El hielo

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaba por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre…
[…] Al ser destapado por el gigante, el cofre dejó escapar un aliento glacial. Dentro sólo había un enorme bloque transparente, con infinitas agujas internas en las cuales se despedazaba en estrellas de colores la claridad del crepúsculo. Desconcertado, sabiendo que los niños esperaban una explicación inmediata, José Arcadio Buendía se atrevió a murmurar:
―Es el diamante más grande del mundo.»
Así empieza y casi termina el primer capítulo de Cien años de soledad. Leí estas palabras por primera vez con once años, en una clase de literatura. Mi paladar de lectora niña y torpe no pudo asimilar la exuberancia de aquella selva de letras, que se me antojaba demasiado enmarañada y hostil. Un pedazo de hielo se me atascó y me alejó de García Márquez y el deseo de conocer su obra durante muchos años… ¡Cuántas lecturas perdidas! Pero ese mismo bloque de hielo irisado, mucho tiempo después, es el que me subyugó y me arrastró a leer toda la novela de corrido, adentrándome en el mundo mágico de Macondo y la saga de los Buendía, asombrándome a cada frase, a cada párrafo… A menudo pienso que el mejor taller de literatura es leer a los clásicos y a los genios. García Márquez es ambos.

Hoy también celebramos el día del libro, el día de Sant Jordi, el 450 aniversario de Shakespeare… Hoy huele a papel y a rosas, las letras tiemblan en el aire como las semillas de los plátanos y los pétalos de los geranios en flor. Hoy huele a literatura, a recuerdo, a eternidad. Porque las letras hacen eternas al hombre, y su espíritu sobrevive no solo en las alturas, sino en las profundidades de las páginas. Ahora Gabo está ya a merced de la luz, en los altos aires donde no alcanzan a llegar ni los más altos pájaros de la memoria…

Buenas noches, escritores que nos habéis alimentado el alma. Buenas noches, príncipes de las letras. Permitidme saludaros con las últimas palabras de Horacio en Hamlet:
Good night, sweet prince, and flights of angels sing thee to thy rest.

La intimidad y el arte

El arte de contar la vida (de darse cuenta de la vida, de tenerla en cuenta) no es más que el arte de vivir. Vivir con arte es vivir contando la vida, cantándola, paladeando sus gustos y sinsabores... Se puede vivir sin arte... Se puede vivir sin intimidad porque la intimidad no es imprescindible para vivir. La intimidad sólo es necesaria para disfrutar de la vida.

¿Qué es la intimidad? A menudo la  confundimos con privacidad, con identidad o con lo inefable. ¿Es realmente posible adentrarse en la intimidad de alguien sin violar su espacio sagrado? A diferencia de los culebrones y los reality show, las obras literarias y artísticas son capaces de poner de manifiesto al lector los verdaderos aspectos de la intimidad de los personajes que aparecen en tales obras, esto es, la forma en que se sienten a sí mismos, de tal modo que dicho conocimiento no supone una violación o profanación de dicha intimidad. Por tanto, la intimidad no se trata de algo inexpresable o incomunicable mediante el lenguaje, de la misma manera en que tampoco consiste en algo que tan solo sería experimentable en la más pura soledad, exenta de toda comunicación con los demás.

La intimidad está ligada al arte de contar la vida (y no, como suele creerse, a la astucia de no contar nada, no sea que luego vayan contando por ahí...), que, dicho sea de paso, es, sin más, el arte.

Son citas de la recensión que un buen amigo ha hecho sobre el libro de José Luis Pardo, La intimidad (Ed. Pre-textos, Valencia).

Nevsky Prospekt

Leyendo Nevsky Prospekt he comprendido mejor por qué Manuel Navarro eligió este nombre de batalla para los foros literarios. Boris. Nombre eslavo que, además, significa “del norte”. Casi un año de estancia en una ciudad norteña, San Petersburgo, fue suficiente para marcar su vida ―toda una vida― y para despertar en él una pasión por las letras que va más allá de la de un lector aficionado. Es posible que el escritor que Boris lleva dentro naciera en esta ciudad de noches blancas, catedrales y museos que se miran en las aguas heladas del Neva y el Fontanka.

Nevsky Prospekt, diario de un expatriado nos adentra en la Rusia de hoy. Un país occidentalizado y moderno, donde las multinacionales se han afincado y reúnen a grupos de trabajo de diversos países; donde el inglés es la lengua franca y las decisiones dependen de una directiva extranjera, a menudo distante. Pero en ese ambiente cosmopolita aún queda algo de aquella vieja Rusia de antaño. La Rusia postmoderna no ha podido ―ni podrá― domesticar el frío. El frío, la dureza del hielo y la claridad de esas noches de verano siempre marcarán el carácter de las gentes, que Boris nos presenta como reservado y cauteloso. La cortesía y el vodka son la pátina de hielo, gentil, que quizás refrena y contiene el fuego del alma rusa…

