"No puedo escribir un poema si no es un poema de amor..."

Y,
¿Qué hacen los poetas cuando no están enamorados? 

¿Se puede leer la poesía? Más bien creo que no, que la poesía hay que recitarla, o escucharla, o saborearla… ¿Leer un libro de poemas? Sí, despacio. Sorbo a sorbo, paladeando los versos y dejándose llevar por la magia de las palabras. No se puede “devorar” un libro de poemas. La prisa mata la belleza. 

Así estoy leyendo el libro Luz secreta, de Celeste Caro. Escrito, ilustrado y maquetado por ella misma. Una recopilación de poemas que destilan los tesoros ocultos del corazón de la autora. Vestidos de nostalgia, deseo, música e imágenes evocadoras. Con aroma de ciudades barrocas y jardines mediterráneos, de cafés bohemios y de casas habitadas por la soledad. 

Leer las poesías de Celeste es un disfrute. Los versos, libres, fluyen en la mente y dejan poso. Los leo y deseo volverlos a leer, como el niño que desea repetir y saborear de nuevo un dulce. Gracias, Celeste, por regalarnos este libro. Gracias por compartir ese mundo interior donde 
...el alma inquieta no tiene bastante 
y quiere ser una barca iluminada 
y visitar las islas perdidas, 
convertirse en puente de cristal 
o en serpiente de vainilla y turrón

Gracias por dejarnos atisbar esa
Luz secreta, luz de mi corazón,  
resplandor del diamante  
que brilla dentro del cofre,  
belleza que no se puede esconder. 

Gracias por invitarnos a vivir esas noches donde…
El mundo era un cabaret brumoso  
donde convergían los errantes,  
almas perdidas del norte y del sur, 
que soñaron con la gloria y 
con la ilusión voluptuosa

Luz secreta: http://elcielovirtual.blogspot.com.es/2014/11/luz-secreta.html
Blog de la autora: http://elcielovirtual.blogspot.com.es/
Para pedir el libro podéis contactar con ella o con la editorial: info@fenixeditora.com

Teresa de Jesús, o cómo expresar lo inefable

«Lee y conducirás; no leas y serás conducido.» Lo dijo Teresa de Jesús, la monja que aconsejaba a sus hermanas que, a la hora de elegir confesor, procuraran que fuera bien letrado

Ayer fue la fiesta de Santa Teresa de Ávila, y este año se inicia la celebración del V centenario de su nacimiento. Teresa de Cepeda y Ahumada no es una figura exclusiva del mundo religioso y devoto; su nombre brilla en cualquier manual de literatura hispana. ¿Por qué? Porque los místicos, cuando toman la pluma, desafían al lenguaje. ¿Cómo expresar en palabras lo que es inefable? Los místicos, leí no recuerdo dónde, llevan las capacidades expresivas de la lengua hasta sus límites, intentando traducir lo que sobrepasa el dominio de la lógica. No se puede transmitir una experiencia que se hunde en el misterio sin recurrir a la poesía, a la metáfora, a la parábola... Y eso es literatura. 

Le guardo una especial simpatía a Teresa de Jesús. Cada tanto, leo o releo alguna de sus obras. Y aunque su castellano del siglo XV, plagado de subordinadas, cabos sueltos y vueltos a recoger, requiere de los seis sentidos para no perder el jugo del texto, no dejo de admirar la hondura de su discurso, la sabiduría atemporal de una mujer templada por la vida y las tormentas interiores, y la frescura de su voz, tan desenfadada, tan viva. Teresa es una mujer apasionada y enamorada. Y quien ama muy fuerte puede escribir valiente.

Dejo como botón de muestra un párrafo del inicio de sus Moradas, una metáfora que no pierde resplandor con el paso de los siglos:

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí, porque yo no atinaba a cosa que decir ni cómo comenzar a cumplir esta obediencia, se me ofreció lo que ahora diré, para comenzar con algún fundamento: que es considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice El tiene sus deleites. Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita? No hallo yo cosa con que comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad; y verdaderamente apenas deben llegar nuestros entendimientos, por agudos que fuesen, a comprenderla, así como no pueden llegar a considerar a Dios, pues El mismo dice que nos crió a su imagen y semejanza.
Aunque quizás sean más impactantes y próximos sus versos. Aquí otra pequeña muestra:

Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero
que muero porque no muero.
[...] Esta divina prisión
del amor en que yo vivo
ha hecho a mi Dios cautivo
y libre mi corazón.
Y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero. 

