Memorias de África

Era mi película favorita. Pero nunca había leído la novela de Isak Dinesen (seudónimo de la baronesa Karen Blixen) en la que se inspiró. Hace poco leí una crítica de esta obra en una revista y sentí el impulso de comprarla y leerla. Entré en Amazon y en pocos minutos tuve descargadas en mi Kindle Memorias de África y Sombras en la hierba.

Apenas comencé a leer quedé cautivada. Y comprendí mejor la crítica que había leído. No es simplemente que la novela supere al cine, es que la novela… es una obra completamente distinta a la película. Siendo el filme una obra de arte, la novela es otra historia. La verdadera protagonista, y el verdadero tema, que late en cada una de sus líneas, no es la baronesa Blixen, ni su romance con Denys Finch-Hatton, ni su lucha por tirar adelante su granja y su cafetal. La heroína, el tema y la fuerza motora de la novela es África, y es su gente, sus nativos y sus inmigrantes. Los personajes que en la película quedan en un segundo plano, casi desdibujados, en la novela cobran un protagonismo indiscutible. Es la autora la que se retira para ceder el paso a la tierra, al paisaje, a los kikuyus y a los masai, a los somalíes, a los indios, a los misioneros y a los animales.

Está escrita con una elegancia difícil de igualar. Con la dosis justa de lirismo, las pinceladas justas de introspección, la distancia precisa entre el desapego y la emoción. Muestra con la objetividad de un fotógrafo, jamás cae en sentimentalismos ni en efusiones apasionadas, pero tampoco renuncia a la subjetividad. Juan Eslava Galán suele decir, hablando del ego del escritor, que la sombra del hortelano molesta en la huerta. Karen Blixen, siendo autora y narradora a la vez, no arroja su sombra sobre las colinas de Ngong… aunque su presencia se hace sentir en la novela. Es subjetiva, claro que lo es, pero no se nota. Su voz está presente en toda la novela, pero no hace ruido.

Me fascina cómo relata una historia de amor sin utilizar la palabra amor más que en una ocasión, y casi como de pasada, como si se le hubiera deslizado. ¿Cómo explicar un romance sin la palabra beso, sin el verbo enamorarse, sin abrazos y sin sexo? ¿Cómo hablar de una pasión profunda sin recrearse en uno mismo? ¿Cómo contar sin contar, mostrando sólo lo externo, lo que cualquier observador podría ver, sin revelar el secreto de una intimidad ardiente?

Hizo de mi casa su hogar. Cazaban juntos, sobrevolaban juntos la sabana y las colinas, cenaban juntos, escuchaban música, conversaban… y planearon juntos el lugar donde querían ser enterrados al morir. Vamos a ir hasta nuestras tumbas. Con vistas al Kilimanjaro y al monte Kenia, a las colinas, a la llanura y a la granja que asomaba entre el arbolado.

Una tumba en las colinas. Donde un león y una leona acuden cada atardecer a otear la pradera. Una tumba bajo la hierba y una hilera de piedras blancas. Mecida por el viento bajo el sol de África. La tierra que, dejándose explorar, hechiza, posee y se infiltra en la sangre. Ahora esta tierra lo recibía, lo tomaba a su cargo y se unía a él.

Memorias de África seguirá siendo, pese a todo, una de mis películas favoritas. Ahora la novela también será una de mis novelas preferidas. Una de esas pocas a las que, de tanto en tanto, me gustará volver.

Nostalgia de la creación

Estoy leyendo la novela más difícil que jamás he leído. Y, a la vez, quizás una de las más hermosas… Difícil como una escalada de alto riesgo, envuelta en la belleza de una prosa poética deslumbrante. No puedo leer más que unas pocas páginas cada día, y a menudo vuelvo sobre los párrafos ya leídos, repasando, saboreando, descubriendo sentidos que no capté en una primera lectura. Lo confieso. No estoy segura de entenderlo todo, no estoy segura de comprender lo que el autor —o sus personajes— quieren decir… Pero intento, al menos, sentir lo que leo, tocarlo, olerlo y respirarlo. Porque, aunque el texto pida un esfuerzo mental, las imágenes que lo envuelven llaman a los cinco sentidos. Filosofía envuelta en sensualidad, pensamiento sumergido en poesía, un debate que gira entre velos de lirismo… ¿Cómo definir esta novela indescriptible?

