¡Feliz día del libro y la rosa! Que disfrutéis de sol, flores, besos y buenas lecturas.
A todos los amigos y lectores: estaré en la parada de Plataforma Editorial de 12 a 13 h, en Paseo de Gracia 73 (altura Mallorca).
Si podéis y os apetece acercaros, me encantará saludaros.
Recordad que Digerir la vida puede ser un buen regalo para personas que sufren de problemas digestivos... ¡Casi todos conocemos a alguien que los padece!
En cualquier caso, una buena lectura siempre ayuda a espantar los males y a digerir mejor todo: una comida opípara y también la vida. Lo sé por experiencia. ¿Mi mejor medicina literaria? ¡Una buena novela que te meta en su mundo!
Cuando terminé mi primera novela y soñé publicarla emprendí un largo camino que voy relatando en este blog. Espero que anime a los noveles a continuar escribiendo y mejorando como artistas de la palabra. ¿Publicar? No os obsesionéis… Después de sacar a la luz varios libros caes en la cuenta de que la carrera del escritor es mucho, mucho más que eso.
Sant Jordi, con rosas y gusto
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Entrevistas, rosas... y libros
La mala bilis es muy inspiradora, pero otras veces, para escribir a gusto, hay que gozar de paz intestina... ¡De la panza sale la danza!
Comparto con vosotros tres entrevistas que me han hecho con motivo de mi última publicación, Digerir la vida. No son muy literarias, precisamente, pero si os interesa hacer buenas digestiones, o conocéis a alguien a quien le puedan ser útiles, aquí tenéis los enlaces.
Comparto con vosotros tres entrevistas que me han hecho con motivo de mi última publicación, Digerir la vida. No son muy literarias, precisamente, pero si os interesa hacer buenas digestiones, o conocéis a alguien a quien le puedan ser útiles, aquí tenéis los enlaces.
Entrevista en El Canto del Grillo, emitida el día 2 de febrero por la RNE. Escúchala aquí.
Entrevista en Voces Amigas, de RTVD Toledo. Aquí la podéis escuchar o descargar.
Entrevista en Artesfera (RNE Exterior), emitida el 27 de marzo. Aquí en Facebook. Y aquí en Twitter.
Por último, comunico a mis amigos y lectores que el día 23 de abril, Sant Jordi, el día del libro y la rosa, estaré en la parada de Plataforma Editorial, firmando mi libro de 12 a 13 h. Será en Paseo de Gracia, 73 (Barcelona). Si alguien quiere pasar, ¡estaré encantada de saludarle!
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Digerir la vida
¿Digestión y literatura? ¿Letras y salud? ¿Qué tienen que ver? Pues sí, bastante...
Quien canta su mal espanta. Para un escritor, cantar es escribir. Sí, la literatura es una gran medicina. Y cuando dejas de ser una paciente pasiva y empiezas a tomar las riendas de tu vida descubres que hay un mundo por explorar y que la salud humana es un campo donde florecen las ciencias y se dan hallazgos impresionantes.
Hace tiempo comencé a escribir unas notas destinadas a una doctora amiga para explicarle la epopeya de mi salud digestiva, desde la niñez hasta la actualidad. Esas notas se alargaron. Le tomé gusto a la «historia de mi barriga» y de allí salió una especie de manuscrito. Lo presenté a una editorial que me recomendó una amiga. Me llamaron para una entrevista. Dijeron que les había gustado y... ¡pronto tuve un contrato de publicación! Mis notas, un tanto personales, alternando toques desenfadados a ratos y confesiones íntimas en otros capítulos, se han convertido en un libro que pronto verá la luz: Digerir la vida.
Publicado por Plataforma Editorial, en él explico mi experiencia y todo lo que he aprendido en un largo camino hacia la salud digestiva. Es, en cierta manera, una biografía entrañable en el sentido literal de la palabra...
Si queréis saber más, os invito a curiosear un poco en mi nueva web: Digerir la vida.