En este enlace se pueden descargar las obras completas de Santa Teresa de Jesús.
Esta es la página de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes sobre Teresa de Ávila.
Y en esta página encontraréis más información sobre su vida y obra.

Marie de France y los Lais

Marie de France, una de las primeras escritoras conocidas en lengua romance ―la langue d’oïl― escribió doce relatos de amor inspirados en antiguas leyendas bretonas.

Los Lais de Marie de France son una bella muestra de poesía y narrativa, donde la elegancia de la forma se une a lo sugestivo del tema: amor, muerte, aprendizaje y crecimiento, esos temas que son la raíz de los mitos y la savia de la literatura que nunca pasa de moda…

Del prólogo a los Lais extraigo estras frases de la autora, frases que resuenan en mí, como escritora, y seguramente en muchos de los que leáis estas líneas.

   «Aquellos a quien Dios favorece con el don de la elocuencia no deberían esconder su luz, sino, al contrario, mostrarla de buen grado. Si una gran verdad es proclamada a los hombres, es como un árbol que da mucho fruto; pero cuando la belleza del relato es alabada por muchos, las flores se entremezclan con el fruto en las ramas.
   Según cuenta Prisciano, era costumbre entre los antiguos expresar de forma oscura algunos temas de sus libros, de manera que los que vinieran después pudieran estudiarlos con mayor diligencia para vislumbrar el sentido de sus palabras. Los filósofos eran conscientes de ello y fueron los que más se afanaron en esta labor y los que más sutiles distinciones hicieron, porque sabían que la verdad los haría libres. Estaban convencidos de que aquel que quisiera conservarse puro ante el mundo debía buscar el conocimiento, la sabiduría. Para alejar el mal de mí, y para huir de la tristeza, me he propuesto escribir un libro. Pensé primero que podía traducir una bella historia del latín o del romance a la lengua común. Pero descubrí que casi todas las historias ya habían sido escritas, y que no valía la pena, ¡lo ha hecho tanta gente! Entonces recordé los lais que tan a menudo había escuchado. Nunca dudé ―lo sé de cierto― que nuestros padres los compusieron para que pudiéramos recordar las proezas de los héroes de antaño. ¡He escuchado tantos, y durante tanto tiempo! La voz del trovador resuena en mis oídos, no quisiera que se perdiera en el olvido. Por eso he querido convertirlos en romances, tan bien rimados como he sido capaz, y esta tarea me ha costado muchas noches de vela.
   En tu honor, noble y gentil rey, ante quien el júbilo se inclina, en cuyo corazón arraigan todas las virtudes, he recopilado estos lais y los he rimado. Antes de que ellos hablen por mí, dejadme elevar mi voz y decir: Señor, os ofrezco estos versos. Si os complace recibirlos, tanta mayor felicidad obtendré, y con mayor alegría viviré el resto de mis días. No me consideréis altiva o presuntuosa por osar brindaros este regalo. Escuchad, ahora, el inicio de esta historia.»

Cuatro cosas querría destacar de este prólogo. La primera es la autoestima del autor. Cuando tantos escritores nos vemos a menudo aquejados de inseguridad o dudas sobre nuestra valía, bueno es recordar que los talentos no se hicieron para esconder bajo una mesa, sino para hacerlos brillar, y esto no es arrogancia ni vanidad, sino natural expresión de lo que uno es y ama.

En segundo lugar, María da un motivo por el que escribe: para alejar de ella el dolor y la tristeza. ¡Cuántas veces la literatura ha sido la mejor terapia! Quien canta, su mal espanta

En tercer lugar, la poetisa reflexiona, ¿sobre qué puedo escribir? Ya en el siglo XII parecía que todas las historias habían sido contadas… ¿Qué decir, hoy? María rechaza volver a los temas clásicos archi-repetidos y decide ir a los orígenes, al poema oral, a los mitos y cuentos atemporales que pueblan el sutrato de una cultura. Cuántas veces, como recuerda C. S. Lewis, ser original no es otra cosa que volver al origen y contar, de otra forma, los temas de siempre.

