Labrando la pauta

Si me dan papel pautado, escribo por el otro lado. El dicho se atribuye a Juan Ramón Jiménez, poeta de verso y prosa que escribía con jota todo lo que sonara a “j”, ya fuera ge o jota lo que dictara la ortografía académica.

Pero el caso es que todos, o casi todos los de mi generación hemos aprendido a escribir con pauta. Los primeros años escolares utilizábamos cuadernos con pauta doble, esos dos carriles azules que te obligan a hinchar la letra hasta llenarlos, si tiendes a escribir menudo, o que ciñen el lomo de las vocales como cinturón de fuerza, si tiendes a una grafía generosa. Sí, la pauta marca, dirige, constriñe… pero también modela, esculpe, orienta. Es el haz y el envés de la educación, siempre fluctuante entre la represión y la expansión; entre la libertad y la norma.

Hubo un tiempo en que amé las pautas y me ceñí religiosamente a ellas, convirtiéndolas en mi fortaleza. Durante unos meses, en segundo de primaria, tuve como compañera de pupitre a María Jesús. No era una alumna destacada y su carácter era tímido y reservado. Pero tenía algo maravilloso: era la que mejor escribía de toda la clase. María Jesús era menudita y flaca, pero su letra era grande y redonda, firme y de trazo grueso. Escribía con un lápiz blando del 1, presionando el papel casi hasta rasgarlo. Las hojas de su libreta, en el anverso, podrían leerse pasando la yema de los dedos sobre el relieve. Una vez le dijeron a mi padre, que también escribe así, casi perforando el folio, que más que escribir, ara sobre el papel. María Jesús también araba sobre la pauta.

¿El secreto? Lápiz blando, presión fuerte… y calma. María Jesús escribía lenta y concienzudamente. Podía cometer faltas de ortografía, podía ser la última en acabar un dictado, pero cada página de su cuaderno era un bordado. La maestra la elogiaba y las demás niñas la admirábamos. Yo quise emularla. Durante unos meses, aprendí a escribir como ella: lenta, pausada y potente. Labrando la pauta. Luego, cuando dejé de ser su compañera, ya me había acostumbrado y mi letra continuó siendo clara, redonda y elegante. Tienes buena letra, he oído decir, innumerables veces. Aunque, cuando voy aprisa, también sé hacer letra “de médico”.

Si te dan papel pautado, escribe por el otro lado... Cuántas libretas de pauta llené con mis ejercicios y mis pinitos literarios. Años más tarde, cuántos folios blancos invadí con mi caligrafía desigual, renegando de pautas y de márgenes, mientras tomaba apuntes o escribía furiosamente mi diario adolescente. Mi escritura trepaba cuesta arriba, en un ángulo ascendente que, según los grafólogos, puede ser señal de optimismo, de energía vital o de delirio. Me da la impresión de que, en plena época negra de mi vida, esos renglones rampantes delataban más bien esto último.

Hoy escribo poco a mano. Mi fantasía pasó del papel a la pantalla, y el lápiz blando del 1 se convirtió en treinta y pico teclas negras con letras blancas que jamás miro. Ya no escribo despacio. Quizás corro demasiado. Lo único que he conservado de aquellos días es la presión. No me gustan los teclados suaves, no me gustan las pantallas táctiles. Prefiero usar las macros al ratón, si puedo. Me gusta apretar la tecla, sentir la resistencia bajo mis dedos, el tac, tac, tac del resorte al rebotar… Antes labraba la pauta; luego conquisté el desierto sin caminos del folio blanco. Ahora mis dedos bailan claqué sobre el teclado. La pantalla se llena de letras y la loca de la casa, mientras tanto, se escapa a correr aventuras.

