Buscando la pregunta


 «La palabra es vida, ¡la palabra es la vida!
Pero ¿sabemos hablar todavía?
Quizás ha llegado el tiempo de retornar a la palabra, de retornar a las palabras viajeras, las que hacen circular el gozo de existir en la ligereza y la frescura de un alba portadora de la esperanza renovada en un día aún más alto, más libre…
Vayamos, caminemos, avancemos en el vaivén del oleaje de las palabras errantes…
¡La historia es más fuerte que el destino!»

 …

 «Tú eres un pájaro…Las palabras son tus alas, ¡habla, vuela lejos!  Cruza el espacio y el tiempo, rompe las cadenas de una historia que no te pertenece y que no tiene el derecho de cargarte y retenerte…Recuerda que los hombres, aunque deban morir, no han nacido para morir, sino para innovar, para abrirse al nacimiento y al renacimiento.Porque has nacido estás condenado, estás condenado a ser libre… ¡No lo olvides!»

Sigo leyendo con deleite  a Marc-Alain Ouaknin, su pequeño tratado C’est pour cela qu’on aime les libelules (Es por eso que amamos las libélulas).

Un tratado ¿de qué? De algo para lo que el autor ha tenido que inventar una palabra: quoibilité, que se podría traducir por «quebilidad». Que viene de «qué».

Quebilidad: una larga reflexión sobre «la pregunta, el cuestionamiento, el interrogante, el asombro, que se convirtieron para mí en un tema central del pensamiento y de la existencia en general».

Solemos pensar que el ser humano vive envuelto en interrogantes. Todo cuanto nos rodea nos suscita preguntas. ¿Por qué? ¿Por qué? La pregunta insistente de los niños que aprenden, la pregunta angustiada del filósofo que se topa con el enigma de la existencia.

¿Y si es todo lo contrario?

¿Y si en realidad vivimos rodeados de respuestas, y lo que necesitamos buscar son las preguntas?

¿Y si nosotros mismos somos respuestas? ¿A qué pregunta responde nuestra existencia?

¿Y si la vida misma yace, no en una respuesta, sino en un gran interrogante?

Escribir: ¿es un ejercicio creativo en esta búsqueda de preguntas?

Una reflexión más, sobre la biografía: «…la vida no precede a la escritura, sino que es engendrada con esta escritura» […] No hay vida por un lado y escritura por otro, sino la biografía, la escritura de la vida, la vida por la escritura.»

C'est pour céla qu'on aime les libelules


«Puede haber, y probablemente haya en toda vida un instante inicial de tal intensidad, de tal fuerza, que influye en la vida entera.
Puede ser un libro, un encuentro, un accidente, una ausencia, un retraso, una puesta de sol, una tempestad o simplemente una sonrisa.
La escritura de un texto, de una historia, de una obra de teatro o de una novela es a menudo el signo del encuentro con ese momento fundacional.

¡O quizás sería más justo decir que escribimos para descubrir ese momento fundacional, el punto inicial, la conmoción del ser que nos ha hecho surgir en el corazón de la existencia!
¿Sabemos por qué escribimos?»
Así empieza el libro que estoy leyendo con gusto y asombro, porque casi cada frase, cada párrafo, me obliga a detenerme y a pensar… o a recordar, o a preguntarme.

¡Quizás este y no otro es el propósito de su autor! Marc-AlainOuaknin es un autor que desconocía hasta hace poco. La tapa del libro lo define como filósofo, rabino, profesor de la universidad Bar-Ilan… autor de un montón de libros diversos sobre literatura, Talmud, poesía y filosofía, traducidos en países de todo el mundo. Yo diría que es una mezcla entre poeta y trapecista de las letras.

Aún no he terminado el libro. Lo estoy leyendo en versión original y voy despacio. Saborear el francés nítido, poético y sabroso de Ouaknin me permite una lectura pausada y profunda.

¡Creo que todos los escritores amaríamos leer algo así de tanto en tanto! Es como hacer un pequeño “receso espiritual” en medio de nuestro escribir, una cura de rejuvenecimiento y un aporte extra de vitaminas para la pluma… o la tecla, o la mano que hace volar palabras.

¿Sabemos por qué escribimos?

No resisto compartir otro párrafo, ¡y esto es apenas el comienzo del libro! Porque C’est pour cela qu’on aime les libelules (Es por eso que amamos las libélulas) trata de mucho más que de literatura.

¡Alerta! Si os animáis a leerlo, no es un libro que os dé «ideas» geniales, ni respuestas, ni conclusiones… ¡Su misión es suscitar preguntas! Posiblemente os detengáis a medio leer una página y la mente se os vaya en un interrogante que os lleve por derroteros insospechados.

«¿Qué es una palabra, si no es una historia de amor?
Hay toda una teoría sobre el amor que las vocales profesan a las consonantes. Las letras se enlazan […], se enlazan y se abrazan, se abrazan y se unen […] Haz estallar el presente, descubre el milagro de la aurora quebrando la negrura de la noche, haz danzar las letras y las vocales amorosas. Haz cantar las palabras para que se conviertan en pájaros.»

