¿Para quién escribimos? -1-

Abro este tema basándome en los mensajes que algunos de vosotros me dejasteis en la anterior entrada. Estoy segura de que es un tema que habréis tocado muchos en vuestros blogs o en foros literarios. A mí me inquieta y me quita el sueño desde hace un tiempo —eso es un decir, porque duermo como una marmota. La pregunta no es simple ni baladí. En realidad, es crucial para un escritor porque alude a un factor clave en toda obra literaria: el LECTOR.

Quizás todos empezamos escribiendo para nosotros mismos, por puro placer, o porque “la loca de la casa” se nos escapaba desde las neuronas hasta los dedos inquietos sobre el teclado… Pero cuando alguien se propone publicar su obra, está claro que escribir deja de ser un acto solitario y autocomplaciente. Inevitablemente hay que tener en cuenta a la otra persona, al gran público, a nuestros futuros lectores.

Pensar en el lector es trascendental. Puede cambiar y depurar nuestro estilo —no podemos ofrecer una chapuza—, pero también puede cambiar nuestra historia y el enfoque que le damos. En mis conversaciones con un buen amigo escritor, solemos discutir sobre esto. Él insiste en que siempre debo pensar en mis lectores. Yo me resisto, pertrechándome en mi confortable torre de marfil: no quiero escribir condicionada por ellos. ¡Necesito libertad para expresarme! Pero en esta lucha, si voy a publicar, finalmente, tendré que rendirme y asumir mi inevitable derrota. Mi agente y mis editores nunca me publicarán una obra sin tener en cuenta el factor público. Así que más me vale aceptarlo.

Literatura, comunicación

¿Para quién escribimos?

En clase de lingüística nos enseñaron que la comunicación es un proceso con tres elementos clave: el emisor, el mensaje y el receptor. Y otros tres, no menos importantes: el código, el canal y el contexto. La creación literaria es un acto de comunicación donde podemos identificar fácilmente a cada parte: el escritor emite un mensaje, su obra; el receptor es el lector. El contexto es el entorno social y cultural, el momento histórico, las circunstancias que rodean a ambos —modas y tendencias incluidas. El canal es el libro, digital o impreso, y el código, el lenguaje. Pero por lenguaje no sólo me refiero al idioma, sino a las claves que conforman el discurso: desde su género, su estilo, su estructura, su punto de vista narrativo, sus simbolismos…

El escritor, como emisor, desea que alguien reciba su mensaje, que lo reciba correctamente y aún más: en el momento en que emite, está esperando, conscientemente o no, una respuesta. Por tanto, debe cuidar al máximo el canal y el código para que el receptor capte su mensaje.

Los ruidos

Pero en la comunicación hay ruidos que se interponen entre el emisor y el receptor y dificultan la recepción del mensaje o su correcta interpretación.

Estudiar los ruidos, en su sentido lingüístico, puede ser fascinante. Porque los ruidos no son solamente externos —pobre impresión, problemas de conexión, deficiente difusión de una obra— sino, mayormente, internos. Por parte del autor, un estilo pobre, una prosa defectuosa, fallos gramaticales u ortográficos y torpeza narrativa pueden dificultar que una historia teóricamente buena “llegue” al lector. Por parte del lector, si carece de ciertos conocimientos, tiene escasa riqueza de vocabulario o poca sensibilidad hacia los temas que trata la novela, no la valorará lo suficiente. También puede rechazarla cuando, simplemente, trata de un asunto que choca con sus preferencias. El estado anímico, la formación, los gustos, la experiencia vital, las ideas y creencias del lector influyen en su lectura y en su valoración de la novela.

Después de estas consideraciones… ¿qué cabe hacer? Por supuesto, no podemos controlar ni predecir la reacción de todos nuestros lectores, de manera que su respuesta tampoco puede condicionar el mensaje que vamos a transmitir. Pero si hay dos cosas que se pueden controlar y que son responsabilidad del autor. Por un lado, evitar todos los ruidos que dependan de él en la transmisión del mensaje. Y, por otro, apuntar a diana. Como buen arquero, su flecha debe estar afilada y limpia, el arco bien tensado y el ojo siempre fijo en el blanco. Es decir, se trata de lanzar una buena historia, enfocarla hacia el público más receptivo, buscar el canal más adecuado y volcarse en cuerpo y alma en el código. Porque, finalmente, cuando hablamos de literatura, estamos hablando de códigos.