Sal y Canela
Hace mucho, mucho tiempo, entré en un foro literario... Y un buen día, animada y leyendo lo que habían escrito otros compañeros del foro, empecé a escribir cuentos. Jamás pensé publicarlos ni les di otro valor que el de una diversión, un puñado de experimentos en los que jugué con palabras, ideas, viejas historias oídas o fantasías inventadas, diferentes registros, estilos y temáticas. Los cuentos han sido mi entrenamiento y mi descanso entre novela y novela, y mi desahogo creativo entre los compromisos y deberes que se apretujaron en mi agenda durante los últimos años.
Varios amigos me sugirieron que los publicara. Esta es una pequeña recopilación, tengo muchos más «en la nevera», pero ahí van los primeros (no los primeros que escribí). Si os apetece leerlos, ya los tenéis disponibles en Amazon: Sal y Canela, relatos con sabores varios.
En este libro... empezaréis el trayecto a la sombra de los dioses, aprenderéis cómo atraer la lluvia, cómo un artista consiguió desatascar su talento con una fórmula magistral y qué secreto se oculta bajo la hierba de los páramos; cómo sobrevivir a la especulación urbanística y a un régimen llamado pedocracia, por qué el hombre se hizo sedentario, qué ocurre cuando la prensa quiere ser veraz... y cómo despliegan las alas aquellos que viven volando a ras de suelo. Entre otras cosas.
Y si al terminar os ha gustado, os invito a expresar vuestras impresiones dejando un comentario en Amazon. ¡Gracias!
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mis libros
¡Mi primera segunda edición!
Las alegrías nunca vienen solas. Siete años después de haber publicado mi pequeño ensayo sobre las mujeres de la Biblia, Mensajero ha decidido reeditar esta obra en una versión ampliada (casi el doble de páginas). Salió hace pocas semanas y ya se encuentra en librerías. Aquí veis la portada, y este es el texto de la contraportada:
Eva, María, Ester, Sara, Judit, Magdalena… y tantas otras mujeres brillan en las páginas de la Biblia. ¿Qué importancia tuvieron en la sociedad de su época? ¿Por qué han sido relevantes en la historia del pueblo judío, en la fe cristiana y en la cultura occidental? ¿Qué valores y mensaje pueden aportar al mundo actual? ¿Qué riqueza espiritual podemos hallar en sus historias?Muchas mujeres, dicen los evangelios, seguían a Jesús. ¿Quiénes fueron las primeras cristianas? ¿Qué las movía? ¿Qué papel tenían en las comunidades? ¿Qué significa para la mujer ser «sacerdotisa, profetisa, reina»?
Sin ánimos de agotar el tema ni de hacer alta teología, la autora de este libro, lectora apasionada de la Biblia, ha querido escuchar el texto y la voz de estas mujeres para extraer sus enseñanzas desde la sabiduría intuitiva y del corazón.
Enlace a la editorial y detalles del libro aquí.
Y, cómo no, también está disponible en Amazon.
Eres una reina
Parece que se me da bien romper promesas. Hace tiempo
prometí: no voy a escribir ningún libro más de autoayuda. ¿Lo dije por
prejuicio? ¿Por esnobismo literario? ¿Por alguna extraña prevención ante la
proliferación de tantos libros de este género?
El caso es que, desde que hice esta promesa la he roto al
menos tres veces… y ya estoy rompiéndola por cuarta vez.
Este verano escuché el consejo de un buen amigo de las kedadas literarias que celebramos de
tanto en tanto en Barcelona. Ante la dispersión mental de tener cinco libros a
medio escribir, pregunté a mis compañeros qué me aconsejaban hacer. Las
respuestas fueron deliciosamente variadas. Uno de ellos contestó: Déjate llevar
por la gravitas… ¡La gravitas!