En una entrevista con Ana María Matute, me decía que una novela es fantástica: en ella cabe de todo. Sí, cabe todo, incluso el diario de un expatriado que, de golpe, sin pretenderlo, se encuentra en tierra ignota y con una misión profesional no fácil. En las páginas del diario va consignando las impresiones que día a día va atesorando: rostros, personas, paisajes, comidas… y aromas. Ah, ¡el olor! Cuando leí esa frase, esa frase corta, sencilla, en la que el autor describe el olor peculiar, indescriptible, olor a Rusia, fue cuando la novela definitivamente me atrapó. Dice Joanne Harris, la autora de Chocolat, que «una novela que no huele, no duele; y, por tanto, no se lee». Nevsky Prospekt huele, y sabe, y se oye, y se siente. Quizás por eso este diario, escrito con enorme sobriedad, gusta y envuelve al lector. Con Manuel, conozco esos retazos de Moscú, de Saint Pete, de la costa báltica. Con él saboreo los menús ―italianos, orientales, rusos…―, me familiarizo con los rostros nuevos, recorro las calles, siento el frío en la piel y me estremezco escuchando una sinfonía o contemplando un ballet. Con él, experimento la soledad. Pues esta novela es una historia de soledad, no por ser transitoria menos profunda. Manuel, el expatriado, pese a trabajar rodeado de gente, está solo. Sola está “su casa”, como él bautiza a las anónimas habitaciones de los hoteles donde vive; solitarios son sus paseos, sus almuerzos y sus cenas, sus largas horas de lectura o de ocio. La sociedad que lo recibe no lo rechaza, pero tampoco lo acoge. Vive la nostalgia del hogar, en el lejano Madrid, y busca llenar su tiempo con lecturas, música, visitas culturales y algunas salidas nocturnas. Como afirma en una ocasión, para un expatriado es difícil pasar mucho tiempo en Rusia sin una mujer y sin beber demasiado. Manuel no bebe en exceso ni rompe la fidelidad con su esposa, su refugio es el tabaco. Como si esa densa niebla fragante pudiera amortiguar, igual que la nieve, la aspereza de la soledad.

Juan Eslava Galán, hablando sobre el ego del escritor, suele recordar que “la sombra del hortelano no debe molestar en la huerta”. Parece casi imposible que en un diario personal, donde la soledad aletea tras cada página, la sombra del autor no caiga sobre las letras. Pero en el caso de Nevsky Prospekt esto se cumple asombrosamente. No en vano la novela lleva por título principal el nombre de un lugar. Tanto como el narrador, Saint Pete es la protagonista de este relato. Y la sombra de Manuel no estorba en la huerta.  Está ahí, con el sentimiento contenido, expresado con austeridad y sencillez, sin recrearse en contemplaciones narcisistas, sin sobrecargar el relato con emociones o digresiones metafísicas. Cuando el lector podría esperar algún estallido, una efusión, o una caída en la elucubración sentimental, Boris nos sorprende con una, dos frases, cortas, simples, desnudas. Basta con eso. Una imagen, una impresión. El resto, queda para el lector imaginarlo.

Y esto se agradece. Maestro en la precisión y en la sobriedad, en el mostrar, no contar en la medida en que esto es posible en un diario personal, Manuel nos da una lección de cómo convertir un diario en una novela. Incluso el mundo interior se puede expresar sin divagaciones barrocas y egocéntricas. Por esa ligereza que es solidez, por esa desnudez que es elegancia, Nevsky Prospekt es una novela que se lee, y se deja leer, con gusto.

Del cielo llovieron colores

¿Un poema? ¿Una metáfora? No, no, ¡es real! Del cielo llovieron colores... y cayeron entre las páginas de un libro que me emociona haber podido prologar.

Hace muchos años, yo era una estudiante que asistía a las clases de una asignatura insólita, en la Universidad de Lérida. La asignatura se llamaba Utopia y llenaba el aula hasta el tope, con tantos varones como mujeres (las chicas solemos ser mayoría en las carreras de humanidades pero aquí se trastocaban las estadísticas). El profesor, Pere Gallardo, nos introducía en los vericuetos de un género literario inconformista, la ciencia ficción. Cine, música, filosofía, sociología... sus clases nos llevaban más allá de la literatura y a menudo despertaban nuestra inquietud y animados debates entre los alumnos. Pere y su Utopia fueron de esas huellas que no se borran con el paso de los años.

Mucho tiempo después, cuando gané el Premio Minotauro por mi novela Ciudad sin estrellas, quise enviársela. Así se restableció un antiguo vínculo profesor-alumna, que ahora se ha convertido en amistad entre dos escritores. Pere Gallardo, fiel a su inquietud de ayer y de hoy, sigue explorando la ciencia ficción, pero también otros géneros literarios, como el relato breve. Del cielo llovieron colores es una antología de cuentos que no dejan indiferente a nadie. Mejor lo digo tal como lo expresé en el prólogo...

