No, no hablaré de la obra de Ibsen. Y sí, he escrito Muñecas con mayúscula, aunque según la ortografía castellana no debería. Porque no se trata de unas muñecas cualquiera. Son Las Muñecas.
Mis Muñecas. Las que poblaron mi infancia y dieron rostro, mirada
y voz a un puñado de fantasías de niña. Son ellas, las que están vivas en mi
memoria y me miran ahora, mientras escribo, con esos ojos ambarinos bajo las
dulces pestañas… Me miran y dicen: Sí, escribe sobre nosotras.
Hace más de cuarenta años que no juego con muñecas. En mi
vida actual, las tenía enterradas y olvidadas. O, al menos, eso creía.
Porque las Muñecas emergieron con fuerza insólita cuando
menos lo esperaba. Todo empezó cuando mis padres se plantearon vender su
apartamento de la playa. La agencia les dijo que no se preocuparan por
vaciarlo; ellos se encargarían de todo. Pero en el apartamento había (y aún
hay) muchas cosas ligadas a nuestra historia familiar, desde recuerdos,
fotografías, libros y ropa. Mi hermana Elena fue un día con mis padres a ver
qué podía llevarse. Abrió un armario… ¡y se topó con las Muñecas!
Puedo imaginar su impresión. Parecían estar allí, esperando
que alguien abriera aquella puerta y se acordara de ellas. Vestidas, de pie,
mirando. Trajo varias a casa de mis padres, y dos cajas repletas de libros y
cuentos que nos habían deleitado durante la niñez.
Un día estuvimos las dos abriendo las cajas, ojeando cuentos
y recordando nuestros juegos con las muñecas. Cuando vi a las dos que ahora
tengo, mi Nancy de Famosa y su hermanita, Leslie, me dio un vuelco el corazón. Nunca
me parecieron tan bonitas.
Y sí, sus ojos me miraban, y con sonrisa dulce me decían:
Estamos aquí. En su rostro, más que una petición, había una bienvenida. Las
muñecas me decían: Te aprobamos. Te queremos. Me sonreían.
Hay algo mágico y misterioso en el rostro de una muñeca. Entiendo
por qué son tan especiales, y por qué hay quienes las coleccionan con fervor. Elena
me dijo que podíamos venderlas. Hay mercados de juguetes antiguos, y no tan
antiguos, donde están muy valoradas. Podríamos obtener un buen dinero por esas
preciosas muñecas con su ropita… ¡Una caja llena de vestidos, pantalones de
campana estilo años 70, chaquetas de punto, accesorios y zapatitos! Algunas
prendas fueron diseñadas y cosidas con mimo por mi madre.
Pero cuando tomé a Nancy en brazos, me dije: No. ¡No puedo
venderla! Me la llevaré. Y, con ella, a su hermanita. Y todo su ajuar. Nancy no
se va sin Leslie.
Leyendo esto, pensaréis que soy una criatura sentimental.
¡Qué cursi, qué boba! A mi edad, me importa poco el qué dirán. Y si de algo
estoy contenta es de mantener viva a la niña que llevo dentro, que nunca murió,
y que tiene tantas ganas de vivir y de crecer ahora como a los siete años.
Así que me llevé a las Muñecas. Sólo estas dos. Nancy era
mía, Leslie era de mi hermana Marta. Ella no la quería, prefirió llevarse a Memena,
una de las muñecas bebés que cuidamos como mamitas en nuestros primeros años.
Y ahora están aquí las dos, en mi mesa de estudio. Aún no sé
dónde las pondré definitivamente. De momento, quiero verlas cada día. Y ellas
me miran, saludándome con su mirada silenciosa. Las observo y vislumbro
caracteres diferentes. Nancy es serena y elegante, sus ojos son de un color
avellana, muy cálidos. Leslie es inquieta y viva. Es la rebelde. Me observa con
sus ojos traviesos y moteados, sobre las mejillas pecosas.
Cuando éramos niñas, Marta y yo jugábamos con las Muñecas e
inventábamos historias. Escribí una de ellas, que nunca terminé. Pero aún
conservo esas viejas cuartillas, mecanografiadas con la Olivetti de mi madre,
con la que aprendí a escribir sobre teclado. Cuando escribí ese cuento, sólo
utilizaba el dedo índice.
Recuerdo bien la historia, y recuerdo también la parte que
no llegué a escribir. Era una historia de rebeldía y libertad. Una historia de
niñas que crecen y quieren ser. Una fábula de lo que somos todas las
mujeres, en el fondo.
Por eso las Muñecas son más que eso. Son juego, y son
historia. Son objeto, y son persona. Hay algo encarnado en esos
cuerpecitos de plástico, en esos ojos cristalinos y en esas melenas, una
castaña, otra rubia, que parecen de cabello real. No sé explicarlo, pero
entiendo la magia de las muñecas. Entiendo que son más que una cosa.
Son Ellas. Y están aquí. No quiero desprenderme de ellas
porque son parte de mi historia, un pedazo de mi vida que duró pocos años, pero
que está en la raíz de lo que soy.
Nancy y Leslie reflejan dos caras de mi ser. Más que ser
mías, a veces pienso que soy yo la que les pertenezco.
Ahora, mientras escribo, la brisa entra por la ventana y
seca con suavidad una colada de ropita multicolor, en mi tendedero plegable. He
lavado la ropa, a mano y con champú para cabellos delicados. Y sí, tal como
vaticinó una buena amiga, voy a dedicar unos minutos, cada tanto, a cambiar el
atuendo de mis Muñecas y vestirlas acorde la estación. Será un ritual. Un
ritual que me recuerde con dulzura quién soy, y que soy amada y cuidada.