Dicen que La muerte de Virgilio es una reflexión sobre la finalidad del arte, sobre la misión del poeta, sobre el sentido de la obra literaria. Hermann Broch la escribió en ¡cinco semanas!, mientras estuvo en la cárcel, detenido por la Gestapo, antes de exiliarse de su Alemania natal a los Estados Unidos. ¿Qué tendrán las prisiones, que no sólo no cortan las alas, sino que inspiran a los genios? También san Juan de la Cruz escribió sus versos más encendidos estando encarcelado… Los barrotes que clausuran el cuerpo no pueden aprisionar el alma.

¿Para qué sirve el arte? ¿Es un reflejo de la realidad, o un camino de conocimiento de la verdad? ¿Qué son verdad y realidad? ¿Existe la belleza, o no es más que simple ebriedad con huecas formas? ¿Tiene sentido el arte por el arte, o cuando la belleza se pone en primer plano como fin en sí misma el arte es atacado en sus raíces? ¿Aspira el poeta a la inmortalidad, o la gloria es la meta de los malos poetas? ¿Es el deber del artista la revelación de lo divino por el saber acerca del alma propia?

Virgilio está a punto de morir. En el cenit de su fama, descubre con horror que su gran obra, casi acabada, la épica que debe encarnar el espíritu romano, la Eneida, debe ser quemada. Ni las protestas de sus amigos, ni los argumentos de Augusto, en un diálogo que es un auténtico pugilato dialéctico, logran convencerlo ni liberarlo de su angustia. La memoria de su pasado, el recuerdo de un amor y la proximidad de la muerte lo acosan y le permiten contemplar con lucidez su trayectoria y sus esfuerzos vanos por capturar la vida dentro de sus versos. Entre la inconsciencia del sueño y la clarividencia del día Virgilio intenta comprenderse y hacerse comprender.

…en la respiración de la oscuridad, en la respiración de la noche, y todo, lo sin destino como lo cargado de él, lo terreno y lo humano, había entrado en él, había entrado en su obra, era también su destino, tanto que todo esto, aunque no escrito, aunque nunca sería poetizado, recibió otorgada la promesa de lo imperecedero, la promesa de infinita tradición en un infinitamente transmitido amor, presente de pura ternura por siempre jamás, escuchando lleno de lágrimas la noche que se iba…
…era el mar, era la realidad tritonianamente inmensa del mar, y la obra…, se agitaba en la oscuridad y en el velo de luz… se agitaba en las estrellas empalidecidas, no, aún más, aún más; llenas de la voz escuchaban las aguas, escuchaban los mares, las estrellas, escuchaba la oscuridad y todo lo humano, tanto lo durmiente como lo que despertaba, escuchaban todos los mundos, se escuchaban a sí mismos en todo lo que los llenaba. Lo natural se adaptaba a lo natural y en ello había amor. ¿Había un mal aún?...

Para aquellos que escribimos, torturados entre la pasión que nos empuja y las dudas sobre la valía y el sentido de nuestras letras, Virgilio alimenta la inquietud, sin atenuantes: «La belleza no puede vivir sin aplauso; la verdad se cierra al aplauso»; «¡Quien equipara la verdad con la belleza eterna, elimina la intemporalidad viva, la salvación y la gracia de la voz!»; «todo lo que ocurre por la mera belleza debe sin embargo seguir presa de la hueca nada». «¿Es nuestra la obra, la que cumplimos inclinados sobre la tierra y debemos cumplir humildemente, ya un escudriñar de la profundidad?, ¿es ya aquel esfuerzo en acecho decidido a encontrar la imagen superior?, ¿alcanzamos con nuestro trabajo aquella profundidad, la más infinita, que yace profundamente bajo todo lo inframundanal y al mismo tiempo es la del más alto cielo?»

