buena “llegue” al lector. Por parte del lector, si carece de ciertos conocimientos, tiene escasa riqueza de vocabulario o poca sensibilidad hacia los temas que trata la novela, no la valorará lo suficiente. También puede rechazarla cuando, simplemente, trata de un asunto que choca con sus preferencias. El estado anímico, la formación, los gustos, la experiencia vital, las ideas y creencias del lector influyen en su lectura y en su valoración de la novela.

Después de estas consideraciones… ¿qué cabe hacer? Por supuesto, no podemos controlar ni predecir la reacción de todos nuestros lectores, de manera que su respuesta tampoco puede condicionar el mensaje que vamos a transmitir. Pero si hay dos cosas que se pueden controlar y que son responsabilidad del autor. Por un lado, evitar todos los ruidos que dependan de él en la transmisión del mensaje. Y, por otro, apuntar a diana. Como buen arquero, su flecha debe estar afilada y limpia, el arco bien tensado y el ojo siempre fijo en el blanco. Es decir, se trata de lanzar una buena historia, enfocarla hacia el público más receptivo, buscar el canal más adecuado y volcarse en cuerpo y alma en el código. Porque, finalmente, cuando hablamos de literatura, estamos hablando de códigos.

“Dudas existenciales”

He meditado antes de colgar esta entrada… Finalmente, me he decidido, porque tal vez a más de uno le suceda algo semejante, alguna vez. Ese día, si habéis leído esto, quizás recordaréis que no estáis solos y que la carrera del escritor está jalonada de nubes y sombras que no toca más remedio que afrontar.

¿Alguna vez habéis pensado que escribíais algo estupendo o, por lo menos, digno de ser publicado, y al cabo de un tiempo alguien os hace ver que vuestra “obra de arte” es, en realidad, un completo desastre?

¿Habéis encontrado lectores con opiniones totalmente distintas sobre alguno de vuestros escritos que os hacen dudar y replantearos todos vuestros esquemas?

Bueno, pues esto me ha sucedido con una de mis novelas. De entrada, diré que es una novela con lagunas y fallos, de eso siempre fui consciente, pero que en la agencia gustó y al menos a tres lectores también. Entonces la di a leer a un buen amigo, escritor, de cuyo criterio me fío bastante, y él tuvo el gran gesto de enviarme una crítica muy sincera, detallada y razonada.
Se me cayó el alma a los pies, tanto, que decidí escribir a Sandra Bruna para que retiraran esa novela de circulación. Por algún motivo, me demoré unos días…

Y llegó la fiesta de la agencia.

Fue el jueves pasado, en el Patio Manning de Barcelona, en pleno centro histórico de la ciudad. Lo mejor de esa fiesta fue conocer en persona a dos compañeros de agencia, Teo Palacios y Lola Mariner, con los que pasé un gran rato, y con quienes hubiera estado mucho más tiempo charlando...

Bueno, en esta fiesta —ya contaré más cosas en otros posts— también conocí a Joan Bruna, padre de mi agente, y el primero que leyó la novela en cuestión y la recomendó. Apenas me lo presentaron, él dijo: “Ah, eres la autora de… (y mencionó el título de la novela)”. Yo le respondí, haciendo de tripas corazón, que sí, y le pregunté qué le había parecido. “Muy buena. ¡Tienes que escribir una segunda parte!” Cuando le dije que estaba pensando pedirles que se olvidaran de ella, me respondió: "¡Eso no me lo digas ahora! Si quieres, quedamos un día, tomamos un café tranquilamente y hablamos de la novela".

Ya os podéis imaginar que, en ese momento, detrás de mi sonrisa de circunstancias, mi cabeza era un remolino. ¿Qué pensar?

Desde entonces, nado entre dudas existenciales… Sí, quedaré con él un día. Sí, hablaremos. Quizás valga la pena volver sobre el manuscrito, revisarlo, mejorarlo, darle más consistencia. Uno de los problemas que le ve Joan Bruna a la obra es cómo clasificarla, pues no encaja exactamente ni como juvenil ni como literatura de adultos.

Otra buena amiga, que también la leyó, me ha dado una idea luminosa, que se aparta de esos clichés y sitúa la novela en otro género en el que, quizás, los problemas que ahora presenta no serían tales. En fin, no contaré más por ahora.

Jamás pensé que pediría a la agencia que retirara una novela mía. Y hasta ahora no me he encontrado en un dilema semejante ni en tal confusión de pensamientos acerca de mis propias obras. Confío aprender algo nuevo después de este tumulto interior. De entrada, ha sido un baño de humildad, pues cada día que pasa soy más consciente de mis carencias como aspirante a escritora —ya no me atrevo a calificarme como tal— y comprendo, más que nunca, aquellas palabras de mi mentora, Montse Rico, el primer día que hablamos: “Para hacerse un escritor se necesitan al menos diez años”.