Lo hice. Me dejé llevar. Terminé un manuscrito y este me
llevó a iniciar otro. Lo escribí de un tirón, un pronto inspirado que me agarró
y no me soltó hasta que lo terminé a las pocas semanas. Y como pensé que
ninguna editorial querría apostar por él, ni me apetecía perder el tiempo
llamando a puertas blindadas decidí autopublicarlo con CreateSpace, la
plataforma editorial de Amazon.
¡Aquí lo tenéis! Un libro de autoayuda, espiritualidad,
meditación y alimento para el alma de la mujer herida o sedienta de vida. De
una vida más plena. Más auténtica. Más regia.
(Ojo, el libro también es apto para hombres.)
Eres una reina. ¿Un libro de
autoayuda más? Oh sí, pero diferente. ¿Diferente? ¿En qué? ¿Acaso todos los
libros de autoayuda no son «diferentes»? Bueno, este lo es. Os lo aseguro. Si queréis
saber por qué... me temo que tendréis que leerlo hasta el final.
Eres una reina.
Atrévete a descubrir por qué… en Amazon.es.
Eres una reina.
Encuentra tu corona… en Amazon.com.
¡También en versión Kindle!
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Todos los beneficios de las ventas de Eres una reina están destinados a ayudar a la Fundación ARSIS, en concreto a su proyecto de
ayuda a la infancia y a las familias.
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mis libros
Navidad, palabra, vida
Los orígenes de la literatura están íntimamente ligados a lo
sagrado. En las culturas del antiguo oriente los primeros escritos que se
conocen fueron himnos a los dioses o cánticos para las fiestas religiosas. En
Grecia, el teatro nace como liturgia de renacimiento o purificación colectiva. La
primera obra teatral que se conserva en castellano es un Auto de
los Reyes Magos escrito como guión
para ser representado en las fiestas de Navidad.
Llega la Navidad, fiesta que ha marcado el calendario
cristiano y la cultura occidental durante dos milenios. Muchos aseguran que es
la cristianización de una fiesta pagana: el solsticio de invierno. Pero algunos
investigadores apuntan a que, en realidad fue el emperador romano Aureliano
quien estableció esta fiesta invernal en el siglo III como réplica oficial a lo
que los primeros cristianos celebraban con anterioridad: el nacimiento de
Cristo. La fecha del 25 de diciembre se calculó basándose en algunas tradiciones
judías y cristianas, aunque las iglesias ortodoxas han fijado la Navidad en el
día 6 de enero. La fiesta pagana se celebraba en honor al Sol invictus. Al parecer, en la Roma del siglo I no había una
celebración similar.
Sea como sea, Navidad es una palabra que evoca vida. Y la
vida, en la Biblia, está íntimamente ligada a la palabra. El evangelio del día
de Navidad es el himno de san Juan: En el
principio estaba la Palabra… y la palabra estaba en Dios, y la palabra era
Dios. Por ella se hizo todo cuanto existe…
Palabra, carne, vida. Tan solo se necesita esto para que
existamos. Tan solo se necesita esto para hacer literatura. La voz, el autor, y
un fuego interno que inspira.
Seáis creyentes o no creyentes en Dios, a todos los lectores
de este blog os deseo una feliz Navidad y que el año nuevo sea fecundo en
vosotros: en palabra, en vida, en creación.
Le pongo banda sonora a estos
deseos…
Y me despido con un párrafo de José Luis Martín Descalzo
sobre esta fiesta:
Aquella noche se instauraba el reinado de la locura. A la misma hora que él nació, alguien se revolcaba en las próximas casas de Belén; alguien contaba sestercios en un palacio de Roma, algún sabio daba en Alejandría los últimos toques a la piedra filosofal, algún general demostraba en las Galias que la espada es la reina del mundo. Pero el bebé del portal comenzaba a dar a esas cosas la verdadera medida: estiércol. Traía una nueva moneda para medir las cosas: el amor. Era Dios, era «nuestro» Dios, el único que como hombres podíamos aceptar. El único que no nos humillaba con su grandeza, sino que nos hacía grandes con su pequeñez. Ortega y Gasset lo formuló muy bien: Si Dios se ha hecho hombre, ser hombre es la cosa más grande que se puede ser…
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Labrando la pauta
Si me dan papel pautado, escribo por el otro lado. El dicho se atribuye a Juan Ramón
Jiménez, poeta de verso y prosa que escribía con jota todo lo que sonara a “j”,
ya fuera ge o jota lo que dictara la ortografía académica.