Sangre de oreja

Mi primer diccionario fue un viejo tocho de mi padre. Él lo utilizó en sus años de estudiante interno en un colegio perdido en las montañas, donde se formaban niños como futuros sacerdotes ―¡menos mal que a los dieciséis años decidió dejar el seminario, o yo no estaría escribiendo esto!―. El diccionario olía a madera vieja, tenía las hojas amarillentas y más de mil páginas; mi madre lo forró cuidadosamente con un bonito papel de regalo reciclado, lila con franjas plateadas, y por encima lo volvió a forrar con plástico bien resistente.

Me sentía orgullosa de mi flamante diccionario con historia. Curiosamente, mi mejor amiga, Pilar, tenía uno muy similar… ¡también herencia de su padre! Las dos presumíamos de tener los diccionarios más gruesos y antiguos de toda la clase. Cuando queríamos divertirnos, a espaldas de la maestra, nos dedicábamos a buscar las palabras más guarras de nuestro repertorio y reíamos hasta las lágrimas cuando encontrábamos alguna y leíamos la solemne definición que la Real Academia ofrecía de aquellos términos tan poco ceremoniosos.

Me gustaba mi diccionario, y me gustaba recordar que, treinta años atrás, mi padre lo había utilizado. ¿También se dedicaba a buscar palabras prohibidas, hojeando sus páginas? Lo cierto es que el diccionario conservaba ―conserva― la huella imborrable de un juego peculiar.

En una de las páginas de guardas hay una mancha de color rojo intenso. Al lado, garabateada en el mismo color, aparece su firma. Más pequeño se puede leer, en la grafía angulosa de mi padre: «sangre de oreja».

El niño de diez años que aún no sabía si quería ser cura pasaba frío, en las aulas gélidas del colegio entre montes. Sabañones, infecciones y otitis eran frecuentes entre los internos. Un día, en clase, debió sangrarle la oreja… y no se le ocurrió otra cosa que jugar con su propia herida y dejar una marca para la posteridad.

Sangre de oreja. ¡Esa es la joya del diccionario! A mis compañeras de clase les fascinaba y a menudo me pedían ver la mancha. Yo se la enseñaba como quien muestra un tesoro, como quien revela un secreto… Momentos del pasado impresos en la tinta más indeleble. Una broma inocente quedó escrita en sangre.

Mi padre tenía la sangre muy roja. Los años no la han oscurecido, es curioso. Como si el papel de la guarda conservara, sin envejecer, la vida oculta de aquel niño que fue y que sigue ahí, escondido en algún lugar. El padre del adulto…


No sé dónde está ahora ese diccionario. Quizás lo heredó alguna de mis hermanas. Quizás sigue en algún estante de la biblioteca de mis padres. Me gustaría volver a verlo. Tomarlo en mis manos, pasar las páginas y buscar una palabra guarra. Y, sobre todo, acariciar suavemente la mancha de sangre de oreja. El nombre. Las letras. El único nombre propio en un mundo de mil hojas repleto de nombres comunes.

El tintero

Mi abuelo era maestro. Tenía en la sala del piso alto un escritorio. Era un secreter de aquellos antiguos, con parapeto, cajoncitos y su juego de tintero, secante y cortaplumas.

Cuando se jubiló mi abuelo prefería el campo, la huerta y el corral a la soledad de aquel salón donde apenas nadie entraba. Para mi hermana y para mí aquella sala con la biblioteca y los sofás, que olía a madera y a polvo soleado y donde se respiraba un silencio de capilla, era un reino prohibido que nos incitaba. Un día, nos aventuramos a la conquista del escritorio.

El abuelo compró unos tarritos de tinta negra y roja, nos dio unos cuantos folios y nos enseñó cómo utilizar las plumas. Mojar, escurrir la tinta sobrante, deslizar el filo de metal, oblicuo, sobre el papel. Con la presión justa y sin pausa, para evitar manchones. Con firmeza y suavidad.