¿Es nuestra la obra, o es de todos? ¿Servimos al mundo ofreciendo nuestra obra, o servimos a la insegura vanidad del artista que se oculta tras nuestras letras? ¿La poesía es lenguaje, y el lenguaje es conocimiento?
Y entonces se levantó el viento meridiano, el hálito del beso fervoroso de la vida; llegaba rozando apenas perceptible desde el sur, oleaje de lento movimiento, el mar del aliento del mundo que desborda cada día sus orillas, el hálito de los tiempos cumpliéndose, nunca cumplidos, sobre los cuales pasa el astro: soplo de tierra que madura, soplo del olivo, de la vid y de los campos de trigo, soplo del cuidado y la simplicidad, soplo de los establos y de la fruta estrujada, soplo de la comunidad y de la paz, soplo de tierras y más tierras, de campos y más campos, soplo del trabajo que sirve con amor, soplo del mediodía; oh plenitud del mediodía, la más santa, descansando sobre el mundo y los mundos…
Vida y muerte, conocer y sentir, espacio y tiempo, voz y belleza, sentido y vacío… El autor, llevado de la mano de Virgilio, recorre un laberinto por su cielo y su infierno particular, por el mar, la tierra, el aire y el fuego que se agitan en su universo, entre los versos y la cruda realidad de un imperio forjado con la fuerza de las armas. Se desata una danza entre la pluma y la espada, entre el arte y la guerra. 

¿Recomiendo leer esta novela? No lo sé. Aún no la he terminado. Es arduo trabajo, ¿puede el deleite convertirse en tarea? ¿Puede la belleza de las letras transformarse en arma afilada que penetra y desasosiega? Leer La muerte de Virgilio se convierte en doloroso placer. Este libro no puede «devorarse». No se deja leer en dos días, ni en dos meses. Pide tiempo, pide espacio. Pide asimilación. Broch hace suya la angustia de Virgilio… ¿La sentiría así, alguna vez, el viejo poeta romano? Tal vez sí. Tal vez en este libro Broch está retratando, con maestría de poeta y hondura despiadada, el vértigo que se apodera de todos los que escribimos, de todos los que queremos traducir en belleza una realidad que apenas comprendemos y que nos sobrepasa a nosotros mismos. ¡Qué atrevida es la ignorancia!

Nota: Las citas están sacadas de la novela de Hermann Broch, La muerte de Virgilio, publicada por Alianza Editorial.

30 kilos

El saber no ocupa lugar… ¡pero a veces pesa! 30 kilos de papel impreso es lo que han pesado los originales de la última novela que me he arriesgado, ¡después de tantos años sin probar suerte!, a enviar a varios premios literarios.

No creo en los premios. No creo, aunque empecé mi carrera literaria con un premio y alcancé mi cenit con otro. No creo en ellos, porque no me han hecho mejor escritora, ni han aupado mi carrera, ni me han abierto puertas. Me dieron, eso sí, momentos de emoción, satisfacción y euforia personal. Me dieron amigos, buenos ratos y sorbos de gloria ―esa que sabe dulce al paladar y puede acabar indigestándose en tus entrañas―. Los premios no me han alentado porque no los necesitaba para seguir escribiendo. La pasión por las letras ha continuado en la sombra, años después de publicar, recibir un galardón, contar con el apoyo de una agencia puntera y luego ser despedida por ella. He seguido escribiendo, una media de un libro (o más) por año, pese a recibir continuos rechazos de las agencias y editoriales a las que he intentado presentar mis obras.