33 comentarios:

Deusvolt dijo...

Elisabet, creo que fue Hemingway quien dijo que al principio sus escritos le encantaban, y al público no. Después, con el tiempo, sus escritos le iban gustando menos a él y más a su público. Digamos que se despojó del "egoísmo del artista". Es un tema muy interesante porque el autor pugna por "su obra" considerádola suya y que el lector tiene que aceptarla como tal. No es un acuerdo, es más bien, "mira esto es así, lo tomas o lo dejas". Pero, como bien dices: hay que pensar en el público. No sé si yo lo hago, y me da miedo reflexionar sobre el tema...umm, ¡cachis! ¡Es peliagudo! Pero, si te paras a pensar, Alejandro Dumas era un gran escritor y sus obras se publicaban por entregas y la gente de todas las clases ansiaba leerlas: sin embargo, Los tres mosqueteros es una joya de la literatura. Lo sencillo puede ser muy complicado de lograr. Y a veces, como escritores, nos gusta mirarnos mucho la barriga, ser complicados de más. Y me incluyo. Pero también es cierto que hay distintos tipos de público.
Umm... habrá que meditarlo! Muy interesante la entrada.

Javier Pellicer dijo...

Mi lema en la vida (que no siempre consigo hacer realidad), es el equilibrio. En este caso lo creo aún más esencial. Escribir es un acto introspectivo, por supuesto, porque nace de nosotros, y porque nosotros somos nuestro primer público. Pero, a la vez, debemos pensar en los otros, en los que nos leerán después; debemos gustarles.
Leí en algún lugar que un escritor siempre debe complacerse a sí mismo, pero yo creo, como decía, que es cuestión de equilibrio: agradar al lector a la vez que somos fieles a nosotros. Difícil acrobacia.

Un abrazo, Elisabet, y perdona que no comente muy a menudo.

Esther dijo...

¡Buena entrada, Elisabet!

“El canal es el libro, digital o impreso, y el código, el lenguaje. Pero por lenguaje no sólo me refiero al idioma, sino a las claves que conforman el discurso: desde su género, su estilo, su estructura, su punto de vista narrativo, sus simbolismos…”

Para el autor, minimizar los ruidos en la comunicación implica cuidar al máximo el código y el canal. Y de ambos, hay uno que es responsabilidad suya en forma completa: el código. El lenguaje, como expresión del idioma y también como discurso.

O sea, en síntesis: el autor se tiene que preocupar de producir una buena obra. Minimizar los ruidos internos.

¿Y el lector?

“Es decir, se trata de lanzar una buena historia, enfocarla hacia el público más receptivo, buscar el canal más adecuado y volcarse en cuerpo y alma en el código. Porque, finalmente, cuando hablamos de literatura, estamos hablando de códigos.”
Mmm… no se trata de escribir aquello que se supone el lector espera o quiere. Nopo. Creo que se trata de saber que uno escribe lo que uno desea escribir… pero que el resultado solo le llegará, solo será mensaje para una parte del público lector. No todos. Aceptarlo. Eso es lo importante. Saber que no todos.
Y afilar la flecha para que el código sea el mejor posible para ese público lector.

Mmm… esto es bien claro si se toman algunos casos extremos. Es evidente que el código de “La Metamorfosis” no es un código aceptable para un público de niños de seis o siete años de edad. “David Copperfield” fracasaría si se pretendiera que el público lector lo leyera como una novela de ciencia ficción.

El problema está en los casos que no son extremos, ¿no es así? Que deben ser la inmensa mayoría.

No, no creo que se trate de escribir pensando en escribir algo que le gustará a los lectores. Más bien, se trata de que el autor tenga sus ideas tan, pero tan claras, que pulirá su propio código hasta que brille tanto, tanto, que el lector, necesariamente, percibirá y se apropiará de su obra. O, simplemente, pasará de largo, porque sabrá con seguridad de que no le interesa ese mensaje.