¡Escribir en pluma es un arte! Y aquellas dos chiquillas que éramos, ávidas de  novedad, nos peleamos con el sutil instrumento cuando apenas habíamos empezado a dominar el lápiz. La letra salía torcida, los dibujos no se podían corregir… Había que pensar antes de trazar la línea inexorable. ¡Ay, las manchas! ¡Ay los trazos desviados! ¡Ay aquella cara que quedó deforme, el ojo desproporcionado, la mueca desigual! ¡Ay la recta que se convirtió en curva sin permiso del dedo conductor! No aprendimos a utilizar el secante.

La racha nos pasó al cabo de unas semanas. Durante un tiempo guardamos aquellos bosquejos de tinta china en unas carpetitas de color azul, donde metíamos todas nuestras creaciones. No conservo ninguno, se perdieron. Años más tarde, cuando me regalaron las primeras estilográficas, volví a utilizar la pluma. Nunca me he acostumbrado a escribir con ella mucho tiempo seguido. Si se persevera, es gratificante. La escritura con tinta pide precisión, delicadeza, elegancia. Mi letra con tinta era más menuda, ligada y regular. La tinta se hizo para la caligrafía inglesa que aprendían nuestros abuelos, inclinada hacia la derecha, pausada y elegante. La letra de un diploma o de una invitación de bodas. Una letra que es más que letra: es dibujo, es bordado, es filigrana. No me extraña que en Oriente hayan convertido el trazo caligráfico en obra de arte.


Ahora puedo rememorar aquellos días de sol y silencio en el escritorio del abuelo. Plasmábamos en tinta nuestra fantasía mientras afuera, en el patio, las golondrinas se llamaban bajo los aleros del tejado, a la sombra del manzano. A veces añoro la tinta y el escribir a mano, una escritura lenta y sosegada, que pide reflexión. Piensa antes de escribir. Dicen los grafólogos que la letra no solo refleja el carácter; también se puede pulir el carácter modificando la grafía. ¿De qué manera templa el carácter escribir con pluma? Ah, nos falta paciencia. Me consuelo yendo a Internet y descargando en mi ordenador alguna de esas fuentes catalogadas como handwriting, calligraphy o vintage. Hay mucho arte detrás de esas letras… y no hay manchas. 

La bella durmiente

Era mi cuento preferido. En el jardín de infancia dormíamos la siesta después de comer. Corrijo: dormían. Porque yo jamás pude conciliar el sueño por la tarde. Debía moverme, hablar y enredar con los demás niños, de manera que a veces me castigaban. Recuerdo un cuartito oscuro, donde nos metían a los inquietos. Mis compañeros pronto caían dormidos. Yo no.

Con los ojos abiertos de par en par, reseguía el filo de luz que se colaba por la rendija de la puerta cerrada. Echada en mi hamaca, iba imaginando historias.

Mi cuento preferido. Yo era la bella durmiente, que no dormía, y venía un príncipe a abrir la puerta y a rescatarme. Me daba un beso, nos escapábamos e íbamos a corretear por el bosque que poblaba mi mente.

Cuando escribí mi primer cuento me inventé una historia de fantasmas. Un príncipe encantado convertido en espectro atado con grilletes. Vivía en el fondo de un lago. La princesa lo perseguía, ¡era la única que no le tenía miedo! Se lanzaba al agua y lo rescataba. El fantasma recuperaba su forma natural, ¡adiós sábana blanca, adiós cadenas! y surgía un apuesto príncipe. Se casaban, vivían felices y comían perdices…

Ese fue mi primer cuento escrito e ilustrado. Aún lo conservo. Nada de doncellas indefensas rescatadas por gentiles caballeros. Muchos años más tarde supe de los mitos babilónicos, el océano primigenio y las andanzas de Ishtar bajando a los infiernos para rescatar a su amado. El mito de la mujer que arranca a su hombre de las garras de la muerte. Supongo que llegó hasta mí a través de las aguas prodigiosas del subconsciente colectivo.