Pero el caso es que
todos, o casi todos los de mi generación hemos aprendido a escribir con pauta.
Los primeros años escolares utilizábamos cuadernos con pauta doble, esos dos
carriles azules que te obligan a hinchar la letra hasta llenarlos, si tiendes a
escribir menudo, o que ciñen el lomo de las vocales como cinturón de fuerza, si
tiendes a una grafía generosa. Sí, la pauta marca, dirige, constriñe… pero
también modela, esculpe, orienta. Es el haz y el envés de la educación, siempre
fluctuante entre la represión y la expansión; entre la libertad y la norma.
Hubo un tiempo en que amé
las pautas y me ceñí religiosamente a ellas, convirtiéndolas en mi fortaleza.
Durante unos meses, en segundo de primaria, tuve como compañera de pupitre a
María Jesús. No era una alumna destacada y su carácter era tímido y reservado.
Pero tenía algo maravilloso: era la que mejor escribía de toda la clase. María
Jesús era menudita y flaca, pero su letra era grande y redonda, firme y de
trazo grueso. Escribía con un lápiz blando del 1, presionando el papel casi
hasta rasgarlo. Las hojas de su libreta, en el anverso, podrían leerse pasando
la yema de los dedos sobre el relieve. Una vez le dijeron a mi padre, que
también escribe así, casi perforando el folio, que más que escribir, ara sobre
el papel. María Jesús también araba sobre la pauta.
¿El secreto? Lápiz
blando, presión fuerte… y calma. María Jesús escribía lenta y concienzudamente.
Podía cometer faltas de ortografía, podía ser la última en acabar un dictado, pero
cada página de su cuaderno era un bordado. La maestra la elogiaba y las demás
niñas la admirábamos. Yo quise emularla. Durante unos meses, aprendí a escribir
como ella: lenta, pausada y potente. Labrando la pauta. Luego, cuando dejé de
ser su compañera, ya me había acostumbrado y mi letra continuó siendo clara,
redonda y elegante. Tienes buena letra, he oído decir, innumerables veces. Aunque,
cuando voy aprisa, también sé hacer letra “de médico”.
Si te dan papel pautado,
escribe por el otro lado... Cuántas libretas de pauta llené con mis ejercicios
y mis pinitos literarios. Años más tarde, cuántos folios blancos invadí con mi
caligrafía desigual, renegando de pautas y de márgenes, mientras tomaba apuntes
o escribía furiosamente mi diario adolescente. Mi escritura trepaba cuesta
arriba, en un ángulo ascendente que, según los grafólogos, puede ser señal de
optimismo, de energía vital o de delirio. Me da la impresión de que, en plena
época negra de mi vida, esos renglones rampantes delataban más bien esto
último.
Hoy escribo poco a mano.
Mi fantasía pasó del papel a la pantalla, y el lápiz blando del 1 se convirtió
en treinta y pico teclas negras con letras blancas que jamás miro. Ya no
escribo despacio. Quizás corro demasiado. Lo único que he conservado de
aquellos días es la presión. No me gustan los teclados suaves, no me gustan las
pantallas táctiles. Prefiero usar las macros al ratón, si puedo. Me gusta
apretar la tecla, sentir la resistencia bajo mis dedos, el tac, tac, tac del
resorte al rebotar… Antes labraba la pauta; luego conquisté el desierto sin
caminos del folio blanco. Ahora mis dedos bailan claqué sobre el teclado. La
pantalla se llena de letras y la loca de
la casa, mientras tanto, se escapa a correr aventuras.