Mmm… Si los ruidos son exagerados en la transmisión, el problema real es que se deja de saber cuál es el mensaje y cuál el ruido: se confunden, porque ambos resuenan con la misma potencia. Se superponen. No se puede decir: esta es la voz y acá aparece un ruido. Así que limpiar de ruidos implicaría dejar que la voz sea inconfundible como tal, y que suene cristalina. Que luego la escuchen un millón o cien personas… eso sí es harina de otro costal.

(Y ya veo que el sistema me impide enviar este post por demasiado extenso. Nunca aprendo, ¿eh?)

Cariños,
Esther

Daniel DC dijo...

La respuesta, dependerá de la intención del autor y el mercado al que quiera llegar.

La habilidad en la prosa y entendimiento de los códigos, determinará si se desea reconocimiento de la crítica, aprobación de las masas o ambas.

Un autor no debe olvidar que la industria literaria, es un negocio. Si está claro de esto, no tendrá problemas.

Un cordial abrazo,

Daniel DC

jules dijo...

Buenísimo el comentario, Eli. Me ha gustado muchísimo este post en el blog, y me gustaría que un día lo comentáramos más ampliamente. Yo reconozco que escribo para un gran público, que no busco la excelencia porque en este país no vende. Lo que no quiere decir que no busque la máxima calidad en mi trabajo. Pero quiero que mis historias lleguen al pueblo llano con un lenguaje sencillo que puedan entender todos, no sólo editores y catedráticos. Nunca he escrito para mí, ni como desahogo personal; no lo crítico, pero no es mi objetivo cuando me pongo delante del portátil. Yo escribo para entretener al público. Es un tema muy interesante, repito, y me gusta que lo hayas tratado como merece. Un beso.

Xavier Borrell dijo...

Pues yo, ahora que lo dices, no sé para quien escribo.

Lola Mariné dijo...

Es un tema muy interesante.
Yo creo que se empieza a escribir para uno mismo por la necesidad de hacerlo.
Despues, aun sin proponertelo ni traicionarte, empiezas a pensar en un determinado publico.
Besos, guapa.

Pantagruel dijo...

Uffff... sí, una duda importante.

Personalmente, yo escribo para "aficionados a las aventuras". Es el tipo de literatura (y cine) que más disfruto, y la clase de historias que continuamente me están rondando por la cabeza.

Lo importante, en todo caso, creo que es saber de antemano que no puedes gustar a todo el mundo. Para mi primera novela tengo que agradecerle a un amigo el esfuerzo de leerse las tres versiones del manuscrito, sobre todo porque la ficción de aventuras no le gusta. Sin embargo, su opinión me sirvió para pulir el texto. Según el tono de lo que escribes, mi opinión es que debes tener en cuenta cuáles son los gustos de quienes te dan las críticas.

Partiendo de que aquellos a quienes se les pide la opinión sean lectores asiduos y con criterio, si hay una mayoría de críticas positivas la existencia de un "pero" no debería ser razón para echar atrás todo el proyecto.

Estando en el estadio "pre publicación", aún hay tiempo para cambios o modificaciones, de todos modos. Si la opinión de ese amigo te ha hecho meditar sobre la novela, no creo que no seas capaz de tomar en cuenta esas ideas para pulir lo que creas necesario.

Vengaaa!! Animos desde la cripta en la que estoy trabajando en mi nuevo proyecto.

naTTs R dijo...

Elisabet:

Es interesante la forma en que planteas la cuestión: esos ruidos que dificultan la comunicación.

Es un poco dificil salir de esa cueva del ego, pero tener claro a quién nos dirigimos es clave para el mensaje: significa la luz. Escribir a ciegas parece poco apropiado, eso sí, al principio es normal que los escritores escriban por el placer de hacerlo, y en consecuencia para sí mismos.

Curioso el caso de Hemingway que plantea Deusvolt. Es duro porque recuerda que enfocar las historias a cierto público significa renunciar a algunos principios. No obstante, considero que se pueden conciliar.

Saludos,

naTTs

Elisabet dijo...

Hola,

esta vez voy a ser un poco más cortés e iré respondiendo uno a uno a vuestros comentarios, ¡todos tienen su miga!