Recursos literarios


¿A qué huelen las palabras? ¿De qué color es una canción? ¿Por qué un verso es delicioso, o una carta sabe amarga como la hiel? Sinestesia, metáfora, comparación.

¿Qué sería de un libro sin alma? ¿Y un discurso sin repetición? ¿Cuántas plumas callarían si no fueran más que plumas? Metonimia, anáfora, personificación.

¿Con qué aliñaríamos nuestros diálogos si no hubiera hipérboles? ¿Qué harían los cuentos sin cabellos de oro, y los poetas sin lunas de plata y auroras de cristal? Apóstrofe, asíndeton, repetición.

¿Cómo hablaría el fuego de la musa? ¿Y el sabio? ¿Y el místico? ¿Y el trovador? Polisíndeton, hiperbaton, enumeración.



Recursos. «Recursos literarios.» Ordenando papeles he dado con una viejísima libreta de apuntes. Y antes de tirar las hojas amarillentas, de pauta simple y escritas con la caligrafía minuciosa de una colegiala de diez años, he querido escanearlas y guardarlas en la memoria de mi ordenador. Ahora las cuelgo en la Red, esa biblioteca que está en las nubes y que está en todas partes y en ninguna, esperando que su memoria supere la mía y sobreviva cuando mis palabras no sean más que un eco en un montón de páginas escritas.

¿Podía imaginar, cuando escribí estas notas, que algún día me llamarían escritora, compondría poemas y publicaría libros?

¡Jamás!

Esta es una de las bellezas de la vida. Que las mejores cosas suceden sin que las hayas planeado.

Flores

21 de marzo. Entra la primavera, aquí, en el hemisferio norte. Entra la primavera y se nota en el sol, en el olor del aire por la noche, en la luz que clarea sobre las paredes blancas..., aunque el aire todavía sea frío y las borrascas siberianas azoten de nieve la Península. 

Llega la primavera y lo celebro compartiendo con vosotros, visitantes casuales o regulares, que topáis con este blog, uno de mis cuentos antiguos, antiguos. Podéis leerlo aquí, en bruto, sin correcciones y quizás con algún gazapo. Posteriormente lo pulí y un amigo, Javier García, lo publicó dentro de su antología Leyendas de la Caverna Profunda. Es un cuento inspirado en un viejo, viejísimo juego, de mi infancia, con mi hermana y una amiga del pueblo de mis abuelos, escenario de mis vacaciones, mis fantasías y algunos de los mejores momentos de mi niñez.

Érase una vez una princesa enamorada de las flores, una florista que las mimaba con manos de hada y un palafrenero silencioso... Y sigue la historia.

Híbridos, transhumanos, hermanos


Un tema habitual en la ciencia ficción es explorar las fronteras de lo que es humano. Los seres híbridos entre hombre y máquina, hombre y animal, cruces entre diferentes especies, reales o imaginarias, pueblan la literatura de este género; se ahonda en los límites de la humanidad, de la biología y la conciencia, y de la imaginación surgen criaturas que, algunos dicen, podríamos llegar a ver con el transcurso del tiempo. Dados los avances científicos… ¿por qué no?

Estoy leyendo una sugerente novela juvenil, Premio Lazarillo 2015: La vida secreta de las mujeres planta, de Ledicia Costas. ¿Qué son las mujeres planta? Mujeres que, con el paso de los años, se van transformando en árboles, y cuya alma está ligada a un pequeño espíritu o elfo presente en una planta. Hace unos años, Laura Gallego publicó Donde los árboles cantan, coprotagonizada por un joven medio humano medio árbol. Leemos Danza de Dragones, la quinta novela de la serie Canción de Hielo y Fuego, y nos encontramos con los hijos del bosque, esos seres casi inmortales que también se van “vegetalizando” con el paso de los siglos. Mucho más atrás, Tolkien dio vida a los Ent, árboles andantes y sintientes que emprenden una batalla por la supervivencia de su bosque. Y ¿cómo olvidar a la rosa del Pequeño Príncipe?

Los seres mitológicos híbridos no son nuevos. En el mundo mágico y chamánico la transición entre hombre y animal fluye como el agua. Las religiones más antiguas del mundo engendraron dioses con cuerpos mestizos, medio animal, medio hombre. Zeus se transformaba en la bestia que le convenía, cuando quería. Y también los hubo que se convirtieron en flor, como Narciso, o en árbol, como la bella Dafne. Incluso en libros tan poco amigos de la mitología y las fantasías, como la Biblia, encontramos imágenes como el hombre que crece cual árbol frondoso junto al manantial, el grano de trigo que muere y da fruto, frases poderosas, como yo soy la vid, vosotros los sarmientos, y la sugerente comparación de san Pablo: nuestra vida mortal es plantada en esta tierra, como semilla; y brota a una nueva vida, la resurrección. En la medicina china, se dice que el hombre es como un árbol, una especie de puente entre el cielo y la tierra: con las raíces clavadas en tierra, con las ramas tendidas hacia el cielo.

Humanos y plantas, animales y vegetales… Desde el punto de vista evolutivo, todos procedemos de una misma célula, de un mismo ADN. Todos somos formas vivientes, amasados con la misma materia y latiendo con la misma energía. ¿Dónde están las fronteras?