No creo… pero la fe es algo así como una rebelde sin causa, tenaz hasta la muerte. Por consejo de un buen escritor amigo —a él sí que le ayudó un gran premio, y su carrera ha sido imparable—, he vuelto a la aventura de los premios. Ahí estoy, lanzando mis flechas. ¡Quiera Dios que alguna dé en diana!

He presentado una novela a cinco premios. Esperando en la vieja ley del marketing: si el producto es bueno, de cuatro visitas podrás cerrar una venta. ¡Ojalá sea así! Y si no, alguien leerá mis manuscritos y quizás, aunque no premiada, se me ofrezca la posibilidad de publicarla.

Porque es eso lo que finalmente deseo: publicarla. Es mi primera novela histórica que puede llamarse así con todo el derecho. Basada en hechos reales, con más de doscientos personajes reales, bien documentada y fundada en una sólida investigación. Detrás de esta novela hay diez años de trabajo concienzudo, mío pero sobre todo de otra persona que me es muy querida. Diez años de estudio, investigación, lectura, traducción, corrección… Para mí, han sido casi cinco años de lectura, estudio y escritura, metiéndome en la piel del personaje protagonista, viviendo su historia, sus vicisitudes, sus pasiones y sus dolores. Un personaje que me ha robado el corazón y que espero que, desde algún lugar, sonría viendo tantos esfuerzos por rescatar su memoria. No daré más detalles; el día que sepa que voy a publicar esta novela hablaré más de ella. Sólo diré que su heroína es una gran mujer que tuvo entre sus manos el cetro de la Celtiberia, en palabras de uno de los personajes de su tiempo.


30 kilos. No, no son las palabras las que pesan, sino los libros. El papel y el cartón, los gramos de tinta vertida para encarnar una historia, para dar forma a lo que no pesa, ni ocupa lugar, ni muere nunca… aunque nadie jamás vuelva a recordarlo. 

Sant Jordi, con rosas y gusto

¡Feliz día del libro y la rosa! Que disfrutéis de sol, flores, besos y buenas lecturas.

A todos los amigos y lectores: estaré en la parada de Plataforma Editorial de 12 a 13 h, en Paseo de Gracia 73 (altura Mallorca).

Si podéis y os apetece acercaros, me encantará saludaros.

Recordad que Digerir la vida puede ser un buen regalo para personas que sufren de problemas digestivos... ¡Casi todos conocemos a alguien que los padece!

En cualquier caso, una buena lectura siempre ayuda a espantar los males y a digerir mejor todo: una comida opípara y también la vida. Lo sé por experiencia. ¿Mi mejor medicina literaria? ¡Una buena novela que te meta en su mundo!

Entrevistas, rosas... y libros

La mala bilis es muy inspiradora, pero otras veces, para escribir a gusto, hay que gozar de paz intestina... ¡De la panza sale la danza!

Comparto con vosotros tres entrevistas que me han hecho con motivo de mi última publicación, Digerir la vida. No son muy literarias, precisamente, pero si os interesa hacer buenas digestiones, o conocéis a alguien a quien le puedan ser útiles, aquí tenéis los enlaces.

Entrevista en El Canto del Grillo, emitida el día 2 de febrero por la RNE. Escúchala aquí.
Entrevista en Voces Amigas, de RTVD Toledo. Aquí la podéis escuchar o descargar.
Entrevista en Artesfera (RNE Exterior), emitida el 27 de marzo. Aquí en Facebook. Y aquí en Twitter.
Por último, comunico a mis amigos y lectores que el día 23 de abril, Sant Jordi, el día del libro y la rosa, estaré en la parada de Plataforma Editorial, firmando mi libro de 12 a 13 h. Será en Paseo de Gracia, 73 (Barcelona). Si alguien quiere pasar, ¡estaré encantada de saludarle!

Digerir la vida

¿Digestión y literatura? ¿Letras y salud? ¿Qué tienen que ver? Pues sí, bastante...