DEUSVOLT, me has dejado pensando con eso de Hemingway. Me pregunto con qué estado de ánimo lo diría y hasta qué punto estaba siendo irónico. El ejemplo de Dumas demuestra que lo vendible no equivale necesariamente a mala calidad. Si a un autor le gusta lo que le entusiasma al amplio público la coherencia consigo mismo no está reñida con el complacer a los lectores... Ahora, el reto ahí está no sólo en gustar, sino en ser "bueno".

Elisabet dijo...

Javier, no te preocupes, que ya sé que estás muy ocupado, ¡y con publicaciones, además! :) En pocas frases has dicho algo cabal: el EQUILIBRIO entre el mundo interior y el exterior de un escritor es clave.

Elisabet dijo...

Ay, Esther... ¡los ruidos! Sí, ese es nuestro caballo de batalla.

En cuanto al público lector, claro que no se trata de escribir condicionado por él. En mi caso, más bien escribo por instinto, luego reviso la novela y me pregunto: ¿y a quién diablos le puede gustar eso? En función del público más probable, hay que ir puliendo y redireccionando la "flecha". Lo malo es que en esto la agente y los editores lo tienen más claro que yo :)

Los casos "no extremos", ¡ja! Allí donde se dan mezclas o ambivalencias... Bueno, eso sí que es peliagudo, e imagino que solo las grandes obras, esas que son como diamantes pulidos, brillan con luz propia y se abren camino sin necesidad de ser clasificadas.

¡Buena la observación sobre la confusión entre ruido y la historia! En otras palabras, ¿cómo separar el grano de la paja? Yo aún preguntaría más: ¿sabrán distinguirlo todos los lectores? En todo caso, debería ser tarea del autor hacer la criba...

Elisabet dijo...

Daniel, qué claro y crudo lo pones. Pero es así: cuando queremos publicar un libro, nos guste o no, entramos en el mundo del negocio.

Distingues entre la aprobación de la crítica, las masas, o ambas. ¡Asunto espinoso! Para mí, un autor, antes que buscar la "aprobación de..." debe buscar la excelencia. Porque la crítica puede ser sesgada y el aplauso de las masas no siempre es un baremo fiable. Supongo que esto también depende de la ambición del escritor y de su auto-desafío interno.

Elisabet dijo...

Julia, ¡hola! Me alegro que te gustara el post y te agradezco tu aportación, con un punto de vista tan franco y diferente. Tú te enfocas directamente al público, y eso es un punto de partida extrovertido, muy distinto del escritor que va de dentro hacia afuera.

La verdad es que discrepo en algunas cosas. Me parece que la excelencia no está reñida con el buen entretenimiento y, como le dije a Daniel, yo sí creo que como autora debo buscar la excelencia, aunque no venda. Esto no quiere decir necesariamente cultivar un estilo alambicado e inaccesible, por supuesto. Pero tú misma dices que intentas conseguir la máxima calidad en lo que haces... ¿no es esto una forma de procurar la excelencia? (Uy, siento haber repetido la palabra un montón de veces...)

Elisabet dijo...

Xavier, ¡eso sí que es una duda existencial! Ojalá encuentres las respuesta... :)

Elisabet dijo...

Lola, pues creo que con pocas palabras has resumido lo que nos pasa a tropecientos escritores... o aspirantes :) Así de simple y claro.

Un abrazo!

Elisabet dijo...

Pantagruel, ¿no te parece que, en el fondo, quizás escribimos para quienes disfrutan leyendo lo que a nosotros nos gusta? O lo que nos gustó cuando éramos más jóvenes. Es decir, para quienes comparten nuestros gustos y preferencias. Porque, en realidad, salvo que lo hagamos por encargo, acabamos escribiendo lo que nos encanta, ¿verdad?

¿Estás en una cripta? Bueno, ya contarás qué andas tramando... ¡que sea bueno!

Elisabet dijo...