Rescatar… ser rescatado. Sueño y beso; muerte y vida. Ahí está el germen de la bella durmiente y el fantasma encadenado. Cuentos de rescates y hallazgos. Cuentos que van al subsuelo de la vida y desentierran la raíz. Cuentos que resumen y encierran las claves de nuestra biografía. Rescatar. Ser rescatado. ¿Acaso no somos, todos, náufragos que bregamos por alcanzar la orilla? Y si la hemos alcanzado, emprendemos un camino. O nos quedamos allí, en pie, con un fanal encendido, para guiar a otros que llegan. Los relatos son faros.

Los relatos curan. Los relatos salvan. Los relatos alimentan. Son vida, vida, vida hecha palabra, belleza, drama, ficción. La ficción no es una mentira, no. La ficción, muchas veces, es más verdad que la real realidad.

¿Cuál es el cuento de tu infancia? ¿Qué mito retrata tu vida? ¿Puedes recordarlo?

Mi madre

Dicen que el niño es el padre del adulto.

¿Quieres saber quién fue mi madre?

Mi madre fue una niña salvaje con ojos de duende y sonrisa inocente. Disfrazada de niña buena, carita de ángel… y diablillo con coletas.

Bajo la piel de cordero asoma la pezuña. Una pezuña de lobita tierna, con espíritu de gacela saltadora, que aprendía a afilar sus colmillos en lo oculto, en el silencio.

Viví la infancia, como tantas mujeres de mi generación, nadando a dos aguas: entre una educación que me exigía ser la primera y la pulsión interior que me lanzaba al monte sin caminos; entre el afán de agradar y la necesidad de expandirme; entre la lucha por ser perfecta y la escapada interior hacia mí misma.

La imaginación era mi refugio; crecí jugando, inventando, soñando y viviendo muchas vidas paralelas. La real y las otras. No puedo llamarlas solo ficticias. Para el cerebro todo es real: todo lo que tiene nombre, existe. Todo lo que se piensa, sucede.

¡Cuánto viví, en pocos años! Jamás volvería atrás, pero jamás borraría un solo episodio de mi infancia.

Era nerviosa. Y tenía un amor propio ―honra, dirían los antiguos― extremadamente sensible. Esos eran mis defectos. Hoy pienso que esos dos agujeros fueron las puertas que me abrieron la pista para ser lo que soy. Los nervios y el amor propio me han herido, una y otra vez. Y cuando has vivido lo suficiente sabes que las heridas son grietas por donde entra la luz… Ahora soy una mujer tranquila y me importa bien poco lo que dicen de mí.

Mi madre era una inventora de historias. Escuchaba, leía, escribía, contaba… Plasmé relatos y dibujos en un puñado de papeles y libretas; conté cuentos un sinfín de veces a mis hermanos menores, hilvané historias en los entresijos de mi mente. Luego lo olvidé. Lo olvidé, perdida en el laberinto de la enseñanza, en el ansia por encontrar mi vocación, en la vorágine donde me zambullí, huyendo del vacío existencial que acechaba mi adolescencia. Olvidé quién era mi madre, hasta que sentí su llamada.

Escuché el aullido de la loba salvaje, que ya había crecido. Me llamaba y tuve que acudir pronta a su reclamo. Era una noche de verano.

Conecté mi ordenador, me senté ante el teclado, pulsé la primera frase… Esta es la historia de Maya. Y nació la adulta.

40 aniversario

Hace cuarenta años que aprendí a escribir. Fue en el jardín de infancia de Astorga, una guardería moderna y pionera en aquellos tiempos, llevada por unas religiosas italianas  que recogían a los niños que vivían lejos con una DKV y, por la tarde, los devolvían a sus hogares. Eran unas monjas creativas que, entre otras cosas, hacían clases de gimnasia, iniciación al francés, teatro, excursiones y ballet. Con ellas aprendí a cantar, a leer en público, a interpretar un hada madrina y a columpiarme en el parque.

Y con la maestra de los mayores, Doña Eva, aprendí a leer y a escribir. Tenía cinco años.

Aunque el frío queme... y se calle el viento

¡Feliz Año Nuevo! Con poesía, con coraje, con música... Gracias por seguir este blog.