Quien canta su mal espanta. Para un escritor, cantar es escribir. Sí, la literatura es una gran medicina. Y cuando dejas de ser una paciente pasiva y empiezas a tomar las riendas de tu vida descubres que hay un mundo por explorar y que la salud humana es un campo donde florecen las ciencias y se dan hallazgos impresionantes.
Hace tiempo comencé a escribir unas notas destinadas a una doctora amiga para explicarle la epopeya de mi salud digestiva, desde la niñez hasta la actualidad. Esas notas se alargaron. Le tomé gusto a la «historia de mi barriga» y de allí salió una especie de manuscrito. Lo presenté a una editorial que me recomendó una amiga. Me llamaron para una entrevista. Dijeron que les había gustado y... ¡pronto tuve un contrato de publicación! Mis notas, un tanto personales, alternando toques desenfadados a ratos y confesiones íntimas en otros capítulos, se han convertido en un libro que pronto verá la luz: Digerir la vida. 
Publicado por Plataforma Editorial, en él explico mi experiencia y todo lo que he aprendido en un largo camino hacia la salud digestiva. Es, en cierta manera, una biografía entrañable en el sentido literal de la palabra...

Si queréis saber más, os invito a curiosear un poco en mi nueva web: Digerir la vida.

Sal y Canela

Hace mucho, mucho tiempo, entré en un foro literario... Y un buen día, animada y leyendo lo que habían escrito otros compañeros del foro, empecé a escribir cuentos. Jamás pensé publicarlos ni les di otro valor que el de una diversión, un puñado de experimentos en los que jugué con palabras, ideas, viejas historias oídas o fantasías inventadas, diferentes registros, estilos y temáticas. Los cuentos han sido mi entrenamiento y mi descanso entre novela y novela, y mi desahogo creativo entre los compromisos y deberes que se apretujaron en mi agenda durante los últimos años.

Varios amigos me sugirieron que los publicara. Esta es una pequeña recopilación, tengo muchos más «en la nevera», pero ahí van los primeros (no los primeros que escribí). Si os apetece leerlos, ya los tenéis disponibles en Amazon: Sal y Canela, relatos con sabores varios.

En este libro... empezaréis el trayecto a la sombra de los dioses, aprenderéis cómo atraer la lluvia, cómo un artista consiguió desatascar su talento con una fórmula magistral y qué secreto se oculta bajo la hierba de los páramos; cómo sobrevivir a la especulación urbanística y a un régimen llamado pedocracia, por qué el hombre se hizo sedentario, qué ocurre cuando la prensa quiere ser veraz... y cómo despliegan las alas aquellos que viven volando a ras de suelo. Entre otras cosas. 

Y si al terminar os ha gustado, os invito a expresar vuestras impresiones dejando un comentario en Amazon. ¡Gracias!

¡Mi primera segunda edición!

Las alegrías nunca vienen solas. Siete años después de haber publicado mi pequeño ensayo sobre las mujeres de la Biblia, Mensajero ha decidido reeditar esta obra en una versión ampliada (casi el doble de páginas). Salió hace pocas semanas y ya se encuentra en librerías. Aquí veis la portada, y este es el texto de la contraportada:
Eva, María, Ester, Sara, Judit, Magdalena… y tantas otras mujeres brillan en las páginas de la Biblia. ¿Qué importancia tuvieron en la sociedad de su época? ¿Por qué han sido relevantes en la historia del pueblo judío, en la fe cristiana y en la cultura occidental? ¿Qué valores y mensaje pueden aportar al mundo actual? ¿Qué riqueza espiritual podemos hallar en sus historias?
Muchas mujeres, dicen los evangelios, seguían a Jesús. ¿Quiénes fueron las primeras cristianas? ¿Qué las movía? ¿Qué papel tenían en las comunidades? ¿Qué significa para la mujer ser «sacerdotisa, profetisa, reina»?
Sin ánimos de agotar el tema ni de hacer alta teología, la autora de este libro, lectora apasionada de la Biblia, ha querido escuchar el texto y la voz de estas mujeres para extraer sus enseñanzas desde la sabiduría intuitiva y del corazón.
Enlace a la editorial y detalles del libro aquí.

