¿Dónde está el arte, dónde el placer?

Cuando le comenté a Francesc Miralles, autor de mi agencia, que era afortunado por dedicarse a la literatura profesionalmente, a full time, me respondió que escribir por afición, robando horas al tiempo, también tenía su encanto; supongo que lo dijo porque escribir así permite conservar la libertad y la frescura del que solo escribe por pasión.

Ahora bien, aquellos que escriben por profesión y por encargo, ¿son menos libres? ¿Son menos artistas? ¿Están menos enamorados? ¡Ah, no lo creamos! Y pienso en autores como Shakespeare o Lope de Vega, que escribían por oficio y por negocio, sobre temas manidos y argumentos archi-repetidos. ¿Acaso no encontraban goce escribiendo sus obras? Y nosotros, hoy, ¿acaso no valoramos el arte, la hondura y la originalidad que encontramos en ellas, pese a que la mayoría son remakes de mitos y leyendas tan viejos como la humanidad? ¿Dónde está el arte? ¿Dónde está el placer?

Vuelvo a mis clásicos… mis viejos y queridos clásicos. Los que ponderan el placer por el valor del trabajo bien hecho, la satisfacción íntima de buscar la excelencia, la belleza, el detalle que pone broche de oro a una obra. Aquel «Estima la feina que fas...» de Joan Maragall. El placer y el arte no están tanto en uno mismo, sino en aquello que hace.

Cuando, olvidado de sí, el autor se vuelca en su obra, perdido todo afán de notoriedad, todo orgullo, toda vanidad, entonces su arte roza lo místico y necesariamente ha de relumbrar. Pienso en los pintores del Paleolítico, en los bardos que trenzaron las primeras epopeyas, en los compositores que crearon, a impulso de cuerda y golpe de tambor, esas melodías tradicionales sin autor que aún hoy nos seducen; en los anónimos constructores de catedrales, en los escultores desconocidos que han dejado pedazos de belleza eterna esculpidos en piedras que los sobrevivirán durante milenios… Nada queda de ellos, ni tan siquiera el nombre. Nada, salvo su obra. En ella está el arte. En ella el placer.

14 comentarios:

Fernando Castellano Ardiles dijo...

Bueno... pienso que la respuesta depende de cada escritor. Hay quienes las palabras se les desbordan de la cabeza y pueden escribir todo el día y del tema que les pongan en frente (Benito Pérez Galdos me viene a la cabeza). Y hay quienes no les van ciertos temas, los rebeldes, los puristas, los incomprendidos, los ácratas.

Para mi simplemente depende de cada uno, pero todo es válido.

Saludos.

zoquete dijo...

Vaya, ¡esta entrada tuya creo que va a traer cola! Creo que muchos artistas crearon grandes obras sin saber siquiera que era arte. Sabemos de muchos pintores que "simplemente" buscaban la perfección en sus retratos de la nobleza por ganarse unos duros, no buscando ese tipo de trascendencia, lo que luego devino en arte. Quizás con una cámara fotográfica no se hubieran estado tanto tiempo tras un lienzo. Mucho arte es anónimo, colectivo e incluso se emplea para denominar corrientes culturas (el gótico, románico, etc). Ahora lo solemos asociar más a lo excepcional, a lo divino.

Por ello, siempre me he preguntado cuáles de los actuales "oficios", que ahora sólo se consideran "trabajos", serán arte en el futuro. El cine, la fotografía y la publicidad son ya obvios. El diseño de coches, aviones también parecen razonables, ¿lo será el diseño de moléculas, la cirugía (no necesariamente estética, pese a lo obvio), un algoritmo informático o plan de negocio? ¿lo será un instrumento financiero de virtusiosismo y originalidad inigualable por más que gocen ahora de mala prensa?

Me resisto, por otra parte, a creerme ese sin duda bienintencionado párrafo "Cuando, olvidado de sí, el autor se vuelca en su obra, perdido todo afán de notoriedad, todo orgullo, toda vanidad, entonces su arte roza lo místico y necesariamente ha de relumbrar." No niego que pueda darse, pero diría que no es lo usual y, más aún, que no necesariamente está correlacionado con el brillo, impacto, excepcionalidad, genialidad e inmortalidad de una obra. De hecho, este fin de semana, "La Vanguardia" hablaba de la competición como fuerte estímulo para que demos de nosotros un poco más de lo que haríamos sin adversarios. Un libro también trata este tema, en el ámbito científico: "Lenguas viperinas y soñadores tranquilos. Rivalidades que estimularon el avance científico." de Michael White. Creo que en la historia del arte tampoco faltan ejemplos: Quevedo no sería el mismo sin Góngora, o Picasso sin Matisse, etc... Aunque a veces debo reconocer que quizás pudiera no ser tanto la rivalidad como la complicidad.