No te rindas. Escucha el poema de Mario Benedetti aquí.

Mil versos

Mil versos no es mucho. Mil versos escasos bastan para convertir a este medio fraile, como decía Teresa de Ávila, bajito y de mirada ardiente, en uno de los poetas más celebrados de la literatura castellana.

Mil versos. Versos que arden, que hay que sujetar con brío a las cadenas métricas porque cantan al amor ―gran tema de los poetas― pero no cualquier amor, sino aquel amor de los amores que salta las fronteras del entendimiento y del lenguaje, toda ciencia trascendiendo...

Mil versos bastan. Mil versos que han calado en nuestras letras, muchos de ellos inspirados en las viejas cadencias semíticas de la Biblia, muchos de ellos inspiradores de tantos poetas hasta el día de hoy.

Mil versos. Pocos pero densos. Destilados como gotas de licor fortísimo y sabroso. Sí, sabroso como esa pasión que llena el corazón y rebosa en los labios y en la pluma. Me impresiona saber que los más encendidos versos fueron escritos en prisión. Traicionado, abandonado, relegado en una celda húmeda donde los días parecían largas noches, Juan de la Cruz nunca perdió la libertad. Porque el arte, si es auténtico, pide muy pocas cosas, pero indispensables. Y una de ellas es ser libre.

14 de diciembre. En este día recuerdo a Juan de la Cruz, pequeño fraile que amó la hermosura del mundo, pero al que se le hacía pequeña la vida para contener un amor tan grande. Lo recuerdo y recito despacio…

Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma el más profundo centro.
Pues ya no eres esquiva,
¡acaba ya si quieres!,
rompe la tela de este dulce encuentro.
Oh cauterio suave,
oh regalada llaga,
oh mano blanda, oh toque delicado,
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga.
Matando, muerte en vida la has trocado.
Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido.
Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras.
Y en tu aspirar sabroso,
de bien y gloria lleno,
¡cuán delicadamente me enamoras!

Enlace a las poesías de san Juan de la Cruz.

Página de San Juan de la Cruz en Cervantes Virtual.

Kedadas en Barcelona

Hace ya... ¡más de cinco años! que un grupo de compañeros de foros literarios nos decidimos a "kedar". A vernos cara a cara, a oírnos la voz, a compartir más que letras y palabras, ¡presencia viva! y conocernos. Así empezó todo, primero en Badalona y luego en Barcelona ciudad. Desde entonces se han sucedido muchos encuentros en los que todos hemos podido intercambiar inquietudes, alegrías, proyectos y un puñado de relatos. Hemos crecido, ¡y seguimos!

Os invito a visitar nuestro recién estrenado blog de las kedadas.

"No puedo escribir un poema si no es un poema de amor..."

Y,
¿Qué hacen los poetas cuando no están enamorados? 

¿Se puede leer la poesía? Más bien creo que no, que la poesía hay que recitarla, o escucharla, o saborearla… ¿Leer un libro de poemas? Sí, despacio. Sorbo a sorbo, paladeando los versos y dejándose llevar por la magia de las palabras. No se puede “devorar” un libro de poemas. La prisa mata la belleza. 

Así estoy leyendo el libro Luz secreta, de Celeste Caro. Escrito, ilustrado y maquetado por ella misma. Una recopilación de poemas que destilan los tesoros ocultos del corazón de la autora. Vestidos de nostalgia, deseo, música e imágenes evocadoras. Con aroma de ciudades barrocas y jardines mediterráneos, de cafés bohemios y de casas habitadas por la soledad. 

Leer las poesías de Celeste es un disfrute. Los versos, libres, fluyen en la mente y dejan poso. Los leo y deseo volverlos a leer, como el niño que desea repetir y saborear de nuevo un dulce. Gracias, Celeste, por regalarnos este libro. Gracias por compartir ese mundo interior donde 
...el alma inquieta no tiene bastante 
y quiere ser una barca iluminada 
y visitar las islas perdidas, 
convertirse en puente de cristal 
o en serpiente de vainilla y turrón. 