Y, cómo no, también está disponible en Amazon.

Eres una reina

Parece que se me da bien romper promesas. Hace tiempo prometí: no voy a escribir ningún libro más de autoayuda. ¿Lo dije por prejuicio? ¿Por esnobismo literario? ¿Por alguna extraña prevención ante la proliferación de tantos libros de este género?

El caso es que, desde que hice esta promesa la he roto al menos tres veces… y ya estoy rompiéndola por cuarta vez.

Este verano escuché el consejo de un buen amigo de las kedadas literarias que celebramos de tanto en tanto en Barcelona. Ante la dispersión mental de tener cinco libros a medio escribir, pregunté a mis compañeros qué me aconsejaban hacer. Las respuestas fueron deliciosamente variadas. Uno de ellos contestó: Déjate llevar por la gravitas… ¡La gravitas!

Lo hice. Me dejé llevar. Terminé un manuscrito y este me llevó a iniciar otro. Lo escribí de un tirón, un pronto inspirado que me agarró y no me soltó hasta que lo terminé a las pocas semanas. Y como pensé que ninguna editorial querría apostar por él, ni me apetecía perder el tiempo llamando a puertas blindadas decidí autopublicarlo con CreateSpace, la plataforma editorial de Amazon.

¡Aquí lo tenéis! Un libro de autoayuda, espiritualidad, meditación y alimento para el alma de la mujer herida o sedienta de vida. De una vida más plena. Más auténtica. Más regia. (Ojo, el libro también es apto para hombres.)

Eres una reina. ¿Un libro de autoayuda más? Oh sí, pero diferente. ¿Diferente? ¿En qué? ¿Acaso todos los libros de autoayuda no son «diferentes»? Bueno, este lo es. Os lo aseguro. Si queréis saber por qué... me temo que tendréis que leerlo hasta el final.

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Todos los beneficios de las ventas de Eres una reina están destinados a ayudar a la Fundación ARSIS, en concreto a su proyecto de ayuda a la infancia y a las familias.

Navidad, palabra, vida

Los orígenes de la literatura están íntimamente ligados a lo sagrado. En las culturas del antiguo oriente los primeros escritos que se conocen fueron himnos a los dioses o cánticos para las fiestas religiosas. En Grecia, el teatro nace como liturgia de renacimiento o purificación colectiva. La primera obra teatral que se conserva en castellano es un Auto de los Reyes Magos escrito como guión para ser representado en las fiestas de Navidad.

Llega la Navidad, fiesta que ha marcado el calendario cristiano y la cultura occidental durante dos milenios. Muchos aseguran que es la cristianización de una fiesta pagana: el solsticio de invierno. Pero algunos investigadores apuntan a que, en realidad fue el emperador romano Aureliano quien estableció esta fiesta invernal en el siglo III como réplica oficial a lo que los primeros cristianos celebraban con anterioridad: el nacimiento de Cristo. La fecha del 25 de diciembre se calculó basándose en algunas tradiciones judías y cristianas, aunque las iglesias ortodoxas han fijado la Navidad en el día 6 de enero. La fiesta pagana se celebraba en honor al Sol invictus. Al parecer, en la Roma del siglo I no había una celebración similar.

Sea como sea, Navidad es una palabra que evoca vida. Y la vida, en la Biblia, está íntimamente ligada a la palabra. El evangelio del día de Navidad es el himno de san Juan: En el principio estaba la Palabra… y la palabra estaba en Dios, y la palabra era Dios. Por ella se hizo todo cuanto existe…

Palabra, carne, vida. Tan solo se necesita esto para que existamos. Tan solo se necesita esto para hacer literatura. La voz, el autor, y un fuego interno que inspira.
   