Finalmente, María se dirige a un lector. No escribe solo para sí misma, ofrece sus relatos a un rey ―posiblemente protector de su familia―. En todo momento, mientras ha compuesto su obra, ha tenido en mente al público que recibirá sus relatos.

¿Qué escribo? ¿Por qué escribo? ¿Para quién escribo? Son tres buenas preguntas que todo escritor debe afrontar una y otra vez y sobre las que vale la pena reflexionar con calma.


¿Queréis leer los Lais? En inglés y on line los encontraréis en este enlace

La rosa de cuatro picos

No es una flor, pero tiene pétalos; y es roja como las rosas de color sangre… ¿Sabéis quiénes son los maragatos? ¿Conocéis sus antiguas costumbres? ¿Habéis hecho el Camino de Santiago?

Si deseáis saborear algo de todo esto, os invito a leer mi cuento La rosa de cuatro picos, que acabo de publicar en Amazon. En él rescato memorias de mi infancia, vivida en tierras ásperas y legendarias, y de mi juventud, cuando tuve ocasión de recorrer un tramo de este camino de las estrellas donde muchos viajeros encuentran algo más de lo que buscan.

Lo encontraréis en versión Kindle o impresa a demanda: aquí.

Como siempre, sabed que los beneficios de las ventas irán a parar a la obra social de la Fundación ARSIS (www.arsis.org).

Si lo adquirís, ¡agradeceré mucho vuestros comentarios! Abajo tenéis un pequeño atisbo del libro...

Soledad ha cumplido quince años. Los años de la infancia quedan atrás y se enfrenta a un matrimonio impuesto por su familia. Pero antes de desposarse se lanza a una última aventura donde todavía podrá saborear la libertad: el camino de Santiago. Este es un relato donde la fe, la magia y la tradición se unen para transportarnos a las tierras maragatas siguiendo los pasos de una doncella peregrina.

Cuentos de Perucho Correcaminos

Después de mucho pensarlo, y animada por otros compañeros escritores, ¡me lancé a la selva Amazónica

Me he estrenado con un libro de cuentos que algunos conocéis por los foros literarios que frecuentamos hace unos años. Se trata de los Cuentos de Perucho Correcaminos. Son relatos con toques de picaresca, sabor añejo, humor ¡y hasta magia! Porque, ¿sabéis que las meigas existen? Sí, haberlas haylas, y tienen escobas mágicas. Si no lo creéis, leed…

Descargad los cuentos en Kindle

Si lo queréis en versión impresa, ¡ha quedado precioso! Clicad aquí.

Las dos ilustraciones, la de la portada y otra interior, se las debo a Carmen Camacho, buena amiga de Sevilla y artista polifacética que también ha hecho sus incursiones en el mundo de las letras. 

Por último, como muchos sabéis, formo parte de la Fundación ARSIS. Entre otros proyectos, ayudamos a niños y adolescentes que han sufrido maltratos y a familias en situación de extrema pobreza. Todas las regalías de las ventas irán directas a esta obra social. Además de disfrutar leyendo, podéis ayudar a una buena causa. ¡Gracias por colaborar!

Érase una vez un bosque...

…de palabras, recuerdos, deseos y secretos. Un bosque donde se ocultan los trasgos y niñas con ojos asombrados de color caramelo buscan la infancia perdida y ese paraíso que no está inhabitado, sino poblado de sueños…

Ana María Matute ha muerto. Nos ha dejado mucho más que una gran escritora. Mucho más que la silla K de la Real Academia de la Lengua. Mucho más que el Premio Cervantes, la nominada al Premio Nobel de las letras, la narradora genial  que sabía contarnos cuentos de niños que no eran para niños, sino para adultos que todavía se dejan sorprender.

Para muchos lectores, Ana María fue el hada de las letras que nos abrió un mundo. O muchos mundos. O quizás ese edén maravilloso que el ser humano añora desde su nacimiento y donde todo es posible, hasta lo imposible.