En este gusto actual por los humanos-planta se puede atisbar algo más que una moda. Hay una tendencia, una veta filosófica más profunda que recorre no sólo la literatura, sino el pensamiento y la ética social.

La consciencia de formar parte de un planeta vivo, la ecología y la sensibilidad hacia el medio ambiente son el magma donde surgen estas nuevas fantasías ―nuevas y tan viejas―. También la ciencia, los avances en la genética, en la inteligencia artificial y movimientos como el transhumanismo influyen. Hay en el trasfondo un deseo de conexión con la materia viva, una intuición de hermandad existencial que nos une a la piedra, al roble, al agua y a las flores. Hay, quizás, un anhelo de comunión profunda con todo lo existente, un deseo de reconciliación con la naturaleza frente a la tendencia explotadora y dominante que ha dominado a la civilización humana durante milenios. Quizás hay, también, nostalgia de una vida más sencilla, con menos tecnología, menos virtualidad y más hierba, más hojas, más pies en la tierra y piel bañada de sol.

A fin de cuentas, dicen los genetistas que compartimos un 30 % de nuestros genes con los narcisos, y todos hemos escuchado aquella frase ―literalmente cierta― de que somos polvo de estrellas. Los átomos de nuestra carne quizás formaron parte de una estrella, un asteroide o un cristal de roca, y nuestro cuerpo, si lo esparcen en cenizas o lo sepultan en tierra, algún día será parte de una raíz, de un tallo verde o del mirlo que canta en un jardín.

Anarquía

«No, no es maravilloso. Es un mundo feo. No como este. Colinas áridas y polvorientas. Todo pobre, todo seco. Anarres no es hermoso. Allí tenemos grandes manos y pies… Pero no grandes vientres. Nos ensuciamos, nos bañamos juntos, nadie lo hace aquí. Las ciudades son pequeñas y aburridas, son espantosas. No hay palacios. La vida es aburrida, y el trabajo duro. No siempre puedes tener lo que quieres, incluso lo que necesitas, porque no hay suficiente. Vosotros tenéis suficiente. Suficiente aire, suficiente lluvia, hierba, océanos, alimentos, música, edificios, fábricas, máquinas, libros, ropa, historia. Sois ricos, sois propietarios. Nosotros somos pobres, carentes de todo. Vosotros tenéis, nosotros no tenemos. Todo es hermoso aquí. Salvo los rostros. En Anarres nada es hermoso, nada salvo los rostros. Las otras caras, hombres y mujeres. No tenemos nada más que eso, unos a otros. Aquí ves las joyas, allí ves los ojos. Y en los ojos ves el esplendor, el esplendor del espíritu humano. Porque nuestros hombres y mujeres son libres ―no poseen nada, son libres―. Y vosotros, los poseedores, sois poseídos. Estáis todos encarcelados. Cada uno, solitario, con un montón de posesiones. Vivís en prisión, morís en prisión. Esto es lo que veo en vuestros ojos… ¡el muro, el muro!»

Así describe Shevek, el protagonista de Los desposeídos, su pobre y desértico planeta, Anarres. Un lugar desolado, donde sus escasos veinte millones de habitantes sobreviven intentando hacer real un utópico paraíso anarquista, sin gobierno, sin leyes, sin coacción, basado en la pura solidaridad humana. En contraste, su planeta gemelo, Urras, es fértil y próspero, derrochando belleza y arte. Un paraíso verde y azul que se parece sospechosamente a nuestro planeta Tierra bajo el gobierno de dos superpotencias que se equilibran en una tensa guerra fría, luchando sus batallas en los países pobres del hemisferio opuesto. Anarres es pobre, pero sus gentes son libres; Urras es rico, pero sus habitantes viven atados por su miedo a perder sus posesiones, por mil juegos de poder y convenciones sociales, por su competitividad y las leyes del mercado. En Urras todo se compra y se vende. «¿A dónde ir? A alguien… alguien, otra persona. Un ser humano. Alguien que pudiera dar ayuda, no venderla. ¿Quién? ¿Dónde?»

La cara hermosa del planeta tiene otra cara, pobre y oprimida, que aún sueña en la rebelión. Pero ¿por qué un científico inteligente e inquieto querría abandonar su utopía anarquista para lanzarse al opulento paraíso de las desigualdades sociales?

Ursula K. Leguin, su autora (1929-2018) fiel a sus inquietudes sociales y políticas, expone una serie de temas que no han perdido vigencia, ni la perderán. El desarrollo de la ciencia, la comunicación interplanetaria, la lucha de poder y la lucha de clases, el sentido de la propiedad, el poder de la información, mercantilismo versus altruismo, el papel del hombre y de la mujer, la relación entre ambos sexos… Y aún más: la naturaleza misma de la realidad, del espacio y del tiempo, con frecuentes alusiones a la física cuántica y a la teoría de la relatividad. Y ¿de qué manera la ciencia puede afectar a la ética y a la vida de las personas?