Danny dijo...

Considero que escribir con total libertad te permite ser fiel a tu identidad como escritor/a, aventurarte, tomar riesgos, y crear obras que trasciendan y se tornen independientes... inmortales.

Me gusta mucho este blog. Saludos.

Alejandro Laurenza dijo...

Elisabet,

Supongo que lo ideal es escribir lo que uno en verdad quiere. Aunque, como dice Fernando, dependerá de cada persona, y todo será válido.

Ahora, si no puedo escribir lo que deseo, ¿no termina pareciéndose bastante a tener un trabajo cualquiera que me de comer, mientras me hago un espacio para escribir lo que soy?


Saludos,
Alejandro.

Petrus Angelorum dijo...

Lamentablemente yo caigo en la categoria de escribir por encargo...

Itzabella dijo...

¡Elisabet!
Difícil cuestión la que planteas…yo he hecho de ambas, tanto escribir lo que me gusta como escribir por encargo, y debo admitir que la segunda es la que se me ha dificultado más. No creo que ninguna forma esté mal, como tampoco coincido en que la obra alcance un impacto profundo si el autor se vuelca de lleno sobre ella. Aunque si lo vemos desde otro punto de vista, el impacto y el brillo de la obra no siempre tiene que ser apreciado por los demás. Es decir, que una vez que el autor alcanza tal estado, la obra llega a la cúspide de lo fantástico sólo para el autor. En lo personal a mí me ha pasado, ya que al llegar a ese abandono y revisar lo escrito una vez acabado, la mayoría de veces termino satisfecha conmigo misma por haber expresado todo lo que deseaba de forma sencilla.
Saludos desde México.

Elisabet dijo...

Hola a todos. Os envío respuesta colectiva porque casi todos apuntáis a esa dicotomía entre libertad para escribir lo que quiero o hacerlo por encargo. No, Petrus, no lo lamentes. El quid de esa entrada mía es ese párrafo que Zoquete se resiste a creer. Es posible escribir algo por encargo y llegar a disfrutar plenamente, entregándonos al placer de "bordar" nuestro trabajo, como si lo hiciéramos porque nos apetece. Quiero decir que aún cuando escribamos por deber, podemos hacerlo con placer. ¿Y dónde está el gusto? Pues justamente en buscar la excelencia y la perfección de la obra en sí misma, aunque los reconocimientos lleguen tarde o nunca. Por eso hablo también del "olvido de sí". Otros autores prefieren llamarlo "estado de gracia". Suena quizás muy religioso pero es que el arte, en su origen más genuino, siempre fue algo sagrado...

Gracias por vuestras visitas y comentarios. ¡Y felices fiestas de Navidad!

Jesús F. dijo...

¿Qué tal, compañera?
Pienso que debes disfrutar de la experiencia de diferente manera. Los escritores "profesionales" deben hallar algo que les motive, si no pienso que su obra se retirá, es decir, pienso que no se puede escribir con el piloto automático puesto. Si algún día llegase a vivir esa experiencia pienso que a mí lo que me motivaría sería el reto, aunque me impusiesen un tema o debiese escribir sobre una situación mil veces escrita buscaría la forma de hacer esa historia mía y sería lo que me motivaría.
Un abrazo, amiga, y feliz navidad.

Blas Malo Poyatos dijo...

Hola Elisabet. El placer está en en el instante, en que los hilos que parecían sueltos se unen de repente en un todo, tejiendo en una magnifíca alfombra. Y ese encaje de hilos tiene algo de "magia" o "brujeria" (las musas, la inspiración, la mente subconsciente, ¡qué sé yo cómo sucede! Pero sucede). De repente no tenemos una colección de personajes a los que sucede algo, sino una obra completa y coherente. Y pasamos de la nada al todo.

Y eso ocurre tanto en la escritura como en otros ámbitos, tanto por hobby como por fuerza o encargo. El arte y placer van de la mano. El arte surge porque el hombre tenía ansia de belleza (otra cosa es lo que cada uno interprete como bello)

Un saludo

Elisabet dijo...