Ha muerto Ana María, y quizás sobra decir que sus letras no han muerto, porque lo que se escribe, escrito queda, y sobrevive al paso del tiempo. Sus libros la sobrevivirán y conservarán su vida entre nosotros. Pero yo quiero pensar que ella sigue viva, en otra dimensión, desde la que podrá observar esta otra parte, la del mundo que la hizo sufrir y gozar, llorar y escribir ―¡su salvación!— con una sonrisa y ese brillo intenso que animaba sus ojos negros, aún en la fragilidad de su vejez.

Conocí a Ana María Matute en persona, en noviembre de 2009. Le pedí una entrevista para la revista Prosofagia y me la concedió, en su casa. Fue amable y cariñosa, aunque aquel día no se encontraba muy bien. A medida que íbamos hablando, afloraba en ella el genio y la energía interna que la animaba se transmitía a su voz. Fue hablando con ella cuando me di cuenta de que, pese a los achaques del cuerpo, nunca sería anciana. Quien se deja llevar por la vena creativa alberga una vida que no tiene edad. Y en Ana María había un manantial muy profundo. Me dedicó un libro y me sorprendió su caligrafía: recta, firme, con trazos elegantes y una “m” originalísima. Y pensé: esta es ella. No solo sus letras, sino su letra, la retratan. Personal, serena, bella. Y valiente. Porque para ser excelente en las letras no basta con escribir bien, sino con ser audaz y arriesgado. Y Ana María lo era: no temía explorar las oscuridades más abismales del alma humana, como tampoco llevar la expresión literaria hasta los límites que deseaba. Y la frontera, en una gran escritora, siempre es muy amplia…

Conocí a Ana María leyendo y releyendo El polizón del Ulises. Ella me enseñó a valorar un texto bien escrito, y me enseñó a ser atrevida y a buscar la belleza escribiendo. Después he leído otras obras suyas, y he tenido el privilegio de conversar con ella y de escuchar su valoración sobre uno de mis libritos, que le regalé. Hoy la recuerdo, con inmenso cariño, con admiración, y deseando, no imitarla, sino tomarla como modelo de coraje y audacia ―en la vida y en las letras―. En la entrevista que mantuvimos me recitó unas palabras de Cernuda, que eran como su lema inspirador, y que aquí reproduzco:

«Creo en mí, porque algún día seré todas las cosas que amo».

* * *

Podéis leer aquí la entrevista que se publicó en Prosofagia, núm. 6 (página 10 y siguientes).
Su discurso al ingresar en la Real Academia, En el bosque.

Nadando bajo el agua

Escribir bien es como nadar bajo el agua y aguantar la respiración. Scott Fitzgerald.

Lo escribió en una carta a su hija Frances. ¿Podéis recordar lo que sentís cuando nadáis bajo el agua? ¿Cuando queréis cruzar una piscina, buceando, sin salir una sola vez a respirar…?

Para mí es una experiencia hermosa y retadora. Pide lanzarse con decisión, tomar el aire justo y dosificarlo con precisión, manteniendo un tenso equilibrio que se mezcla con el placer, gozoso, de deslizarse bajo el líquido y sentir cómo tu cuerpo lo hiende, veloz y vigoroso.

Pide fuerza y pide balance, arrojo y contención, energía y sutileza. Para poder desplazarse con ligereza y con movimientos mínimos, limpios, sin el más mínimo derroche.

Nadar bajo el agua y contener el aliento... Un gozo y una lucha, donde no valen los movimientos en falso, ni las torpezas. Así es la escritura. Un arte que, como todos, pide disciplina y pasión.

Mujeres de radio

Antaño, cuando comprar libros o acceder a una biblioteca no estaba al alcance de todo el mundo, la literatura también se difundió por la radio. Teatro leído, novelas, poesía… cuántas horas amenizadas, cuánto tiempo no matado, sino preñado de magia y hondura, llenaron las voces de esos bardos invisibles que resonaban tras la rejilla de un viejo transistor.

Hubo, hace noventa, años, una generación de mujeres de radio. Fueron las pioneras, la primera hornada de locutoras que regalaron su voz y su talento a las emisoras que se iban abriendo en diversas ciudades españolas. Eran los años de la segunda república, años de libertad y expansión cultural, años de oportunidades en los que muchas mujeres podían soñar en estudiar, viajar y llegar tan lejos como sus sueños las empujaran.