Gracias por dejarnos atisbar esa
Luz secreta, luz de mi corazón,  
resplandor del diamante  
que brilla dentro del cofre,  
belleza que no se puede esconder. 

Gracias por invitarnos a vivir esas noches donde…
El mundo era un cabaret brumoso  
donde convergían los errantes,  
almas perdidas del norte y del sur, 
que soñaron con la gloria y 
con la ilusión voluptuosa. 

Luz secreta: http://elcielovirtual.blogspot.com.es/2014/11/luz-secreta.html
Blog de la autora: http://elcielovirtual.blogspot.com.es/
Para pedir el libro podéis contactar con ella o con la editorial: info@fenixeditora.com

Teresa de Jesús, o cómo expresar lo inefable

«Lee y conducirás; no leas y serás conducido.» Lo dijo Teresa de Jesús, la monja que aconsejaba a sus hermanas que, a la hora de elegir confesor, procuraran que fuera bien letrado. 

Ayer fue la fiesta de Santa Teresa de Ávila, y este año se inicia la celebración del V centenario de su nacimiento. Teresa de Cepeda y Ahumada no es una figura exclusiva del mundo religioso y devoto; su nombre brilla en cualquier manual de literatura hispana. ¿Por qué? Porque los místicos, cuando toman la pluma, desafían al lenguaje. ¿Cómo expresar en palabras lo que es inefable? Los místicos, leí no recuerdo dónde, llevan las capacidades expresivas de la lengua hasta sus límites, intentando traducir lo que sobrepasa el dominio de la lógica. No se puede transmitir una experiencia que se hunde en el misterio sin recurrir a la poesía, a la metáfora, a la parábola... Y eso es literatura. 

Le guardo una especial simpatía a Teresa de Jesús. Cada tanto, leo o releo alguna de sus obras. Y aunque su castellano del siglo XV, plagado de subordinadas, cabos sueltos y vueltos a recoger, requiere de los seis sentidos para no perder el jugo del texto, no dejo de admirar la hondura de su discurso, la sabiduría atemporal de una mujer templada por la vida y las tormentas interiores, y la frescura de su voz, tan desenfadada, tan viva. Teresa es una mujer apasionada y enamorada. Y quien ama muy fuerte puede escribir valiente.

Dejo como botón de muestra un párrafo del inicio de sus Moradas, una metáfora que no pierde resplandor con el paso de los siglos:

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí, porque yo no atinaba a cosa que decir ni cómo comenzar a cumplir esta obediencia, se me ofreció lo que ahora diré, para comenzar con algún fundamento: que es considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice El tiene sus deleites. Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita? No hallo yo cosa con que comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad; y verdaderamente apenas deben llegar nuestros entendimientos, por agudos que fuesen, a comprenderla, así como no pueden llegar a considerar a Dios, pues El mismo dice que nos crió a su imagen y semejanza.
Aunque quizás sean más impactantes y próximos sus versos. Aquí otra pequeña muestra:

Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero
que muero porque no muero.
[...] Esta divina prisión
del amor en que yo vivo
ha hecho a mi Dios cautivo
y libre mi corazón.
Y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero. 

En este enlace se pueden descargar las obras completas de Santa Teresa de Jesús.
Esta es la página de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes sobre Teresa de Ávila.
Y en esta página encontraréis más información sobre su vida y obra.

Marie de France y los Lais

Marie de France, una de las primeras escritoras conocidas en lengua romance ―la langue d’oïl― escribió doce relatos de amor inspirados en antiguas leyendas bretonas.

Los Lais de Marie de France son una bella muestra de poesía y narrativa, donde la elegancia de la forma se une a lo sugestivo del tema: amor, muerte, aprendizaje y crecimiento, esos temas que son la raíz de los mitos y la savia de la literatura que nunca pasa de moda…

Del prólogo a los Lais extraigo estras frases de la autora, frases que resuenan en mí, como escritora, y seguramente en muchos de los que leáis estas líneas.