Seáis creyentes o no creyentes en Dios, a todos los lectores de este blog os deseo una feliz Navidad y que el año nuevo sea fecundo en vosotros: en palabra, en vida, en creación.

Le pongo banda sonora a estos deseos…

Y me despido con un párrafo de José Luis Martín Descalzo sobre esta fiesta:
Aquella noche se instauraba el reinado de la locura. A la misma hora que él nació, alguien se revolcaba en las próximas casas de Belén; alguien contaba sestercios en un palacio de Roma, algún sabio daba en Alejandría los últimos toques a la piedra filosofal, algún general demostraba en las Galias que la espada es la reina del mundo. Pero el bebé del portal comenzaba a dar a esas cosas la verdadera medida: estiércol. Traía una nueva moneda para medir las cosas: el amor. Era Dios, era «nuestro» Dios, el único que como hombres podíamos aceptar. El único que no nos humillaba con su grandeza, sino que nos hacía grandes con su pequeñez. Ortega y Gasset lo formuló muy bien: Si Dios se ha hecho hombre, ser hombre es la cosa más grande que se puede ser

Labrando la pauta

Si me dan papel pautado, escribo por el otro lado. El dicho se atribuye a Juan Ramón Jiménez, poeta de verso y prosa que escribía con jota todo lo que sonara a “j”, ya fuera ge o jota lo que dictara la ortografía académica.

Pero el caso es que todos, o casi todos los de mi generación hemos aprendido a escribir con pauta. Los primeros años escolares utilizábamos cuadernos con pauta doble, esos dos carriles azules que te obligan a hinchar la letra hasta llenarlos, si tiendes a escribir menudo, o que ciñen el lomo de las vocales como cinturón de fuerza, si tiendes a una grafía generosa. Sí, la pauta marca, dirige, constriñe… pero también modela, esculpe, orienta. Es el haz y el envés de la educación, siempre fluctuante entre la represión y la expansión; entre la libertad y la norma.

Hubo un tiempo en que amé las pautas y me ceñí religiosamente a ellas, convirtiéndolas en mi fortaleza. Durante unos meses, en segundo de primaria, tuve como compañera de pupitre a María Jesús. No era una alumna destacada y su carácter era tímido y reservado. Pero tenía algo maravilloso: era la que mejor escribía de toda la clase. María Jesús era menudita y flaca, pero su letra era grande y redonda, firme y de trazo grueso. Escribía con un lápiz blando del 1, presionando el papel casi hasta rasgarlo. Las hojas de su libreta, en el anverso, podrían leerse pasando la yema de los dedos sobre el relieve. Una vez le dijeron a mi padre, que también escribe así, casi perforando el folio, que más que escribir, ara sobre el papel. María Jesús también araba sobre la pauta.

¿El secreto? Lápiz blando, presión fuerte… y calma. María Jesús escribía lenta y concienzudamente. Podía cometer faltas de ortografía, podía ser la última en acabar un dictado, pero cada página de su cuaderno era un bordado. La maestra la elogiaba y las demás niñas la admirábamos. Yo quise emularla. Durante unos meses, aprendí a escribir como ella: lenta, pausada y potente. Labrando la pauta. Luego, cuando dejé de ser su compañera, ya me había acostumbrado y mi letra continuó siendo clara, redonda y elegante. Tienes buena letra, he oído decir, innumerables veces. Aunque, cuando voy aprisa, también sé hacer letra “de médico”.

Si te dan papel pautado, escribe por el otro lado... Cuántas libretas de pauta llené con mis ejercicios y mis pinitos literarios. Años más tarde, cuántos folios blancos invadí con mi caligrafía desigual, renegando de pautas y de márgenes, mientras tomaba apuntes o escribía furiosamente mi diario adolescente. Mi escritura trepaba cuesta arriba, en un ángulo ascendente que, según los grafólogos, puede ser señal de optimismo, de energía vital o de delirio. Me da la impresión de que, en plena época negra de mi vida, esos renglones rampantes delataban más bien esto último.