Hoy, un libro, Dones de ràdio, recuerda a estas primeras mujeres de la radio en Cataluña. Y entre ellas me emociona leer un nombre: Montserrat Parés, la primera locutora de Radio Tarragona.

Madre de mi madre, mente inquieta y lectora voraz, fue ella la que más tarde inculcó el amor a la lectura a su hija, quien, a su vez, lo contagió a mí y a mis hermanas… Gran comunicadora, actriz graciosa, de voz firme y aterciopelada, era una estudiante de quince años cuando se atrevió a presentarse ante el director de la emisora y con su inigualable mezcla de desparpajo y candor le preguntó si necesitaban una voz femenina.

Soñaba estudiar farmacia. Soñaba viajar a países lejanos. Alguna vez le pasó por la cabeza ser misionera. Amaba leer, declamar, dialogar. Era bella con el frescor de una mujer de la tierra ―había nacido en un pueblo pequeño del campo de Tarragona―, pero poseía el glamour de una joven cosmopolita, ávida de saber y experiencia.

La guerra dio al traste con sus sueños. Se casó, se fue a vivir a una aldea entre montañas, tuvo cuatro hijos… Su voz se quedó en el hogar. Sus hijos y sus nietos pudimos disfrutarla, contando relatos, explicando anécdotas, recitando versos. Cantándonos canciones antiguas de la tierra que amaba. Algo de su corazón se quedó ahí, enterrado bajo las ruinas de una guerra que abrió heridas muy hondas. Nosotros, los que hoy recordamos, somos hijos de esa historia manchada en sangre. No somos hijos de los sueños, sino de la cruda realidad.

Hoy, 90 años después, Caterina Albertí publica un libro en memoria de estas mujeres que prestaron su voz a un pedazo de la historia. Este es mi pequeño homenaje, con cariño especial hacia la que ha marcado mi vida. Y sí, también mi vida de sueños y de letras.

Enlace al libro: aquí.

Radio Tarragona, el director y su primera locutora en el año 1933.

Y esta es una foto de Montserrat Parés, recién casada.


Una mujer increíble

Una mujer increíble… ¿Hermosa? ¿Seductora? ¿Enigmática? ¿Peligrosa? Todo esto y mucho más es Isabel, mujer con nombre de reina y cuerpo de diosa, que anima las páginas escritas por Manuel Navarro Seva en una novela que se lee increíblemente bien.

No, Isabel no es una musa caída, como la Safo de Daudet; ni una rica heredera hambrienta, como la Thérèse Martin de Anatole France; ni una casada insatisfecha, como Emma Bovary. Aunque comparte algo del misterio, el drama y la miseria de estas heroínas. También su amante, como los hombres de aquellas, tiene madera de artista, cornudo y marido apaleado. Y como telón de fondo asoma, ¡no podía faltar!, la eterna y romántica París… Pero estamos en Madrid, en el siglo XXI. La mujer de esta historia tiene glamour de cine y sencillez de maruja; dice cocretas, cocina mal los macarrones y se le enreda el cordón umbilical con el sexo.

Es fascinante. Y, tal como ella atrae a sus amantes, el narrador de su historia atrapa al lector, cazándolo con guante de seda. Los lectores que lo conocemos sabemos que Manuel Navarro es de prosa austera y cristalina, que fluye sin darse uno cuenta. En esta novela, introduce el suspense con igual suavidad. La narración se desliza con sosiego, pero… ¡uno no sabe, realmente, qué va a ocurrir a la vuelta de página! Ese factor inesperado, esa incertidumbre, ese ¡ay!, que mantiene en vilo al atormentado protagonista, también mantiene al lector alerta y deseoso de saber más. Pocas veces he visto el suspense manejado con tanto acierto, y además en un relato no policíaco ni de acción.

Del final nada diré, pensando en futuros lectores. Solo que, de entre las muchas opciones que se os pueden ocurrir, ¡posiblemente no sea la que esperáis!

Gracias, Manuel, por brindarnos esta novela. Por convertir uno de tus antiguos cuentos en un relato más largo, que podemos saborear durante más tiempo. Tampoco demasiado. Aunque ya dicen que lo bueno, si breve, dos veces bueno.

Cómprala en Amazon.