Leguin trata estos temas, con hondura y sensibilidad, en un relato que se va desplegando en dos escenarios, a lo largo de la vida de su protagonista. El nudo dramático se intensifica capítulo a capítulo y las cuestiones lanzadas van convergiendo. Leer Los desposeídos me ha dado largos momentos de reflexión, diálogos jugosos con algunos amigos y me ha dejado con el sabor intenso de algunos párrafos y frases, hermosos e inquietantes. Leguin no es ingenua: critica el capitalismo, pero tampoco idealiza el anarquismo. No en vano el subtítulo de la novela es Una utopía ambigua. Shevek marcha de Anarres porque no puede desplegar allí todo su potencial. La sociedad igualitaria en la que viven no se libra de las debilidades y pecados humanos de siempre: ni siquiera la anarquía tiene antídotos contra el odio, la envidia, la culpa y la vergüenza. Puede no haber gobierno, pero los juegos de poder entre las personas son los mismos. Puede haber igualdad de sexos, pero la tensión entre la feminidad y la masculinidad sigue ahí; puede haber libertad de iniciativa, pero no deja de haber obstáculos cuando un individuo sobresale por su genio entre la mediocridad de la mayoría.

El protagonista se lanza a emprender una misión, apoyado por su compañera y un puñado de amigos, pero, finalmente, solo. Y es en el otro planeta, lejos de su hogar, donde catará esta soledad con más fuerza: «Estaba solo, aquí, porque venía de una sociedad autoexiliada. Siempre había estado solo en su mundo porque se había exiliado a sí mismo de su sociedad. Los colonos habían dado un paso. Él había dado dos. Estaba solo, finalmente, porque había afrontado el riesgo metafísico. Y había sido lo bastante loco para pensar que podría servir para acercar dos mundos a los que él no pertenecía…»

Quizás ese sea su error. No hay verdaderos héroes solitarios. Aunque la revolución se dé en la mente, y sea algo individual, único, no puede llevarse a cabo sin comunidad. Y aunque un hombre se sostenga en su espíritu, solo contra viento y marea, al final necesita una tribu, una presencia cálida donde albergarse, un hogar al que regresar. Shevek comprenderá esto tras poner a prueba su inteligencia y su capacidad de adaptación, tras entregarlo todo, sin miedo a perder nada, porque nada posee. Poseer no es lo mismo que compartir... Choca contra un mundo que no acepta nada gratis, sino que compra cuerpos y almas, y contra otro mundo que renuncia a la libertad por la seguridad, sucumbiendo a la tiranía de una mayoría. Posesividad y cerrazón; competitividad y mediocridad. El desafío es superarlas ambas y encontrar una salida: romper muros.

Un aspecto fascinante de esta novela es la reflexión sobre la naturaleza del tiempo y las relaciones humanas. No puedo dejar de copiar estos párrafos, para concluir mi comentario admirado hacia una novela que, a mi ver, es una de las mejores que ha escrito Ursula K. Leguin. Uno de esos pocos libros que releeré, seguro.
«La plenitud, pensó Shevek, es una función del tiempo. La búsqueda del placer es circular, repetitiva, atemporal. El buscador de variedades, el cazador de emociones, el promiscuo sexual, siempre termina en el mismo lugar. Llega al final y tiene que empezar de nuevo. No es un viaje y un retorno, sino un ciclo cerrado, una habitación cerrada, una celda.
Fuera de esta cámara cerrada está el paisaje del tiempo, donde el espíritu puede, con suerte y coraje, construir los frágiles, improvisados e improbables caminos y ciudades de la fidelidad; un paisaje habitable para los seres humanos.Sólo cuando un acto se da dentro del paisaje del pasado y del futuro es un acto humano. La lealtad, que afirma la continuidad del pasado y del futuro, uniendo el tiempo en un todo, es la raíz de la fortaleza humana; no es posible hacer ningún bien sin ella.Así, mirando en retrospectiva los últimos cuatro años, Shevek ya no los vio como un tiempo perdido, sino como parte del edificio que él y Takver estaban construyendo con sus vidas. Lo bueno de trabajar con el tiempo, en vez de ir en contra, pensó, es que no hay tiempo dilapidado. El dolor también cuenta.»

Reescribir


Hace doce años terminé de escribir mis tres primeras novelas. Una trilogía voluminosa que no he llegado a publicar, pero que me gustaría ver convertida en libros, algún día.

Como toda opera prima, pasados unos años la releí y me di cuenta de que así, tal como estaba, no quería publicarla, ¡de ninguna manera! Y me lancé a reescribir. He reescrito la primera parte, ahora estoy con la segunda. Puedo afirmar que reescribir es mucho, mucho más duro que escribir.

¿Por qué? Porque es mucho más que contar la misma historia, pero de otra manera. Es mucho más que pulir, corregir, mejorar, enriquecer. Es… ¡escribir otra historia! Aunque los personajes y los hechos sean los mismos. Con el escollo de que te topas con el texto original, que a veces te impone barreras, pero otras veces te inspira. Quisieras empezar de nuevo, pero hay párrafos y diálogos que sabes que tienes que rescatar. Y no quieres que tu nueva versión sea una especie de Frankenstein apedazado con remiendos de lo nuevo y lo viejo.