Hoy escribo poco a mano. Mi fantasía pasó del papel a la pantalla, y el lápiz blando del 1 se convirtió en treinta y pico teclas negras con letras blancas que jamás miro. Ya no escribo despacio. Quizás corro demasiado. Lo único que he conservado de aquellos días es la presión. No me gustan los teclados suaves, no me gustan las pantallas táctiles. Prefiero usar las macros al ratón, si puedo. Me gusta apretar la tecla, sentir la resistencia bajo mis dedos, el tac, tac, tac del resorte al rebotar… Antes labraba la pauta; luego conquisté el desierto sin caminos del folio blanco. Ahora mis dedos bailan claqué sobre el teclado. La pantalla se llena de letras y la loca de la casa, mientras tanto, se escapa a correr aventuras.

Sangre de oreja

Mi primer diccionario fue un viejo tocho de mi padre. Él lo utilizó en sus años de estudiante interno en un colegio perdido en las montañas, donde se formaban niños como futuros sacerdotes ―¡menos mal que a los dieciséis años decidió dejar el seminario, o yo no estaría escribiendo esto!―. El diccionario olía a madera vieja, tenía las hojas amarillentas y más de mil páginas; mi madre lo forró cuidadosamente con un bonito papel de regalo reciclado, lila con franjas plateadas, y por encima lo volvió a forrar con plástico bien resistente.

Me sentía orgullosa de mi flamante diccionario con historia. Curiosamente, mi mejor amiga, Pilar, tenía uno muy similar… ¡también herencia de su padre! Las dos presumíamos de tener los diccionarios más gruesos y antiguos de toda la clase. Cuando queríamos divertirnos, a espaldas de la maestra, nos dedicábamos a buscar las palabras más guarras de nuestro repertorio y reíamos hasta las lágrimas cuando encontrábamos alguna y leíamos la solemne definición que la Real Academia ofrecía de aquellos términos tan poco ceremoniosos.

Me gustaba mi diccionario, y me gustaba recordar que, treinta años atrás, mi padre lo había utilizado. ¿También se dedicaba a buscar palabras prohibidas, hojeando sus páginas? Lo cierto es que el diccionario conservaba ―conserva― la huella imborrable de un juego peculiar.

En una de las páginas de guardas hay una mancha de color rojo intenso. Al lado, garabateada en el mismo color, aparece su firma. Más pequeño se puede leer, en la grafía angulosa de mi padre: «sangre de oreja».

El niño de diez años que aún no sabía si quería ser cura pasaba frío, en las aulas gélidas del colegio entre montes. Sabañones, infecciones y otitis eran frecuentes entre los internos. Un día, en clase, debió sangrarle la oreja… y no se le ocurrió otra cosa que jugar con su propia herida y dejar una marca para la posteridad.

Sangre de oreja. ¡Esa es la joya del diccionario! A mis compañeras de clase les fascinaba y a menudo me pedían ver la mancha. Yo se la enseñaba como quien muestra un tesoro, como quien revela un secreto… Momentos del pasado impresos en la tinta más indeleble. Una broma inocente quedó escrita en sangre.

Mi padre tenía la sangre muy roja. Los años no la han oscurecido, es curioso. Como si el papel de la guarda conservara, sin envejecer, la vida oculta de aquel niño que fue y que sigue ahí, escondido en algún lugar. El padre del adulto…


No sé dónde está ahora ese diccionario. Quizás lo heredó alguna de mis hermanas. Quizás sigue en algún estante de la biblioteca de mis padres. Me gustaría volver a verlo. Tomarlo en mis manos, pasar las páginas y buscar una palabra guarra. Y, sobre todo, acariciar suavemente la mancha de sangre de oreja. El nombre. Las letras. El único nombre propio en un mundo de mil hojas repleto de nombres comunes.