Hola, Natts,

qué bien lo explicas. Salir a la luz. A la luz de afuera, claro, porque mientras escribimos para nosotros mismos nos deslumbra nuestra propia obra y no vemos otra cosa... Bueno, hablas de "conciliar". Creo que esa es una buena palabra. No se trata de traicionarse a uno mismo, sino de saber cómo transmitir aquello que tú eres y quieres expresar con autenticidad y a la vez de la manera que mejor llegue al lector. A veces esa ceguera del enclaustramiento nos impide ver muchas cosas. Ahora mismo, yo me estoy replanteando muchos detalles de mis novelas inéditas, e incluso estoy haciendo cambios en ellas. Cambios importantes, no meras correcciones. Esos cambios, lejos de mutilar la historia, le dan mayor coherencia e incluso solidez.

Pero eso se aprende con el tiempo... :)

Anónimo dijo...

Me temo que tu clase de lingüística ha sido un pelín mucho simple.

Daniel DC dijo...

Hola Elisabet,

Cuando un escritor viste la excelencia como segunda piel, se distingue del resto. Pero ¿de qué sirve tener calidad si no hay una maquinara de distribución que lo respalde?

La literatura pertenece a la industria del entretenimiento—un negocio volátil.

Si el autor quiere sobrevivir en la industria, debe comprender dos diferencias: él (como persona) y ÉL (como producto).

La persona: tiene sentimientos, pensamientos, opiniones y creencias; vive en una sociedad que mantiene los mismos valores y principios o difiere de ellos.

El producto: está desprovisto de egos; no puede sentir, pensar, opinar o creer. ÉL—no pertenece a la persona—, es propiedad del público.

Si el autor sabe cómo intercambiar modalidades—tomar decisiones como persona y como producto—, su territorio se expandirá. Podrá lograr cosas que están fuera de su zona de control, pero vitales para el desarrollo de su carrera.

Un cordial abrazo,

Daniel DC

Elperejil dijo...

Me parece un buen tema, y muy peliagudo. He de reconocer que, por mi parte, casi todo lo que he escrito hasta ahora (como guionista) estaba muy en función de público y de las audiencias. Por eso me resultaron muy interesantes algunos trabajos pequeños (como documentales) en los que tenía mucha más libertad al no tener demasiadas exigencias. De todos modos, este tipo de trabajos tan mediatizados pro las exigencias de productores, ejecutivos de las cadenas de televisión, informes de audiencia y pruebas de público... suelen resultar muy útiles para aprender elementos técnicos relacionados con la estructura narrativa y aumentan la capacidad de saber emular otra voces o de ser muy versatil y flexible, algo que nunca está de más.

Sin embargo cuando escribo literatura me gusta ser yo mismo... perdón, me gusta intentar buscarme a mí mismo, pues la búsqueda del estilo es un proceso duro y largo.

Por mi parte escribo para un lector abstracto, que no deja de ser un trasunto de mí mismo. Luego espero, o deseo, que ese ser tenga su reflejo en la gente, pues en el fondo todos somos humanos y compartimos muchas cosas. Y también pienso que hay muchos nichos dentro del público lector. Hay gente que lee best sellers y los hay que leen cosas un poco más elaboradas... y tampoco son tan pocos.

Para finalizar me quedo con lo que respondió Faulkern a la pregunta de si el escritor tenía alguna obligación con el lector: "la única obligación es hacer su obra lo mejor que pueda; yo, por mi parte, estoy demasiado ocupado con eso como para preocuparme por el público".

Debería ser así, conseguir la excelencia literaria, escribir bien una novela, es tan jodidamente difícil, que preocuparse por el público (el real, el estadístico, no ese interlocutor abstracto que es necesario para el acto de comunicar) debería desaparecer en cuanto estamos inmersos en el proceso de escritura.

Elperejil dijo...

Resumiendo... quizá podríamos pensar en ese público potencial al elegir qué vamos a contar o a quién nos vamos a dirigir; pero en cuanto comenzamos a escribir deberíamos olvidarnos de él y preocuparnos sólo de hacer el mejor libro posible (en interacción con ese "otro" abstracto que recibe nuestra comunicación).

Susana Eevee dijo...

¿Para quién escribimos?
Yo lo tengo clarísimo: si queremos ser escritores profesionales escribimos para el lector.