¡Ardua tarea! Pero apasionante y retadora. A fin de cuentas, acabo disfrutando. Mi nueva versión ―eso espero― es más sencilla en cuanto a acciones y subtramas, pero más profunda en cuanto a los personajes y a su entorno. Es menos rápida, pero más ágil; menos trepidante, pero más… ¿atrapante? Rehacer los diálogos ha sido especialmente intenso. ¡Qué difícil es lograr un buen diálogo, con el tono y el lenguaje adecuado, con la brevedad y la expresividad idóneas, con el dramatismo necesario!
A veces me he preguntado si valía la pena hacerlo. ¿Para qué reescribir unas novelas tan viejas, inéditas, que nadie querrá publicar? Además, son fantasía épica. ¿Se puede escribir fantasía épica después de Tolkien, después de Juego de Tronos y La sombra del viento? Ah, ilusa… ¿No sería mejor dejarlas atrás y hacer algo nuevo?

Pero con esta trilogía me ocurre algo. Es mi primera novela, y la primera novela es especial. Dicen que siempre tiene algo de autobiográfica. Yo me reía, hace años. ¿Autobiográfica? ¿Cómo va a serlo? Pero sí, lo es. Dos amigas me han hecho verlo, clarísimo. Un día, conversando con una de ellas le conté a grandes rasgos de qué trataba la historia. Ella se estremeció y me dijo: Tienes que publicarla. Esa es tu obra. No puedes dejarla. No la dejes.

Mis tres primeras novelas no son autobiográficas, aparentemente. Pero, en clave fantástica, contienen la médula de mi historia personal. Lo que más me ha asombrado de ellas es que, años después de escribirlas, en mi vida real han sucedido eventos y he atravesado procesos que, antes, ya había relatado en las novelas. En clave, sí, pero ahí están. Ahora tiemblo y me pregunto, con cierta emoción, si lo que me aguarda en los próximos años no se parecerá a lo que ya escribí hace más de diez…

No soy dada a esoterismos ni tengo capacidades psíquicas sobrenaturales. Ninguna. Simplemente creo que, durante mi proceso creador, tuve una intuición mucho más honda de lo que era mi vida que en todos mis ratos de silencio, meditación y reflexión. Es como si, escribiendo, desde la ficción, mi visión saliera del tiempo, se ampliara y abarcara lo que fui, lo que soy y lo que seré en potencia. ¿Suena a magia? Quizás esta sea la magia de la literatura… de toda forma de arte. Llegar a una visión más profunda, en espacio y en tiempo, de lo que es la realidad.

Por eso, y porque en esas mis primeras novelas hay tanto de mí, quiero terminar con su reescritura. Y las publicaré. Aunque nadie las quiera ni haya lectores que las esperen. Al menos, me lo debo a mí misma.

500 libros

Uno de los últimos libros que he leído ha tenido la rara virtud de afectar seriamente a mi vida. Sí, mi vida diaria, no la vida interior y creativa de la que fluyen mis escritos, sino la vida que toca pies a tierra, la vida cotidiana de mi trabajo, mi ocio, mis afanes y mi descanso.

Muchos libros pueden gustar, apasionar, despertar sentimientos o encender la chispa de la imaginación. Pero pocos te cambian la vida. Y este no ha sido una gran obra literaria, ni una genialidad poética, sino un sencillo manual escrito por una japonesa de rostro sonriente y grácil cuerpo de hada.

La magia del orden, de Marie Kondo, ha revolucionado la vida de muchas mujeres (y hombres también). Dicen que es un fenómeno sociológico y editorial, y en las redes sociales proliferan los vídeos y los canales con seguidoras de este método que cambia la vida… Pero, más allá de esto, el libro recoge una experiencia, una vivencia muy honda de cómo nos relacionamos con nuestro espacio vital y con las cosas materiales. No es un manual de autoayuda más, ni un libro superficial, pese a su tono desenfadado. En mí, ha tenido la virtud de provocar cambios inmediatos, como aquel hachazo de Kafka, el poder de los libros que abren surco en la conciencia.

La magia del orden propone un método simple y rotundo para ordenar tu casa, tu espacio y… de rebote, buena parte de tu vida. Leí el libro en dos tardes y al tercer día ya tenía mi plan trazado para aplicar las enseñanzas del libro. Así es como empecé mi maratón de orden, dispuesta a reorganizar mi casa y mis cosas de una vez por todas.

Cada día, una categoría de objetos. Marie Kondo propone ordenar lo que tenemos según cuatro grandes categorías, que a su vez se pueden subdividir en todas las que haga falta: ropa, libros, objetos varios (en japonés “komono”) y sentimentales.

Desde el primer momento supe que lo más difícil serían los libros.

Vacié mis estanterías. Más de mil libros, sin contar revistas. Mil libros son pocos para una persona que escribe y ama leer (he leído muchos más prestados de mis padres, de amigos y de las bibliotecas públicas y universitarias). Pero, aún y así, me parecían demasiados. Tenía seis estanterías llenas, y al paso que iba, pronto tendría que comprar más… Mi lista de libros nuevos, “pendientes” de leer, ha ido creciendo con el paso del tiempo, así como los libros clásicos “que quiero leer algún día” y los que “me gustaron tanto que los releeré en el futuro”. Amén de revistas, folletos, recortes de periódicos…

Del mismo modo que supe que me costaría sangre desprenderme de cada libro, supe que quería liberar la pared de mi comedor de sus estanterías. Quería una pared blanca, una sala limpia, un lugar apacible para estar, leer, meditar… sin sentir la opresión de seis metros cuadrados de madera atestada de papel encuadernado. Ergo, ¡tenía que sacar de casa la mitad de mis libros!