El hielo

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaba por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre…
[…] Al ser destapado por el gigante, el cofre dejó escapar un aliento glacial. Dentro sólo había un enorme bloque transparente, con infinitas agujas internas en las cuales se despedazaba en estrellas de colores la claridad del crepúsculo. Desconcertado, sabiendo que los niños esperaban una explicación inmediata, José Arcadio Buendía se atrevió a murmurar:
―Es el diamante más grande del mundo.»
Así empieza y casi termina el primer capítulo de Cien años de soledad. Leí estas palabras por primera vez con once años, en una clase de literatura. Mi paladar de lectora niña y torpe no pudo asimilar la exuberancia de aquella selva de letras, que se me antojaba demasiado enmarañada y hostil. Un pedazo de hielo se me atascó y me alejó de García Márquez y el deseo de conocer su obra durante muchos años… ¡Cuántas lecturas perdidas! Pero ese mismo bloque de hielo irisado, mucho tiempo después, es el que me subyugó y me arrastró a leer toda la novela de corrido, adentrándome en el mundo mágico de Macondo y la saga de los Buendía, asombrándome a cada frase, a cada párrafo… A menudo pienso que el mejor taller de literatura es leer a los clásicos y a los genios. García Márquez es ambos.

Hoy también celebramos el día del libro, el día de Sant Jordi, el 450 aniversario de Shakespeare… Hoy huele a papel y a rosas, las letras tiemblan en el aire como las semillas de los plátanos y los pétalos de los geranios en flor. Hoy huele a literatura, a recuerdo, a eternidad. Porque las letras hacen eternas al hombre, y su espíritu sobrevive no solo en las alturas, sino en las profundidades de las páginas. Ahora Gabo está ya a merced de la luz, en los altos aires donde no alcanzan a llegar ni los más altos pájaros de la memoria…

Buenas noches, escritores que nos habéis alimentado el alma. Buenas noches, príncipes de las letras. Permitidme saludaros con las últimas palabras de Horacio en Hamlet:
Good night, sweet prince, and flights of angels sing thee to thy rest.

La intimidad y el arte

El arte de contar la vida (de darse cuenta de la vida, de tenerla en cuenta) no es más que el arte de vivir. Vivir con arte es vivir contando la vida, cantándola, paladeando sus gustos y sinsabores... Se puede vivir sin arte... Se puede vivir sin intimidad porque la intimidad no es imprescindible para vivir. La intimidad sólo es necesaria para disfrutar de la vida.

¿Qué es la intimidad? A menudo la  confundimos con privacidad, con identidad o con lo inefable. ¿Es realmente posible adentrarse en la intimidad de alguien sin violar su espacio sagrado? A diferencia de los culebrones y los reality show, las obras literarias y artísticas son capaces de poner de manifiesto al lector los verdaderos aspectos de la intimidad de los personajes que aparecen en tales obras, esto es, la forma en que se sienten a sí mismos, de tal modo que dicho conocimiento no supone una violación o profanación de dicha intimidad. Por tanto, la intimidad no se trata de algo inexpresable o incomunicable mediante el lenguaje, de la misma manera en que tampoco consiste en algo que tan solo sería experimentable en la más pura soledad, exenta de toda comunicación con los demás.

La intimidad está ligada al arte de contar la vida (y no, como suele creerse, a la astucia de no contar nada, no sea que luego vayan contando por ahí...), que, dicho sea de paso, es, sin más, el arte.

Son citas de la recensión que un buen amigo ha hecho sobre el libro de José Luis Pardo, La intimidad (Ed. Pre-textos, Valencia).

Nevsky Prospekt

Leyendo Nevsky Prospekt he comprendido mejor por qué Manuel Navarro eligió este nombre de batalla para los foros literarios. Boris. Nombre eslavo que, además, significa “del norte”. Casi un año de estancia en una ciudad norteña, San Petersburgo, fue suficiente para marcar su vida ―toda una vida― y para despertar en él una pasión por las letras que va más allá de la de un lector aficionado. Es posible que el escritor que Boris lleva dentro naciera en esta ciudad de noches blancas, catedrales y museos que se miran en las aguas heladas del Neva y el Fontanka.