Jesús, ¡es el reto! Ahí está la gracia, o buena parte de ella, creo yo. Escribir por encargo, según como se tome, puede ESTIRAR nuestra creatividad de forma insospechada.

Gracias por tu visita y feliz Navidad :)

Elisabet dijo...

Blas, que te explicas como un libro abierto. Qué bellas palabras. Y sí, la belleza y el placer van de la mano. Por mucha diversidad de opiniones que haya al respecto, creo que un fondo común y universal debe haber... Las personas tampoco somos tan diferentes, en lo sustancial.

Oye, ¡por fin te veo a cara descubierta, sin el yelmo!

Un abrazo y feliz Navidad.

Esther dijo...

Mmm... ¿Qué nos dice la historia? Sumaré algunos ejemplos, Elisabet,a los que has puesto. Vayamos algunos siglos atrás. Grandes pintores y escultores hicieron sus obras maestras por encargo... los mecenas de los cuales dependían los mantenían para que se ocuparan de sus tumbas, palacios e iglesias. Más de uno de "los grandes" en ciencias, de los que marcaron camino, trabajaban de astrólogos en las cortes reales, para poder comer. No nos olvidemos de los hoy reconocidos autores del siglo XIX, que publicaban folletines en los periódicos. No nos olvidemos de los hoy considerados músicos de excelencia, que componían obras musicales "por encargo" para reyes y otros.

Y sin embargo, en todas estas áreas creativas (y la ciencia también es creativa) encontramos que algunas de estas personas legaron a la Humanidad obras que dos, tres, cinco siglos después, siguen siendo admiradas.

¿Todos? No. Por supuesto que no.

Hay otros que eligieron un camino diferente, y se dedicaron a expresar lo suyo, al margen de todo y de todos. Algunos de ellos nos han legado obras increíbles y que siguen siendo admiradas.

¿Todos? No. Por supuesto que no.

O sea: a la hora de una gran obra, de esas que son casi inmortales, no creo que sea importante diferenciar si el autor se dedicó o no a su arte en forma excluyente. No creo que pase por allí la cuestión, lo que hace de una obra algo realmente digno de alabar.

¿Hay que elegir, empero? Pues... Más bien me preguntaría otra cosa. Me preguntaría: ¿de qué forma puedo asegurar más y mejor el dedicarme al arte en el que estoy inmerso? Si esa forma es trabajar en el diseño de fertilizantes, pues adelante. Si esa forma es permanecer diez horas diarias en la literatura, escribiendo por encargo en parte de ese tiempo, pues adelante. Cada uno decidirá cuál es la mejor para sí mismo... Digo, hay una cosa que sí es cierta y válida para todos: el que no come, se muere, y el escritor muerto no puede escribir. Suena poco romántico, !lo sé!

En fin. No creo ser capaz de escribir algo que no me interese escribir. Sí me creo capaz de, ante algo que no me interesaba escribir, terminar encontrando elementos que lo vuelven interesante.
En cualquier caso, no escribiré obras que trasciendan el tiempo, jajajaja.

Un abrazo,
Esther

Fran dijo...

Creo que no es lo mismo escribir sin una motivación intensa de perfección que escribir para uno mismo. Esa fuerte motivación pueden ser el deseo legítimo de triunfar o la opinión positiva de tu entorno p.e.
Pero también es importante ser uno mismo en lo que escribas, dejarse ir sin cohartarse... Supongo que tan importante es dejarse ir como pulir -obsesivamente- lo que has hecho.

Elisabet dijo...

Hola, Fran, gracias por tu visita. En tu comentario señalas dos extremos: el dejarse ir o el perfeccionismo compulsivo. Y dos motivaciones: perseguir el éxito o aplauso ajeno o el desahogo interno de uno mismo. Bueno, yo creo que el arte, todo arte u oficio, desde pintar retratos a elaborar fórmulas de fertilizantes, como dice Esther, pasa por ese afán estético de buscar lo excelente, lo mejor. Ya sea por satisfacción personal o porque de eso depende tu subsistencia. El ejemplo de la música quizás sea más claro: ningún músico, por espontáneo e intimista que sea, querrá producir sones discordantes, faltos de armonía (bueno, sus excepciones habrá, por el motivo que sea). Y practicará cuantas horas sea necesario para conseguir una melodía bella, fluida, expresiva que suene tal como quiere y que transmita lo que él quiere.

Creo que es una cuestión de búsqueda de belleza. Y la belleza, salvo en el mundo natural (que no está en nuestras manos), rara vez se improvisa.