Tú, Elisabet, lo has explicado fenomenal con el ejemplo de lingüística que todos hemos estudiado: el escritor es el emisor de un mensaje que debe llegar al lector o receptor, aunque este proceso también tenga su parte de retroalimentación o feedback en el que el mensaje también, de alguna manera, vuelve al emisor a modo de lector/receptor.

Ahora bien, esto no quita que actuemos con inteligencia y que seleccionemos aquellas historias o género literario en los que nos sintamos a gusto y donde nuestra prosa brille con la mayor calidad.

Resumiendo, es un toma y daca en el que si elegimos bien no tenemos por qué salir perdiendo o sintiéndonos insatisfechos con nuestra obra.

Un saludo.

Jesús F. dijo...

Hola Montse,
soy otro de los creyentes en el equilibrio (y más después de estos últimos días, como ya te conté). Evidentemente escribimos lo que nos gusta, pero debemos asegurarnos de que va a gustar. Después, y dependiendo del punto en el que te encuentras en tu carrera, puedes permitirte algo un poco controvertido pero que sea como tú deseas, o al revés, debes ceñirte y aceptar cambios en un principio no deseados.
Un abrazo.

Montse de Paz dijo...

Daniel, de nuevo tu intervención muestra una enorme dosis de realismo, casi despiadado. Es sano recordarlo, aunque cueste. ¡Apertura mental!

Montse de Paz dijo...

Eligio, ¡bravo por las citas de Faulkner!

Y eso que dices: "Por mi parte escribo para un lector abstracto, que no deja de ser un trasunto de mí mismo. Luego espero, o deseo, que ese ser tenga su reflejo en la gente, pues en el fondo todos somos humanos y compartimos muchas cosas..." Mmmm. Cuántas veces he pensado lo mismo.

Gracias por tu aporte y tu enfoque cinematográfico :)

Elisabet dijo...

Hola, Susana,

Tienes más razón que una santa :) Cuando escribimos lo que nos gusta es cuando más puede lucir nuestra prosa...

Por cierto, ¿cuándo publicas tu novela?

Un abrazo.

Elisabet dijo...

Hola, Jesús. Aaay, cuando se está en los comienzos y se acaba de salir al ruedo... no se pueden hacer muchas filigranas. O toreas bien -siguiendo las normas- o te pilla el toro. Ojalá, y supongo que es el sueño de muchos, un día lo que escribamos sea tan bueno que no tengamos que apurarnos por esas consideraciones. El equilibrio que dices es ideal, pero en la práctica puede ser un vaivén casi violento entre dos extremos.

B. Miosi dijo...

Veamos... hablaré partiendo de mi experiencia. Empecé a escribir casi como un experimento. Al paso de los días noté que realmente me gustaba hacerlo, tanto, que se había convertido en una necesidad. Escribí una novela tras otra, hasta llegar a nueve. No tenía intenciones de publicar, pues no me lo había planteado. Ni siquiera sabía qué pasos seguir para hacerlo. Entonces podría decir que yo escribía para mí, ¿verdad?

De todas esas novelas que escribí en un lapso de cuatro años y medio, tres han sido publicadas. La primera por autoedición y las otras dos con editoriales normales. (La primera fue por ignorancia) No sé escribir a pedido. Si alguna editorial me diera las pautas, no estoy segura de poderlas seguir.

De todo lo que he dicho deduzco que cuando se escribe porque a una le gusta, y se hace con entrega total, con pasión y sin pensar en cuánto se ganará con ello, las novelas cobran fuerza, se tiene la libertad de tocar cualquier tema, sin tomar en cuenta lo que está en boga, o lo que más se esté leyendo. Considero que el hecho de escribir para si mismo no significa descuidar las reglas. Escribir es un aprendizaje continuo, una experiencia que va dejando una huella profunda en nuestras mentes, nos enriquece y también a quienes nos leen.

Besos!

MiánRos dijo...