500 libros. Ese fue mi holocausto, a cambio de un espacio despejado donde vivir mejor y más a gusto.

Vacié todas las estanterías. Los apilé en el pasillo. Fui recorriendo cada volumen, lomo a lomo, título a título. Marie Kondo propone sostener cada libro entre las manos y preguntarse: ¿Me hace feliz conservarlo?

No logré sentir esa vibración, esa alegría, con casi ninguno. ¿Debería tirarlos todos? Si me ponía a razonar, tampoco hubiera tirado ninguno. Este me gustó, este no lo he leído, este me gustaría leerlo, este debería… ¡No, no, no! Todo son trampas. Hace años que no toco esos libros, y posiblemente pasarán otros cinco años y seguirán ahí, criando polvo en el olvido. Pobres libros… ellos no se lo merecen, tampoco yo.

Cambié de estrategia: ¿qué libros me apasionan? ¿Cuáles me llevaría a una isla desierta? Así me costó menos decidir.

Escribí un “GRACIAS” en papelitos adhesivos que enganché sobre las pilas de libros, en la pared. Gracias por tantas horas de placer, de aventura, de olvido de mí y de transporte a lugares y épocas remotos o fantásticos. Gracias por lo que me habéis enseñado, por las lágrimas o las risas que habéis arrancado de mí, por las horas de sueños y realidades. Por esas vidas múltiples que he vivido navegando por vuestras páginas. ¡Gracias… y adiós!

Se los llevaron dos chicos en cajas, y les pedí que los regalaran a una librería de segunda mano. Algunos nuevos, incluso con su precinto… otros viejos, inquilinos de una casa tras otra. Best-sellers y clásicos, antiguos y contemporáneos, novelas y poemas, relatos y ensayos… Adiós, adiós.

¿Dónde está la romántica defensora del libro en papel? ¿Dónde está aquel confort hogareño de sentir el olor, la calidez y la presencia silenciosa de cientos de libros forrando paredes y llenando muebles? Se fue, se fue, se fue y llegó el placer de contemplar una pared blanca y vacía, donde reposar la mente y dejar que se llene de nuevo. Más aire, menos letras. Dicen los músicos que, en una sinfonía, los silencios son tan importantes como las notas.

Adiós, 500 libros. Me quedan otros 500, que quizás se irán reduciendo. Quiero seguir leyendo. Posiblemente ahora lea más que antes. (Los lectores digitales permiten tener una  biblioteca entera en la palma de la mano.) Lo que no quiero es acumular.

¿Cuántos libros me llevaré a la tumba? ¿Cuántos me seguirán en el más allá? ¿Cuántos quiero dejar a las personas que tengan que vaciar mi piso, cuando muera?

Pocos, muy pocos. Una pequeña “biblioteca dorada” que quepa en un maletín. Una pila de libros que se dejen leer con gusto una y otra vez, que me conmuevan siempre, aunque me los sepa de memoria. Aquellos que han hecho poso, real, en mí. Aún tengo demasiados. 


Adiós a los 500...


El gozo de una pared blanca.

Retórica y demagogia

Cuenta la leyenda que Lisias, el famoso orador ateniense, recibió un día la visita de un cliente que le encargó un discurso. Le pidió que escribiera un alegato para su caso, que debía presentar a juicio. Lisias aceptó y le preparó el discurso. Al día siguiente se lo llevó al hombre y este lo leyó, quedando admirado: Lisias, es un gran discurso, no puedo perder, ¡gracias! Lisias regresó a casa. Más tarde, oyó que llamaban a su puerta. Era su cliente, preocupado. Lisias, he leído el discurso de nuevo. Me equivoqué: está lleno de argumentos contradictorios, hay fallos graves en tu lógica… ¡No se sostiene! Lisias respondió: Calma, amigo. El jurado sólo va a escucharlo una vez.

Estos días he escuchado unos cuantos discursos de diferentes líderes políticos. De todos ellos podría extraer una lección de retórica. Una retórica estudiada e impecable, contenidos humanitarios, tono personal y la dosis justa de pasión y sentimentalismo. He oído discursos que, fuera de contexto, nadie sería capaz de refutar. Discursos que, de entrada, entran y penetran, entusiasman y convencen.

Lo malo es que, como el jurado ateniense, la mayoría de ciudadanos no escuchamos el discurso una segunda vez.

Y lo malo es, también, que muchos de estos discursos, insertados en su contexto global, tampoco se sostienen.

En estos últimos días he podido escuchar y ver, en directo, una muestra espléndida de retórica política. Y también unas cuantas muestras de lo que Platón llamaría demagogia, pura y dura. Es decir, el uso de las palabras para crear un relato y convencer al oyente, aunque el discurso se aleje de la realidad o sólo tenga en cuenta una parte.