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Sangre de oreja
Mi primer diccionario fue
un viejo tocho de mi padre. Él lo
utilizó en sus años de estudiante interno en un colegio perdido en las
montañas, donde se formaban niños como futuros sacerdotes ―¡menos mal que a los
dieciséis años decidió dejar el seminario, o yo no estaría escribiendo esto!―.
El diccionario olía a madera vieja, tenía las hojas amarillentas y más de mil
páginas; mi madre lo forró cuidadosamente con un bonito papel de regalo
reciclado, lila con franjas plateadas, y por encima lo volvió a forrar con
plástico bien resistente.
Me sentía orgullosa de mi
flamante diccionario con historia. Curiosamente, mi mejor amiga, Pilar, tenía
uno muy similar… ¡también herencia de su padre! Las dos presumíamos de tener
los diccionarios más gruesos y antiguos de toda la clase. Cuando queríamos
divertirnos, a espaldas de la maestra, nos dedicábamos a buscar las palabras
más guarras de nuestro repertorio y reíamos hasta las lágrimas cuando
encontrábamos alguna y leíamos la solemne definición que la Real Academia
ofrecía de aquellos términos tan poco ceremoniosos.
Me gustaba mi diccionario,
y me gustaba recordar que, treinta años atrás, mi padre lo había utilizado. ¿También
se dedicaba a buscar palabras prohibidas, hojeando sus páginas? Lo cierto es
que el diccionario conservaba ―conserva― la huella imborrable de un juego
peculiar.
En una de las páginas de
guardas hay una mancha de color rojo intenso. Al lado, garabateada en el mismo
color, aparece su firma. Más pequeño se puede leer, en la grafía angulosa de mi
padre: «sangre de oreja».
El niño de diez años que
aún no sabía si quería ser cura pasaba frío, en las aulas gélidas del colegio
entre montes. Sabañones, infecciones y otitis eran frecuentes entre los internos.
Un día, en clase, debió sangrarle la oreja… y no se le ocurrió otra cosa que
jugar con su propia herida y dejar una marca para la posteridad.
Sangre de oreja. ¡Esa es
la joya del diccionario! A mis compañeras de clase les fascinaba y a menudo me
pedían ver la mancha. Yo se la enseñaba como quien muestra un tesoro, como
quien revela un secreto… Momentos del pasado impresos en la tinta más
indeleble. Una broma inocente quedó escrita
en sangre.
Mi padre tenía la sangre
muy roja. Los años no la han oscurecido, es curioso. Como si el papel de la
guarda conservara, sin envejecer, la vida oculta de aquel niño que fue y que
sigue ahí, escondido en algún lugar. El padre del adulto…
No sé dónde está ahora
ese diccionario. Quizás lo heredó alguna de mis hermanas. Quizás sigue en algún
estante de la biblioteca de mis padres. Me gustaría volver a verlo. Tomarlo en
mis manos, pasar las páginas y buscar una palabra guarra. Y, sobre todo,
acariciar suavemente la mancha de sangre de oreja. El nombre. Las letras. El
único nombre propio en un mundo de mil hojas repleto de nombres comunes.
El tintero
Mi abuelo era maestro.
Tenía en la sala del piso alto un escritorio. Era un secreter de aquellos
antiguos, con parapeto, cajoncitos y su juego de tintero, secante y cortaplumas.
Cuando se jubiló mi abuelo prefería el
campo, la huerta y el corral a la soledad de aquel salón donde apenas nadie
entraba. Para mi hermana y para mí aquella sala con la biblioteca y los sofás, que
olía a madera y a polvo soleado y donde se respiraba un silencio de capilla,
era un reino prohibido que nos incitaba. Un día, nos aventuramos a la conquista
del escritorio.