Yo soy de los que escribo para mí; si la suerte llama a mi puerta y publico, bienvenida sea, pero creo que la esencia de cada novela está en el puño de la pluma que la escribe, no en los arreglos de los editores; con razón coges cualquier libro y en el 60% de los casos, si no miras el autor/a los textos son afines, como fotocopias; nos condicionan en unos márgenes que claudicamos como números matemáticos dentro de una secuencia o serie. Yo, que trabajo en un centro comercial, por suerte o por desgracia, veo las montoneras que hacen cuando presentan un libro y ves pasar a la gente con los carros de la compra y echar el libro como el que coge un paquete de fideos; el 40% no mira ni la sinopsis, qué te pensabas. Estoy seguro que si coloco mi novela en una pira a la puerta de la tienda como lo hacen con otros libros SEGURO que ahora sería un best seller, o ¿crees que no? Estos libros no luchan en las mismas condiciones con otros libros que están escondidos, y si tienes suerte o te lo han recomendado encontrarás un ejemplar, de canto, entre miles de ellos.
¿Tú crees que Cervantes escribió El Quijote pensando en la publicación?, o ¿Tolkien tenían en su mente hacerse de oro cuando escribió El Hobbit y varios cuentos para contar a sus hijos? Si estos ilustres escritores levantaran la cabeza y vieran que la literatura es un producto... serían los primeros en CLAMAR AL CIELO. Ahora se busca eso que se llama NEGOCIO, a las editoriales les importamos bien poco por no decir alguna brutalidad (por si hay niños), y que tu novela sea plana, insulsa y no deje en las mentes un estremecimiento especial es lo de menos, lo importante para ellos es que vendas, que vendas; y si esto ocurre te pedirán más, y más, pero dentro del mismo estilo, no lo olvides. Sabías que Follett tras presentar los cuatro primeros capítulos de Los Pilares de la Tierra, fue rechazado; la editorial le recomendó que recapacitara y que volviera a su estilo donde vendía miles de copias; claro, cómo la gallina de huevos de oros va escapar del gallinero, eso no puede ser. Pues Follet escribió la novela y les dio en los morros consolidando sus sensaciones; así, Los Pilares de la Tierra se alzó como su obra maestra. ¿Qué quiero decir con esto?, pues que sigas lo que dicte tu corazón, escribe sin separarte del equilibrio que hayas alcanzado haciéndolo y disfruta, si lo haces, lo que salga de tu mano puede ser maravilloso.
Se me viene a la memoria algo que leí hace bien poco y que, precisamente viene al caso, algo que dijo el escritor Paulo Coelho: "creo que si hubiera recibido críticas positivas de mis libros no hubiera vendido millones de ejemplares".
Ahí es nada, ese es un escritor.
En fin... sé tú misma, intenta que nadie te cambie.
Un abrazo muy fuerte, Elisabet.

Marcos Moreno dijo...

yo creo que hay que hacer bastante contorsionismo literario con nuestros textos para lograr que se publiquen, lo que no quiere decir necesariamente bajarse los pantalones.

lo primero es ser consciente de si lo que escribes es publicable o no, porque como bien se comenta esto es un negocio y nadie va a apostar por nosotros si remamos en dirección contraria. Alguien se ha planteado alguna vez si tiene alguna utilidad remar a la perfección con una técnica depurada pero en dirección equivocada?

pues escribiendo, posiblemente sea igual. podemos ser excelentes maestros de la escritura, que si nuestras historias no interesan a nadie nuestra obra no trascenderá más allá de nuestro mero placer al escribirlas.

Elisabet dijo...

Blanca, gracias por tu experiencia. En poco tiempo has recorrido un camino muy largo y a ritmo acelerado, así que puedo imaginar los cambios de perspectiva que debes haber vivido. En tu caso, has tenido la buena fortuna de aunar tus gustos personales con tendencias muy en boga, ¡eso es una buena ola que hay que aprovechar!

Un abrazo,

Eli

Elisabet dijo...

Hola, MiánRos. ¡Qué comentario! Me dejas pensando, no puedo menos que sentirme de acuerdo contigo en muchas cosas, pero con la necesidad de aceptar otras. Eres un poco -o muy- romántico, ¿verdad? Ayer estuve reviendo One Million dollar Baby y me viene a la mente una frase de la peli que me da qué pensar: "para ser un buen boxeador hace falta algo más que corazón..." Pues lo mismo para ser buen escritor, supongo :) Pero, al mismo tiempo, sin corazón será imposible hacer algo grande y auténtico.

Gracias por tus impresiones y ánimos!