Os invito a entrar en un país de relatos sorprendentes. Atención, porque es terreno minado. Los cuentos de P. suelen comenzar con un tono sereno e intimista, pero poco a poco van conduciendo al lector por vericuetos insólitos para terminar, casi siempre, con un inesperado final.
Escritos con pulcritud y detalle, con pinceladas de sentimiento, sabiamente dosificadas pero muy vigorosas, parten de situaciones cotidianas, ordinarias, y acaban trasladando al lector a una dimensión casi surrealista, entre lo trágico y lo absurdo.
[...] En los cuentos se da una constante: la frontera entre realidad y ficción se diluye. Algunos personajes poseen una vida interior torturada, como Hawk, el bebedor solitario, o Julia, la estudiante que cree sus propias fabulaciones. Otros viven presos de obsesiones, como el protagonista de Llámame o el vendedor de seguros. Algunos son escépticos que se ríen de los mitos mientras el mundo se desploma sobre sus cabezas y otros sobreviven como náufragos en medio de la multitud. Encontramos mujeres que sueñan con algo más deseable que la belleza y niños inocentes que vuelan sobre los delirios de sus padres. Y otros, como Harper y la mujer barbuda, poseen una lucidez creativa que les permite burlarse del mundo y parodiarse a sí mismos. En todos ellos, sin embargo, esta vida interior hierve y los lleva a crear ―o a creer en― una ficción que, tarde o temprano, termina estrellándose contra el mundo exterior. 

¿Queréis más? Aquí tenéis un enlace para degustar "montaditos" de prueba. Y para conseguir el libro entero, podéis descargarlo en Amazon, versión kindle o impresa a demanda. ¡Os lo recomiendo!

Stoner

O la historia de un profesor de literatura. O la historia de un amor efímero y eterno a la vez. Es una de las novelas más bellas que he leído últimamente.

Su autor, John Williams, nos ofrece una historia sencilla, que no simple, con la técnica narrativa más elemental: ir contando, día tras día, año tras año, la vida de un personaje aparentemente anodino: «No superó el rango de profesor asistente y pocos estudiantes lo recordaron después de haber asistido a sus clases. […] Los colegas de Stoner, que no le profesaron una estima particular mientras vivió, hablan muy raramente de él ahora…» (p. 3).

Pero la historia de William Stoner queda profundamente grabada en el lector. Con prosa fluida y elegante, de una sobriedad casi pasmosa, Williams nos da una magistral lección de aquel famoso mostrar, no explicar, y de cómo con pocos trazos, finos y precisos, se puede retratar la esencia de toda una vida.

¿Hasta qué punto Stoner no es un alter ego de su creador? Williams afirma en el preámbulo de la novela: todos los personajes y hechos son ficticios. Pero uno se queda con la impresión de que detrás de la novela hay una experiencia vital, una reflexión sobre el mundo académico y sobre temas tan eternos como la muerte, el amor y la guerra.

Un amor y un desamor


Stoner es la historia de un amor. El joven aldeano que va a la universidad para estudiar agronomía se ve alcanzado, un buen día, por las flechas de un Cupido inesperado. Un curso de literatura y un profesor, viejo, geniudo y apasionado, hacen virar el timón de su nave. «Es amor, señor Stoner, dijo Sloane con jovialidad. Está enamorado, así de simple» (p. 20).

El joven Stoner se deja llevar por ese amor. El único que no le fallará a lo largo de su vida. El único que siempre le devolverá gratificaciones, incluso en los momentos más amargos. El que le hará vibrar y dará sentido a cuanto hace.

Paralelamente, conocerá otro amor, lleno de promesas y que desemboca rápidamente en un desengaño. Se enamora, como un romántico, de una joven delicada y frágil. Pero esas flechas serán traidoras. Tras un noviazgo lleno de vacilaciones, bastarán pocas semanas para que Stoner se adentre en la ciénaga de un matrimonio fracasado, donde el resentimiento y la inquina envenenarán sus intentos de sanar una relación herida de muerte.

Fruto de esta unión nace Grace, la niña que ilumina sus días mientras su madre se encierra cada vez más en su mundo. Stoner cuida y ama ese pequeño milagro: «…la contemplaba con asombro y amor mientras crecía ante él y su rostro comenzaba a mostrar la inteligencia que se despertaba en su interior» (p. 111).

Pero esta luz también será breve. Con el paso de los años, la madre querrá recuperar a su hija y la arrastrará hacia una vida vana y superficial, hecha de apariencias y convenciones. Grace se dejará arrastrar solo durante un tiempo, hasta que logre romper con su familia e iniciar una vida autónoma. La ruptura entre sus padres la marcará para siempre.

Y Stoner, el hombre sencillo, que ansiaba una vida sencilla, un trabajo vocacional y un amor sincero, se refugiará, cada vez más, en la literatura. El único amor que no le falla y que le hace sentir que, aún es «posible vivir, e incluso ser feliz, de vez en cuando» (p. 128).

La universidad


La experiencia universitaria es agridulce. Williams nos transmite la belleza del oficio de enseñar letras, pero no oculta las sombras del mundo académico, sus conflictos, las mezquindades, los favoritismos de los profesores hacia ciertos alumnos, las trampas y los odios larvados y sostenidos, la prevalencia de la mediocridad ambiciosa frente a la honradez.