Me admiro y me estremezco porque compruebo el poder de las palabras. Palabras tan potentes como las imágenes, tan hirientes como las armas, tan incitantes como la mejor droga. He visto multitudes arrastradas por la emoción. Y he sentido, también, el odio reverberando a flor de piel. Odio que se desata en violencia. Una violencia retórica, verbal y gestual… Tiemblo pensando qué haría una voz que grita odiando si tuviera entre las manos un arma, y no un móvil o una bandera.

He observado dos cosas interesantes, y también inquietantes. La primera es el uso de la pasión. En muchos discursos ha primado el sentimiento por encima de la razón. Han sido discursos para despertar emociones, y ante esto no hay razón que se resista. Las emociones no han sido serenas, ni benevolentes, ni positivas, por más que el discurso se llene de conceptos pacíficos y tolerantes. Las emociones que han encendido estos discursos han sido de rabia, rechazo, indignación y revancha. ¿Saben los oradores que están jugando con fuego?

La otra cosa que he observado en algunos discursos es el tono victimista y la despersonalización del enemigo. El enemigo nunca tiene cara de persona, nunca es humano. El enemigo siempre es una institución, un estado, un ente abstracto que se convierte en el monstruo sin rostro, la fuerza del mal a la que odiar y combatir. Y esto me preocupa. Porque un enemigo sin rostro no es humano. Por tanto, puedo odiarlo. Puedo destruirlo. No cometo delito atacándolo. La historia nos enseña tristes ejemplos de líderes que utilizaron esta misma estrategia para justificar sus genocidios.

No quiero escuchar más discursos. Aunque ahora sé de qué pie calzan nuestros políticos. ¡Buenos discípulos de Lisias! De todos los que he oído, más de diez, muy pocos resistirían una segunda escucha. Uno solo resistió la tentación de jugar con los sentimientos. Uno solo resistió la seducción de la demagogia, del victimismo, del echar culpas a ese enemigo malo y monstruoso que nos quiere devorar… Uno solo se valió casi únicamente de la razón, de los hechos, y no de las armas retóricas. Me pregunto si alguien lo querrá escuchar de nuevo. Me pregunto, con tristeza, por qué somos tan irracionales...

Esta es la belleza contradictoria del ser humano: nuestra pasión nos hace heroicos, capaces de ir más allá de nosotros mismos, de amar y de entregarnos, a una persona o a una causa. Esa es la cara. La cruz es que la misma pasión nos puede enloquecer y destruir. El mismo corazón que ama puede ser morada de odio. Y los retóricos, como buenos psicólogos, lo saben. Conocen nuestros sentimientos y afilan sus armas. ¡Si tan sólo fuéramos conscientes de ello!

Acabo con una cita de otro ateniense célebre, en boca de uno de sus personajes. ¡Ojalá la hiciéramos nuestra! Antígona, ante el rey Creonte: «No nací para compartir el odio, sino el amor». 

La tierra

Dicen los nativos de Norteamérica que nadie posee la tierra, en realidad, es la tierra la que nos posee a nosotros.

¡La tierra! Madre, nutridora, hogar y jardín, camino y refugio. Por ella los hombres luchan, negocian y componen versos encendidos. Por ella se regatea, se investiga y se calcula. Sobre ella y en ella se excava, se clava, se riega y se envenena. Por ella vivimos y por ella morimos. Todos los pueblos atesoran en su memoria el sueño de una Tierra Prometida…

Los hombres pasan y los gobiernos se suceden. Las fronteras cambian y las banderas ondean y perecen. También los nombres pasan. Pero la tierra permanece. Quizás sí, sea cierto, que es ella la que nos posee, y no nosotros a ella. Nunca seremos sus dueños, aunque arraiguemos en ella. En realidad, somos sus huéspedes, temporales y efímeros como la hierba de los prados.

Quizás, si lo entendiéramos así, dejaríamos de luchar por ella y dejaríamos de ver al otro, al extraño, al extranjero, al de afuera o al vecino que piensa diferente como un enemigo que nos invade o nos roba. Porque la tierra no entiende de nombres. En su seno caben todas las raíces. Como una madre, no hace excepciones. Todos los que la pisan son hijos.

¡La tierra! Es un don, como la vida. No la hemos ganado ni la hemos merecido. Conquista o posesión son delirios de humanos que olvidaron las raíces y se embriagaron de nombres. Nombres, ideas, escudos y banderas…

Adiós. No quisiera escribir esto. No quisiera decir adiós a esos amigos que quieren irse porque esta tierra, de pronto, les resulta hostil. ¿Puede ser hostil una madre? Nunca, nunca, nunca. Los hermanos sí pueden ser hostiles. Dicen que defienden su tierra, cuando la están hiriendo de muerte.