Nevsky Prospekt, diario de un expatriado nos adentra en la Rusia de hoy. Un país occidentalizado y moderno, donde las multinacionales se han afincado y reúnen a grupos de trabajo de diversos países; donde el inglés es la lengua franca y las decisiones dependen de una directiva extranjera, a menudo distante. Pero en ese ambiente cosmopolita aún queda algo de aquella vieja Rusia de antaño. La Rusia postmoderna no ha podido ―ni podrá― domesticar el frío. El frío, la dureza del hielo y la claridad de esas noches de verano siempre marcarán el carácter de las gentes, que Boris nos presenta como reservado y cauteloso. La cortesía y el vodka son la pátina de hielo, gentil, que quizás refrena y contiene el fuego del alma rusa…

En una entrevista con Ana María Matute, me decía que una novela es fantástica: en ella cabe de todo. Sí, cabe todo, incluso el diario de un expatriado que, de golpe, sin pretenderlo, se encuentra en tierra ignota y con una misión profesional no fácil. En las páginas del diario va consignando las impresiones que día a día va atesorando: rostros, personas, paisajes, comidas… y aromas. Ah, ¡el olor! Cuando leí esa frase, esa frase corta, sencilla, en la que el autor describe el olor peculiar, indescriptible, olor a Rusia, fue cuando la novela definitivamente me atrapó. Dice Joanne Harris, la autora de Chocolat, que «una novela que no huele, no duele; y, por tanto, no se lee». Nevsky Prospekt huele, y sabe, y se oye, y se siente. Quizás por eso este diario, escrito con enorme sobriedad, gusta y envuelve al lector. Con Manuel, conozco esos retazos de Moscú, de Saint Pete, de la costa báltica. Con él saboreo los menús ―italianos, orientales, rusos…―, me familiarizo con los rostros nuevos, recorro las calles, siento el frío en la piel y me estremezco escuchando una sinfonía o contemplando un ballet. Con él, experimento la soledad. Pues esta novela es una historia de soledad, no por ser transitoria menos profunda. Manuel, el expatriado, pese a trabajar rodeado de gente, está solo. Sola está “su casa”, como él bautiza a las anónimas habitaciones de los hoteles donde vive; solitarios son sus paseos, sus almuerzos y sus cenas, sus largas horas de lectura o de ocio. La sociedad que lo recibe no lo rechaza, pero tampoco lo acoge. Vive la nostalgia del hogar, en el lejano Madrid, y busca llenar su tiempo con lecturas, música, visitas culturales y algunas salidas nocturnas. Como afirma en una ocasión, para un expatriado es difícil pasar mucho tiempo en Rusia sin una mujer y sin beber demasiado. Manuel no bebe en exceso ni rompe la fidelidad con su esposa, su refugio es el tabaco. Como si esa densa niebla fragante pudiera amortiguar, igual que la nieve, la aspereza de la soledad.

Juan Eslava Galán, hablando sobre el ego del escritor, suele recordar que “la sombra del hortelano no debe molestar en la huerta”. Parece casi imposible que en un diario personal, donde la soledad aletea tras cada página, la sombra del autor no caiga sobre las letras. Pero en el caso de Nevsky Prospekt esto se cumple asombrosamente. No en vano la novela lleva por título principal el nombre de un lugar. Tanto como el narrador, Saint Pete es la protagonista de este relato. Y la sombra de Manuel no estorba en la huerta.  Está ahí, con el sentimiento contenido, expresado con austeridad y sencillez, sin recrearse en contemplaciones narcisistas, sin sobrecargar el relato con emociones o digresiones metafísicas. Cuando el lector podría esperar algún estallido, una efusión, o una caída en la elucubración sentimental, Boris nos sorprende con una, dos frases, cortas, simples, desnudas. Basta con eso. Una imagen, una impresión. El resto, queda para el lector imaginarlo.

Y esto se agradece. Maestro en la precisión y en la sobriedad, en el mostrar, no contar en la medida en que esto es posible en un diario personal, Manuel nos da una lección de cómo convertir un diario en una novela. Incluso el mundo interior se puede expresar sin divagaciones barrocas y egocéntricas. Por esa ligereza que es solidez, por esa desnudez que es elegancia, Nevsky Prospekt es una novela que se lee, y se deja leer, con gusto.