A través del personaje de David Master lanza una cruel definición: la universidad es «un asilo, o ¿cómo lo llaman ahora?, una casa de reposo para los inválidos, los viejos, los insatisfechos y los incompetentes» (p. 30). «Es por nosotros que existe la universidad, para los desposeídos de la tierra; no para los estudiantes, ni para servir el propósito egoísta del conocimiento, ni por ninguna otra razón que oigas decir. Nosotros damos las razones […] pero todo es un colorante protector. […] tenemos que sobrevivir. Y sobreviviremos porque tenemos que hacerlo» (pp. 31-32).

En la novela afloran dos conceptos de educación. Aquella que aúpa los genios brillantes y audaces, expertos en una sola obra, la que prima la imaginación, el ingenio, el lustre de un día o de una máscara, frente a la vieja noción clásica de esfuerzo, disciplina y conocimiento arduo y amante de las materias. El enfrentamiento entre Stoner y su colega Lomax alcanza el clímax en el capítulo donde se relata la presentación de la tesis del joven protegido de Lomax. Incompetente hasta el ridículo, el aspirante es apoyado por su tutor y logra obtener su plaza en aras a un supuesto humanitarismo. Stoner topa con el poder de la retórica y la demagogia como armas de doble filo para modelar la verdad: «¡Cómo logras que parezca sensato! Es cierto, todo cuanto dices ha ocurrido, pero nada es verdad. No de la manera en que lo dices» (p. 170).

En este enfrentamiento, la integridad de la vieja escuela sale derrotada. Y las intrigas logran arrinconar a nuestro profesor y dificultarle su trabajo. Hoy hablaríamos de mobbing entre compañeros. Es entonces cuando Stoner comienza a morir, lentamente. «Una especie de letargo cayó sobre él…» (p. 178). Ese letargo amenazará su vida una y otra vez, es la sombra de la muerte en vida, la que roba la energía y ahoga el amor, también el amor a las letras.

Flor de un verano


Stoner vivirá, sin embargo, un breve período de primavera. Un amor efímero e intenso como flor de verano con una mujer con la que compartirá la gran pasión de su vida. Un amor en cuerpo y alma, carnal e intelectual, donde la comunión se da en el lecho y entre las páginas de los libros. El amor que sacará a ambos amantes de la nieve, el frío y el invierno en que viven. El que les hará olvidar, durante un tiempo, que  no hay ante ellos «nada que disfrutar y poco que recordar» (p. 181) y los llevará a celebrar la «fiesta de la vida».

Placer y aprendizaje: «Habían sido educados en una tradición que les decía que la vida de la mente y la vida de los sentidos estaban separadas y eran incluso enemigas; habían creído, sin haberlo cuestionado, que elegir una suponía sacrificar la otra. Nunca se les había ocurrido pensar que una podía intensificar la otra; y como su materialización llegó antes que el reconocimiento de la verdad, les pareció un descubrimiento que tan solo les pertenecía a ellos» (p. 199).

Pero ese universo hermoso y atemporal, ese mundo «a media luz en el que vivían y al que llevaban lo mejor de sí mismos» (p. 210) se ve acosado y derrumbado por la presión del mundo exterior, ese mundo agitado que se les antoja falso e irreal, pero que termina por envolverlos.

La división no es posible. Y el autor tampoco concede a sus personajes una vía de escape entre ambos mundos. Katherine es realista: no es el escándalo social, ni la ruptura familiar, ni los ataques de los colegas, su mayor amenaza. «Es simplemente la destrucción de nosotros mismos, de lo que hacemos» (p. 215).  Así termina un amor que nace condenado a morir. Williams nos relata esa muerte con un golpe maravilloso de concisión y sobriedad. Con rotunda elegancia, sin detenerse en llantos ni en sentimentalismos. Con delicada crueldad, si es que se puede aceptar la expresión.

Como lectora, me queda la duda y la rebeldía. ¿Es imposible ser uno mismo sin renunciar al amor? ¿No tenían otras alternativas? ¿Podían seguir siendo ellos mismos fuera de la universidad, del asilo, de ese mundo protector que los construyó y los hizo encontrarse? ¿No hubieran podido empezar de nuevo? Y esto me lleva más lejos. ¿Son realmente nuestras obras las que nos hacen? ¿Es la literatura la que hace a un profesor de literatura? ¿O hay algo más…?

Vanidad de vanidades


Como todo profesor de literatura, Stoner sueña con escribir y publicar un libro. Cumple su sueño. Con tiempo, trabajo, sin brillos ni espectáculo. Acaricia su pequeña criatura, casi con reverente temor: «Al principio se sintió muy orgulloso del libro; lo sostuvo en sus manos y acarició su tomo sencillo, volvió las páginas. Le pareció delicado y vivo, como un niño. […] Después de un tiempo se cansó de verlo, pero nunca dejó de pensar en su autoría sin una sensación de asombro e incredulidad ante su propia temeridad y la responsabilidad que había asumido» (p. 102).

Intentará escribir otro. Pasarán los años, los amores y los desamores. No publicará más. Perderá la ilusión. Al final de su vida el libro, ese libro publicado y recibido con amor, le acompañará en el último tránsito. Y caerá de sus manos yertas como hoja seca.