Uno de mis bisabuelos creía en la tierra. También creía en los nombres, y en las ideas. Era un ferviente republicano que vio cómo su casa era expoliada y su familia amenazada por las milicias que armó el gobierno en quien creía. Imagino su dolor, la rabia íntima y el vacío interior. ¿En qué cree un hombre que ve cómo sus ideales se derrumban? Quizás siguió creyendo en la familia que estuvo a su lado mientras los amigos se iban; en el Dios que calla cuando las armas cantan; en el Sol, que siguió saliendo cada día sobre los aviones que arañaban el cielo y el polvo de los bombardeos. Quizás siguió creyendo en algunas palabras… palabras de amor entre discursos falaces. Quizás siguió creyendo en la tierra. Antes de alguien, ahora de nadie. O de todos. Por unos años, dueña de sí misma, liberada del arado y la hoz, dejándose cubrir por las espigas locas y las hierbas salvajes. 

Somos polvo de estrellas y al polvo hemos de volver. No somos dueños de la tierra, como tampoco somos dueños de nuestra vida. Tan sólo echamos raíces, efímeras como el pasto, y navegamos por el tiempo, mecidos en un soplo de eternidad. Si comprendiéramos esto… Quizás seríamos más humildes y no perderíamos el tiempo luchando, sino creciendo. Echando raíces y hojas. Dando fruto dulce. Amando. Y muriendo en paz, abrazados por la tierra, alimentando otras vidas con nuestra ceniza mortal.

No poseemos la tierra. Poseemos las ideas, volátiles y ardientes como flechas incendiarias. Poseemos las palabras, espadas de doble filo. Podemos matar con ellas, pero también podemos sanar esa vida que no poseemos… ¡Ah, si lo comprendiéramos! Entenderíamos, también, que hay otra tierra sagrada, la más sagrada de todas. Una tierra que sí tiene nombre, un nombre que resiste a la muerte. El otro ―hermano, extraño, amigo o enemigo―, el otro es tierra sagrada. Ojalá no olvidemos que ese otro ―puñado de polvo de estrellas― vale más que todas las ideas del mundo. 

* * *

Perquè un dia torni la cançó a Sinera

El meu somni lent
de la gran pau blanca
sota el cel clement.
Passo pels camins
encalmats que porten
la claror dels cims.
És un temps parat
a les vinyes altes,
per damunt del mar.
He parat el temps
i records que estimo
guardo de l'hivern.
...
Mai no ha entès ningú
per què sempre parlo
del meu món perdut.
Les paraules són
forques d'on a trossos
penjo la raó.
...
Ara he de callar,
que no tinc prou força
contra tant de mal.
D'un mal tan antic
aquesta veu feble
no et sabrà guarir.
En un estany buit,
manen el silenci
i la solitud.
Sols queden uns noms:
arbre, casa, terra,
gleva, dona, solc.
Només fràgils mots
de la meva llengua,
arrel i llavor.
La mar, el vell pi,
pressentida barca.
La por de morir.

Salvador Espriu

¡Gracias!

Igual que un cocinero cuando saca del horno su último guiso y lo sirve a la mesa, así me siento cuando un libro mío sale a la luz y espero las reacciones de sus lectores. Nadie escribe exclusivamente para sí. Todos, en el fondo, esperamos que otros esperen, ansiamos la expectativa, el saboreo, la satisfacción. Nadie guisa para el aire.  

Por eso estoy agradecida. Agradecida a los más de 300 lectores, amigos o desconocidos, que han descargado mi última novela, Amante reemplazado. Agradecida a los pocos (supongo que han sido mucho menos) que la han leído. Y agradecida, muy en especial, a los que se han decidido a colgar un comentario en Amazon.

Quien escribe no vive de los elogios. Pero todo comentario, incluso si es crítico, es un regalo. Es una señal de vida, es un decir: sé que estás ahí. Te he leído. Existes.  

Cuando publicas tu libro entre miles y miles que a diario se ofrecen a una multitud de lectores ávidos de novedad, cuando pasar desapercibido es lo más fácil y lograr una reseña es casi prodigioso, estos mensajes de aliento, de reconocimiento, de amistad, se agradecen. Mucho.

Seguiré escribiendo. Sigo escribiendo. A todos los que leéis esto, o habéis leído mi novela, o alguno de mis libros, ¡GRACIAS!


Curiosea aquí sobre mi novela Amante reemplazado.

Amante reemplazado


He publicado un nuevo libro, que también he presentado al Premio Literario Amazon 2017. En atención a algunos lectores, amplío un día más la promoción: durante todo el día 7 de septiembre se podrá descargar gratis en su versión Kindle.

Amante reemplazado es una novela donde exploro temas como la feminidad, el amor, la maternidad y otros en un mundo futuro que casi puede ser el nuestro actual. Si queréis dejar vuestras impresiones y comentarios, ¡os lo agradeceré! 

Este es el enlace para descargarlo:

* * *

La fría claridad lunar baña el jardín y baña mi cuerpo. Detrás de mí yace mi amante, tendido en el lecho, con un leve resplandor que se va extinguiendo en su tórax humeante. Se apagó. Se apagó y se me hunde el mundo, aunque sé que basta una llamada de teléfono para que me traigan otro. Basta una llamada... 


Mi mundo perfecto de triunfadora que ha alcanzado sus metas y devora la vida a grandes sorbos se derrumbó en el instante en que un hombre —de carne y hueso—, un hombre canoso, imperfecto, cargando en silencio su bagaje de miseria y secretos, cruzó el umbral de mi puerta con su maletín de herramientas.