El abuelo compró unos
tarritos de tinta negra y roja, nos dio unos cuantos folios y nos enseñó cómo
utilizar las plumas. Mojar, escurrir la tinta sobrante, deslizar el filo de
metal, oblicuo, sobre el papel. Con la presión justa y sin pausa, para evitar
manchones. Con firmeza y suavidad.
¡Escribir en pluma es un
arte! Y aquellas dos chiquillas que éramos, ávidas de novedad, nos peleamos con el sutil
instrumento cuando apenas habíamos empezado a dominar el lápiz. La letra salía
torcida, los dibujos no se podían corregir… Había que pensar antes de trazar la línea inexorable. ¡Ay, las manchas! ¡Ay
los trazos desviados! ¡Ay aquella cara que quedó deforme, el ojo
desproporcionado, la mueca desigual! ¡Ay la recta que se convirtió en curva sin
permiso del dedo conductor! No aprendimos a utilizar el secante.
La racha nos pasó al cabo
de unas semanas. Durante un tiempo guardamos aquellos bosquejos de tinta china
en unas carpetitas de color azul, donde metíamos todas nuestras creaciones. No
conservo ninguno, se perdieron. Años más tarde, cuando me regalaron las
primeras estilográficas, volví a utilizar la pluma. Nunca me he acostumbrado a
escribir con ella mucho tiempo seguido. Si se persevera, es gratificante. La
escritura con tinta pide precisión, delicadeza, elegancia. Mi letra con tinta
era más menuda, ligada y regular. La tinta se hizo para la caligrafía inglesa
que aprendían nuestros abuelos, inclinada hacia la derecha, pausada y elegante.
La letra de un diploma o de una invitación de bodas. Una letra que es más que
letra: es dibujo, es bordado, es filigrana. No me extraña que en Oriente hayan
convertido el trazo caligráfico en obra de arte.
Ahora puedo rememorar
aquellos días de sol y silencio en el escritorio del abuelo. Plasmábamos en
tinta nuestra fantasía mientras afuera, en el patio, las golondrinas se
llamaban bajo los aleros del tejado, a la sombra del manzano. A veces añoro la
tinta y el escribir a mano, una escritura lenta y sosegada, que pide reflexión.
Piensa antes de escribir. Dicen los
grafólogos que la letra no solo refleja el carácter; también se puede pulir el
carácter modificando la grafía. ¿De qué manera templa el carácter escribir con pluma?
Ah, nos falta paciencia. Me consuelo yendo a Internet y descargando en mi ordenador
alguna de esas fuentes catalogadas como handwriting,
calligraphy o vintage. Hay mucho
arte detrás de esas letras… y no hay manchas.
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La bella durmiente
Era mi cuento preferido. En
el jardín de infancia dormíamos la siesta después de comer. Corrijo: dormían.
Porque yo jamás pude conciliar el sueño por la tarde. Debía moverme, hablar y
enredar con los demás niños, de manera que a veces me castigaban. Recuerdo un
cuartito oscuro, donde nos metían a los inquietos. Mis compañeros pronto caían
dormidos. Yo no.
Con los ojos abiertos de
par en par, reseguía el filo de luz que se colaba por la rendija de la puerta
cerrada. Echada en mi hamaca, iba imaginando historias.
Mi cuento preferido. Yo
era la bella durmiente, que no dormía, y venía un príncipe a abrir la puerta y
a rescatarme. Me daba un beso, nos escapábamos e íbamos a corretear por el
bosque que poblaba mi mente.