El ansia de publicar, de fructificar y dejar huella impresa en libros, anhelo de todo escritor, queda también cruelmente retratada. Todo pasa, todo caduca. Vanidad de vanidades…

Enseñar


Quizás algunos de los párrafos más brillantes de esta novela son los que describen el drama interno del profesor que se ve incapaz de transmitir lo que alberga dentro:

Aquellas cosas que conservaba en lo más profundo eran las más profundamente traicionadas cuando hablaba de ellas en sus clases; lo más vivo se marchitaba en sus palabras; lo que más lo conmovía más frío aparecía en su discurso. Y la consciencia de su inaptitud lo descorazonaba tanto que se convirtió en un sentimiento habitual, tanto como el encorvamiento de sus hombros (p. 112).

¿Cuántos maestros se habrán sentido así? Y pienso con cariño y nostalgia en mis profesores de lengua y literatura, que a menudo tenían que lidiar con una clase llena de jovenzuelos despistados y aburridos, reacios a dejarse enamorar por los libros... Pero, poco a poco, se inicia en Stoner un lento proceso de eclosión hasta que consigue abrirse y ofrecer ese tesoro.

…poco a poco comenzó a encontrarse menos perdido en su materia, hasta el punto de olvidarse de su inaptitud, de sí mismo, y hasta de los alumnos que tenía delante. De tanto en tanto se veía atrapado por el entusiasmo, tanto que tartamudeaba, gesticulaba e ignoraba las notas que normalmente guiaban sus clases. […] El amor por la literatura, por el lenguaje, por el misterio de la mente y el corazón plasmados en las diminutas, extrañas e insólitas combinaciones de letras y palabras, en la negra y fría tinta; el amor que había escondido como si fuera ilícito y peligroso, comenzó a mostrarse, primero tímido, después audaz y, por fin, orgulloso (p. 113).
Lo entristeció y a la vez lo animó el descubrimiento de lo que podía hacer; más allá de su intención, sintió que había estafado a sus alumnos y a sí mismo. Los estudiantes que había sido capaces de abrirse camino en sus cursos mediante la repetición de pasos mecánicos comenzaron a mirarlo con desconcierto y resentimiento; aquellos que nunca habían hecho un curso con él comenzaron a frecuentar sus conferencias y a saludarlo por los pasillos. Hablaban con mayor seguridad y sentía crecer dentro de sí una cálida y firme severidad. Sospechó que empezaba a descubrir, diez años tarde, quién era él; y la imagen que veía era más y a la vez menos de lo que había imaginado. Sentía que, por fin, estaba empezando a ser un profesor, un hombre para quien su libro es la verdad, un hombre poseedor de una dignidad artística que nada tenía que ver con su estupidez, su debilidad o su inaptitud como persona (p. 113)

Este descubrimiento lo cambia y cambia su vida. Los estudiantes, su esposa, sus colegas lo perciben. Las reacciones son diversas. Pero su vida no volverá a ser igual. El olvido de sí mismo, el dejarse poseer por aquello que ama, lo lleva a saborear algunos de los momentos más hermosos de una existencia simple, triste, oscura, alumbrada fugazmente por el fuego de las letras.

Nota: las citas están tomadas de la edición en inglés de The New York Review of Books, 2003. La traducción es de la autora de esta entrada.

Villaespino


«La vida en Villaespino es sencilla y apacible. Es agradable pasear en la tranquilidad de su oscuro bosque, hay niños muertos jugando en el parque... y tal vez encuentres los altares y círculos de piedras. Pero si escuchas los cánticos bajo la iglesia, mejor será que te alejes cuanto antes.
Ocho autores se embarcan en el peligroso proyecto de relatar lo que sucede en este aislado pueblo navarro. Una trama donde los errores del pasado, la codicia humana y el horror sobrenatural se entremezclan conformando un cóctel dramático e irresistible.»

Villaespino es una obra solidaria. Todo lo recaudado por su venta será destinado a la Fundación ARSIS, que se dedica a la ayuda de infancia y familias desfavorecidas, personas desempleadas y jóvenes.

Está disponible en versión digital y en papel. Con la compra de esta última se regala la versión digital. En este enlace podréis verla y adquirirla.

Dicen que donar para una obra humanitaria produce tanto placer como hacer el amor… Dicen. También dicen que la catarsis desencadenada por una novela de terror causa similares efectos en el cerebro. ¿Será cierto? Por si acaso, os invito a disfrutar de un doble gusto: ¡leedla, y ayudad a una buena causa!


Gracias a todos los autores: Jesús F. Alonso, Antonio Bazalo, Kela Carrasco, Xavier Carrascosa, Athman M. Charles, José C. Ibarz, Maite González,  Josué Ramos y al ilustrador Néstor Allende. Como parte de la Fundación ARSIS, no puedo menos que agradecer el enorme esfuerzo creativo que habéis hecho y vuestro deseo de no lucraros con su venta, sino darlo generosamente.

Antígona

«No nací para compartir el odio, sino el amor».

