No me jubilaré nunca


Ayer compartí un grato tiempo de conversación con dos buenos amigos. Los dos han rebasado los setenta años. Ambos llevan muchos años trabajando, cada uno siguiendo su vocación. Ambos escriben y siguen publicando libros. No son best-sellers ni libros comerciales, son libros profundos, con alma, de esos que dejan poso y cuyos lectores valoran.

Y recojo de la conversación frases que fueron calando en mí, como lluvia de otoño tras un verano árido y sofocante.

No me jubilaré nunca.

A los setenta el hombre llega a su plenitud.

Me siento en plena forma. Con una lucidez y una serenidad como nunca.

No dejaré de trabajar mientras pueda, porque amo mi trabajo.

Seguirán al pie del cañón hasta la muerte. Como esos árboles añosos que no dejan de crecer y dar fruto. Las canas y las arrugas no son óbice. Lo que cuenta es esa fuerza, ese fuego, que los anima por dentro.

Salí de la conversación con el corazón alado. «Quiero ser como ellos.» Creo que es algo que podemos decir todos los escritores. No me jubilaré. Continuaré escribiendo, hasta que me muera. Mi plenitud es ahora, tenga la edad que tenga. Hoy es mejor que ayer. Y puede que mañana aún sea mejor.

¿Envejece la imaginación? ¿Caduca el deseo? ¿Muere la capacidad creadora? Quizás sí… pero no, por ahora.

La jubilación pudo ser un gran invento social. Pero para quienes trabajamos movidos por vocación, aunque legalmente estemos «retirados» y cobremos una pensión, la jubilación no existe. Nos jubilará la muerte. Mientras tanto, vivimos jubilosamente, recogiendo las rosas de cada día, como decía Ronsard, cantando la juventud que no es eterna. Porque hay algo en nosotros, así lo creo, que no envejece y sí, está llamado a ser eterno.

«No me jubilaré nunca.» 

Que la muerte nos encuentre de pie, con las botas puestas... y pluma en mano.

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