Cuando escribí mi primer
cuento me inventé una historia de fantasmas. Un príncipe encantado convertido
en espectro atado con grilletes. Vivía en el fondo de un lago. La princesa lo
perseguía, ¡era la única que no le tenía miedo! Se lanzaba al agua y lo
rescataba. El fantasma recuperaba su forma natural, ¡adiós sábana blanca, adiós
cadenas! y surgía un apuesto príncipe. Se casaban, vivían felices y comían
perdices…
Ese fue mi primer cuento
escrito e ilustrado. Aún lo conservo. Nada de doncellas indefensas rescatadas
por gentiles caballeros. Muchos años más tarde supe de los mitos babilónicos, el
océano primigenio y las andanzas de Ishtar bajando a los infiernos para
rescatar a su amado. El mito de la mujer que arranca a su hombre de las garras
de la muerte. Supongo que llegó hasta mí a través de las aguas prodigiosas del
subconsciente colectivo.
Rescatar… ser rescatado. Sueño
y beso; muerte y vida. Ahí está el germen de la bella durmiente y el fantasma
encadenado. Cuentos de rescates y hallazgos. Cuentos que van al subsuelo de la
vida y desentierran la raíz. Cuentos que resumen y encierran las claves de
nuestra biografía. Rescatar. Ser rescatado. ¿Acaso no somos, todos, náufragos
que bregamos por alcanzar la orilla? Y si la hemos alcanzado, emprendemos un
camino. O nos quedamos allí, en pie, con un fanal encendido, para guiar a otros
que llegan. Los relatos son faros.
Los relatos curan. Los
relatos salvan. Los relatos alimentan. Son vida, vida, vida hecha palabra,
belleza, drama, ficción. La ficción no es una mentira, no. La ficción, muchas
veces, es más verdad que la real realidad.
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Mi madre
Dicen que el niño es el
padre del adulto.
¿Quieres saber quién fue
mi madre?
Mi madre fue una niña
salvaje con ojos de duende y sonrisa inocente. Disfrazada de niña buena, carita
de ángel… y diablillo con coletas.
Bajo la piel de cordero
asoma la pezuña. Una pezuña de lobita tierna, con espíritu de gacela saltadora,
que aprendía a afilar sus colmillos en lo oculto, en el silencio.
Viví la infancia, como
tantas mujeres de mi generación, nadando a dos aguas: entre una educación que
me exigía ser la primera y la pulsión interior que me lanzaba al monte sin
caminos; entre el afán de agradar y la necesidad de expandirme; entre la lucha
por ser perfecta y la escapada interior hacia mí misma.
La imaginación era mi
refugio; crecí jugando, inventando, soñando y viviendo muchas vidas paralelas.
La real y las otras. No puedo llamarlas solo ficticias. Para el cerebro todo es real: todo lo que tiene nombre,
existe. Todo lo que se piensa, sucede.
¡Cuánto viví, en pocos
años! Jamás volvería atrás, pero jamás borraría un solo episodio de mi
infancia.
Era nerviosa. Y tenía un
amor propio ―honra, dirían los
antiguos― extremadamente sensible. Esos eran mis defectos. Hoy pienso que esos dos agujeros fueron las
puertas que me abrieron la pista para ser lo que soy. Los nervios y el amor
propio me han herido, una y otra vez. Y cuando has vivido lo suficiente sabes
que las heridas son grietas por donde entra la luz… Ahora soy una mujer
tranquila y me importa bien poco lo que dicen de mí.
Mi madre era una inventora de historias. Escuchaba, leía, escribía,
contaba… Plasmé relatos y dibujos en un puñado de papeles y libretas; conté
cuentos un sinfín de veces a mis hermanos menores, hilvané historias en los
entresijos de mi mente. Luego lo olvidé. Lo olvidé, perdida en el laberinto de
la enseñanza, en el ansia por encontrar mi vocación, en la vorágine donde me zambullí,
huyendo del vacío existencial que acechaba mi adolescencia. Olvidé quién era mi
madre, hasta que sentí su llamada.
Escuché el aullido de la
loba salvaje, que ya había crecido. Me llamaba y tuve que acudir pronta a su
reclamo. Era una noche de verano.
Conecté
mi ordenador, me senté ante el teclado, pulsé la primera frase… Esta es la historia de Maya. Y nació la
adulta.
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