Son palabras de Sófocles en boca de Antígona, el más inmortal, quizás, de sus personajes. Palabras rotundas, salidas de un corazón ardiente, hasta en cosas que hielan, palabras que eran significativas en la Atenas del siglo V a.C. y que hoy resultan igual de certeras y dolorosamente actuales.

Estos días recordamos a Nelson Mandela, líder pacífico e inquebrantable que hizo del perdón su bandera. Las palabras de Antígona podrían sonar bien en sus labios, igual que en los de tantas personas que, calladamente, deciden vivir bajo el signo de la reconciliación. De Antígona se pueden hacer muchas lecturas: política, feminista, religiosa… La mujer rebelde que se enfrenta al tirano puede ser vista como el ciudadano despierto ante el gobierno opresor, como la libertad de conciencia ante el pensamiento autoritario, como la piedad familiar ante la deshumanización de la ley, como el valor de lo femenino ante la violencia patriarcal. Para muchos estudiosos de la tragedia, Antígona es la voz de Sófocles defendiendo la democracia ateniense frente al régimen monolítico de Esparta.


Pero hay una lectura aún más honda que estas. Antígona es una voz que penetra el tiempo y vence el paso de los siglos porque con unas pocas palabras nos está revelando lo más genuino de la naturaleza humana. Más allá de defender una comunidad, un estado, un ideal, Antígona está defendiendo el valor del amor por encima del odio. Aunque sabe que la victoria, aparentemente, se la llevará la muerte. Y sí, en la obra, como en toda tragedia clásica, mueren casi todos… salvo el apuntador. Un apuntador que, dolido y horrorizado ante sus propias decisiones, comprende que su triunfo es una amarga derrota. Antígona, muerta por defender el amor, se ha hecho inmortal. Y sus palabras siguen resonando…

La morada del alma

«La lengua es la morada del alma», dijo Martin Heidegger.

Y la palabra fue el principio de todo... 

Con este himno deseo a todos los amigos, navegantes y seguidores de este blog una feliz Navidad y un año nuevo lleno de promesas.

«En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.
Estaba con Dios al principio. Todas las cosas existen por medio de ella, y ni una sola de las que existen ha venido sin ella.
En la Palabra hay vida, y la vida es la luz de los hombres.
Y la luz resplandece en medio de las tinieblas, sin que las tinieblas la hayan podido dominar jamás.»
Juan 1, 1-5.

Prosofagia, ¡llegamos a los 18!

Amigos, después de varios meses de mucho trabajo hemos sacado a la luz otro número de la revista Prosofagia, el 18. ¡Ya somos mayores de edad

Os invito a leerla, o mejor a descargarla (el diseño ha quedado precioso) y disfrutar de los artículos que más os apetezcan. Encontraréis un completo ensayo sobre la ortografía de la RAE, que nos ha cedido Martínez de Sousa, una autoridad en la materia, un dossier Tolkien (para conmemorar el 50 aniversario de la publicación de El Señor de los anillos), artículos de homenaje a Cortázar (también se cumple el 50 aniversario de Rayuela), sobre Borges; cuentos varios, poemas y nuestras secciones de humor, literatura y tecnología digital, y más...

Creo que cuando empezamos la revista, pasito a paso, con algunas entrevistas y relatos, no imaginábamos que, hoy, tendríamos tantísimo que publicar y tantísimo que agradecer a los colaboradores que, generosamente, nos ceden su talento y su trabajo en forma de ensayos, poemas o relatos. A todos ellos, ¡gracias, gracias, gracias!

Y también a todos los que nos seguís y nos apoyáis.

Relatos que huelen...

Me he enrolado en un curso on line, ¡vuelvo a estudiar! Y esta vez en muy serio, con ejercicios y exámenes. Por eso ando muy desconectada. Pero no puedo dejar de reseñar esta entrevista a Joanne Harris, autora del famoso Chocolat. Me quedo con esta frase... 
«Una novela que no huele, no duele. Y no se lee.»

Leer aquí la entrevista, publicada en la Contra de la Vanguardia (recomiendo descargar el pdf o leer en posición pantalla completa).

Naguib Mahfuz y el hilo de Scherezade

Rhadopis, la cortesana. Cogí el tomo de la librería y empecé a leer, sin esperar mucho más que una breve novela histórica con ese sabor añejo, especiado y oriental que Naguib Mahfuz sabe imprimir a sus relatos. Quería distraerme y me apetecía volver a sumergirme, durante unos días, en el Antiguo Egipto…

La he terminado en tres días, y he hallado mucho más que distracción, y mucho más un relato exótico. Aun tratándose de una novela primeriza, con esta obra Mahfouz ha sabido darme una lección de maestría literaria.