   «Aquellos a quien Dios favorece con el don de la elocuencia no deberían esconder su luz, sino, al contrario, mostrarla de buen grado. Si una gran verdad es proclamada a los hombres, es como un árbol que da mucho fruto; pero cuando la belleza del relato es alabada por muchos, las flores se entremezclan con el fruto en las ramas.
   Según cuenta Prisciano, era costumbre entre los antiguos expresar de forma oscura algunos temas de sus libros, de manera que los que vinieran después pudieran estudiarlos con mayor diligencia para vislumbrar el sentido de sus palabras. Los filósofos eran conscientes de ello y fueron los que más se afanaron en esta labor y los que más sutiles distinciones hicieron, porque sabían que la verdad los haría libres. Estaban convencidos de que aquel que quisiera conservarse puro ante el mundo debía buscar el conocimiento, la sabiduría. Para alejar el mal de mí, y para huir de la tristeza, me he propuesto escribir un libro. Pensé primero que podía traducir una bella historia del latín o del romance a la lengua común. Pero descubrí que casi todas las historias ya habían sido escritas, y que no valía la pena, ¡lo ha hecho tanta gente! Entonces recordé los lais que tan a menudo había escuchado. Nunca dudé ―lo sé de cierto― que nuestros padres los compusieron para que pudiéramos recordar las proezas de los héroes de antaño. ¡He escuchado tantos, y durante tanto tiempo! La voz del trovador resuena en mis oídos, no quisiera que se perdiera en el olvido. Por eso he querido convertirlos en romances, tan bien rimados como he sido capaz, y esta tarea me ha costado muchas noches de vela.
   En tu honor, noble y gentil rey, ante quien el júbilo se inclina, en cuyo corazón arraigan todas las virtudes, he recopilado estos lais y los he rimado. Antes de que ellos hablen por mí, dejadme elevar mi voz y decir: Señor, os ofrezco estos versos. Si os complace recibirlos, tanta mayor felicidad obtendré, y con mayor alegría viviré el resto de mis días. No me consideréis altiva o presuntuosa por osar brindaros este regalo. Escuchad, ahora, el inicio de esta historia.»

Cuatro cosas querría destacar de este prólogo. La primera es la autoestima del autor. Cuando tantos escritores nos vemos a menudo aquejados de inseguridad o dudas sobre nuestra valía, bueno es recordar que los talentos no se hicieron para esconder bajo una mesa, sino para hacerlos brillar, y esto no es arrogancia ni vanidad, sino natural expresión de lo que uno es y ama.

En segundo lugar, María da un motivo por el que escribe: para alejar de ella el dolor y la tristeza. ¡Cuántas veces la literatura ha sido la mejor terapia! Quien canta, su mal espanta…

En tercer lugar, la poetisa reflexiona, ¿sobre qué puedo escribir? Ya en el siglo XII parecía que todas las historias habían sido contadas… ¿Qué decir, hoy? María rechaza volver a los temas clásicos archi-repetidos y decide ir a los orígenes, al poema oral, a los mitos y cuentos atemporales que pueblan el sutrato de una cultura. Cuántas veces, como recuerda C. S. Lewis, ser original no es otra cosa que volver al origen y contar, de otra forma, los temas de siempre.

Finalmente, María se dirige a un lector. No escribe solo para sí misma, ofrece sus relatos a un rey ―posiblemente protector de su familia―. En todo momento, mientras ha compuesto su obra, ha tenido en mente al público que recibirá sus relatos.

¿Qué escribo? ¿Por qué escribo? ¿Para quién escribo? Son tres buenas preguntas que todo escritor debe afrontar una y otra vez y sobre las que vale la pena reflexionar con calma.


¿Queréis leer los Lais? En inglés y on line los encontraréis en este enlace.