¿Cómo? Con la sencillez y el hechizo de un viejo contador de cuentos. El autor comienza la historia y no suelta el hilo, tal como si la estuviera contando durante una larga noche, ante la lumbre. No hay en él artimañas, saltos adelante y atrás, flashes, cambios de estilo o trucos sofisticados. No. Relata con transparencia, usando generosamente de su prerrogativa como narrador omnisciente, siguiendo una secuencia temporal y lógica, casi con inocencia. Los capítulos se suceden, breves y fluidos como las aguas del Nilo que baña los escenarios del relato. Hay una elipsis. Una sola, aunque el lector puede sospechar qué ocurre entre líneas. El secreto justo que, una vez desvelado, desencadena la tragedia. Y en sus incursiones sin reparo, adentrándose en el alma de cada personaje, Mahfouz nos descubre las variadas facetas del corazón humano. Lo hace de la misma manera que narra: con nitidez y a la vez con lirismo, sin excesos, pero con la dosis justa de apasionamiento. De manera que el relato resulta dramático sin pecar de histriónico; arde sin quemarnos; brilla sin artificios pretenciosos. Es elegante, y cautiva.

Aquí y allá una frase u otra se quedan grabadas, como dardos, en la memoria:

¿Es lógico que sufra por la realización de mis deseos, como los pobres? ¡Maldita sea esa filosofía! (pág. 34)
No te extrañes, pues la belleza es tan convincente como la verdad. (pág. 58)
¿Azar? Esa palabra falsea la verdad, señor. Se la asocia con la falta de juicio. Sin embargo, es el único origen de la mayoría de las felicidades y gran parte de las catástrofes. A los dioses no les quedan más que unos cuantos acontecimientos lógicos, señor… (pág. 42)

¿Casualidad, dices, Rhadopis? ¿Y qué es la casualidad sino el destino disfrazado? (pág. 85)
Desde ahora la locura será mi emblema. (pág. 86)
Perdí mi alma en el vasto mundo y la encontré en mi hombre amado. ¿Te das cuenta de lo que es el amor, Shiz? […] Es un asunto extraño, como vos decís, señora… y tal vez más agradable que la propia vida. (pág. 104)
El más fiel a su señor es quien le aconseja sinceramente (pág. 119).
…ella no se inmutó, entablándose en su interior una tremenda lucha entre la mujer de sentimientos y la reina de trono. […] El trono fulminó el corazón y el orgullo estranguló el amor. Se replegó en sí misma, triste y prisionera detrás de las cortinas. Así perdió el combate, con las alas rotas y sin lanzar ni una de sus flechas. (pág. 127)
…lo comparó con sus días de antaño, cuando era fuerte y fría. Supo que desde el día en que el amor irrumpió en su corazón, se había convertido en una mujer débil y angustiada… (pág. 176)
En realidad no la había olvidado sino que estaba oculta en los pliegues de su alma, en un pasadizo escondido que no cesaba de allanar con paciencia y fuerte compromiso con sus responsabilidades. Pero cuando la vio, después de un año, el depósito de su alma estalló y las llamas subieron hasta que la abrasaron. Sintió suplicio, abatimiento, desesperación y el orgullo asesinado. Experimentó la derrota y el tormento dos veces en una sola batalla finalizada. (pág. 178)
―La resignación es la única astucia del débil. Yo permaneceré siempre erguido como una espada contra cuyo filo se aniquilan los traidores (pág. 188).
El amor es verdaderamente un mundo extraño. El suyo propio fluye de la esencia de la misma vida. La fuerza que la atrae hacia su señor es la fuerza de la vida, completa y terrible. Pero el amor de Benamón es absorbente, casi lo aísla de todo y permanece en lejanos horizontes que sólo se hacen perceptibles en su diestra mano, y algunas veces en su lengua trabada y cálida. Qué amor tan delicado por una parte, hasta convertirse en un sueño, y por otra tan fuerte que propaga vida en la muda roca. ¿Cómo piensa deshacerse de él, si no la obliga a nada? (pág. 212)
¡Qué atardecer! Lo estaba esperando, amor mío, con el alma agotada por el deseo y engañada por la esperanza. (pág. 237)
Llenó sus ojos con el rostro de él, sin pensar que dentro de breves momentos ese rostro la dejaría para siempre… (pág. 238)
Suspiró desde lo más profundo de su triste corazón y fijó la vista en el cadáver tendido, contra el que fueron a estrellarse sus esperanzas y sus sueños, esparciéndose por todas partes, como si fueran ensoñaciones diseminadas por el despertar. (pág. 253)

¿Es la novela un canto al amor? Así lo parece en una primera impresión rápida. Lo canta, sí, y no rechaza tampoco cantar sus sombras. Pero no es solo esto. Para mí contiene, también, un grito, un lamento. Es un canto desgarrado sobre lo que mata el amor. Es un poema de duelo sobre la arrogante fragilidad humana, incapaz de sostener, alimentar y hacer perdurar el amor. Pues sus protagonistas aman, sin duda, pero en ellos germina algo más fuerte que el amor, y ese algo ―dejo a otros lectores que lo descubran―, es capaz de segar el amor de raíz y conducirlo a la muerte.


En suma, ha sido una lectura de esas que inquietan la mente y remueven el corazón, aunque dejen la miel en los labios. 

Nota: las citas son de la edición publicada por Planeta de Agostini, Barcelona, 1998.

La épica de la guerra, según Baricco

Acabo de releer la Ilíada, según la versión que Alessandro Baricco elaboró para organizar un evento memorable: una lectura pública de la obra de Homero, adaptada para no extender en demasía su duración y para hacerla más próxima al lector. 

Esta reelaboración conserva mucho de la fuerza del original, creo, su belleza y su tinte heroico, añadiéndole un enfoque ―ah, el enfoque― particular: está narrada a partir de 21 personajes, que relatan la epopeya desde su punto de vista.

La recomiendo a quienes aún no hayan leído a Homero y deseen familiarizarse con él de forma “amable”, por así decir. A quienes les resulte pesado atreverse con la versión íntegra y el  lenguaje solemne y arcaico que a menudo destilan las traducciones de los hexámetros griegos. Quizás, después de leer esta, deseen adentrarse más adelante en las aguas profundas de los versos homéricos.

Y recomiendo, tanto como la lectura del relato, leer y meditar sobre la brillante apostilla que sigue a la obra. Se trata de un pequeño ensayo sobre la belleza de la épica guerrera con una reflexión que va más allá de la literatura. Rescato algunos párrafos (las negritas son mías).

Sobre la belleza de la guerra:

«Para ser franco, tengo que decir que la Ilíada es una historia de guerra, lo es sin prudencia ni medias tintas: y que fue compuesta para cantar a una humanidad combatiente, y para hacerlo de un modo tan memorable que durara eternamente, y para llegar hasta el último de los hijos, cantando sin término la solemne belleza y la irremediable emoción que antaño fuera la guerra, y que siempre será. En el colegio tal vez lo explican de otra manera. Pero la esencia es ésa: la Ilíada es un monumento a la guerra
«…la Ilíada tiene algo que enseñarnos. Y lo hace desde su rasgo más evidente y escandaloso: su rasgo guerrero y masculino. […] canta la belleza de la guerra, y lo hace con una fuerza y una pasión memorables. No hay casi ningún héroe cuyo esplendor, moral y físico, en el momento del combate, no se recuerde. No hay casi ninguna muerte que no sea un altar, ricamente decorado y adornado de poesía. […]»

¿Es posible encontrarle un sentido? Hete aquí:

«En este homenaje a la guerra, la Ilíada nos obliga a recordar algo molesto pero inexorablemente verdadero: durante milenios la guerra ha sido, para los hombres, la circunstancia en la que la intensidad ―la belleza― de la vida se desencadenaba en toda su potencia y verdad. Era casi la única posibilidad para cambiar el propio destino, para encontrar la verdad de uno mismo, para elevarse a una alta concienciación ética. Frente a las anémicas emociones de la vida y a la mediocre estatura moral de la cotidianeidad, la guerra ponía en marcha el mundo y empujaba a los individuos más allá de los límites acostumbrados, hasta un lugar del alma que debía parecerles, a ellos, por fin, el punto de llegada de toda búsqueda y todo deseo. […] En esta convicción se reverbera el perfil de una civilización, nunca muerta, en la que la guerra permanecía como un eje candente de la experiencia humana, como motor de toda clase de acontecer. […]»

Lo que el pacifismo no debería olvidar:

«Lo que tal vez sugiere La Ilíada es que ningún pacifismo, hoy en día, debe olvidar o negar esa belleza: como si nunca hubiera existido. […] Por muy atroz que pueda sonar, es necesario acordarse de que la guerra es un infierno, pero bello. Desde siempre los hombres se lanzan a ella como falenas atraídas por la luz mortal del fuego. […] Por ello, la tarea de un pacifismo verdadero tendría que ser hoy no tanto demonizar la guerra, sino comprender que sólo cuando seamos capaces de otra belleza podremos prescindir de la que la guerra, desde siempre, nos ofrece. Construir otra belleza es tal vez el único camino hacia una auténtica paz. Demostrar que somos capaces de iluminar la penumbra de la existencia sin recurrir al fuego de la guerra. Dar sentido, fuerte, a las cosas, sin tener que llevarlas hasta la luz, cegadora, de la muerte.»
«Una real, profética y valiente ambición por la paz yo la veo únicamente en el trabajo paciente y escondido de millones de artesanos que cada día trabajan para suscitar otra belleza, y la claridad de luces, límpidas, que no matan. Es una empresa utópica, que presupone una vertiginosa confianza en el hombre. Pero me pregunto si alguna vez nos hemos adentrado tanto, como hoy en día, por un sendero parecido. Y por eso creo que nadie, a estas alturas, logrará ya detener ese camino, o invertir el sentido. Lograremos, antes o después, sacar a Aquiles de aquella mortífera guerra. Y no será el miedo ni el horror lo que lo lleve de regreso a casa. Será cierta belleza, una belleza distinta, más cegadora que la suya, e infinitamente más apacible.»
Las citas están sacadas de la versión publicada por Anagrama, Barcelona, 2005. Nunca me canso de leerla. 

Una lectura dramatizada de la Ilíada, adaptada por Juan Carlos Plaza, también se hizo en español, en junio 2012. Aquí podéis escuchar la primera parte, en RTVE A la Carta.