ESCR!BE


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ENCUESTA ABIERTA, ¿qué pedís a..?

No, no os voy a preguntar qué pedís a los Reyes de Oriente, aunque también podría ser una buena encuesta de sueños y despertares. Aprovecho el comentario de Elena, visitante a este blog, para lanzar al aire esta pregunta e invitar a todo el que pase por aquí a responder... ¡Editores, abran los ojos!

La pregunta: ¿qué es lo que más valoráis de una editorial? ¿Y de una pequeña editorial?

Esta encuesta queda abierta indefinidamente.

¡Al asalto de las librerías!


A dos AMIGOS

Tengo dos grandes amigos, compañeros de andanzas literarias y de cierta hermandad brunesca... y que son dos fieras. Acaban de publicar sus primeras novelas y me gustaría dedicarles esta entrada.

Federico Axat ha publicado Benjamín, una sorprendente novela de terror... y mucho más. Lo mejor que os puedo decir es que yo no leo literatura de miedo, y esta novela me atrapó absolutamente.

Teo Palacios se ha estrenado con Hijos de Heracles, una novela histórica y épica sobre la antigua Esparta. Teo maneja la pluma como los hoplitas blandían sus espadas, así que la historia promete...

Os invito a leerlas. Estoy segura de que no os defraudarán.

Y a los dos, mil gracias por vuestra amistad y por todo el apoyo mutuo que nos venimos dando desde que nos embarcamos en esta aventura.

Blue Moon

La llamada luna triste o traidora, herética, fantasiosa y traviesa, que altera el ritmo del calendario y las cosechas, aparece cada dos o tres años. Normalmente, cada año cuenta doce lunas llenas. Pero esta noche, 31 de diciembre de 2009, cuando finalizamos la primera década de este tercer milenio de historia anno Domini, tendremos en el cielo una preciosa luna llena, la segunda en este mes y la número trece de este año. La tierra, algo celosa de tanto relumbre, le clavará un mordisquito de sombra que, si aguzamos la vista y las nubes lo permiten, podremos ver en la cara de nuestro satélite.

Si queréis saber más sobre la Luna azul, clicad aquí. En versión inglesa, algo diferente y con más explicaciones históricas y anécdotas, aquí.

Bonita manera de empezar un año nuevo, iluminados por esta luna lunera, musa inspiradora por excelencia de artistas y poetas… A todos los visitantes y amigos del blog, ¡os deseo un magnífico 2010!




Feliz Navidad

A todos los amigos, colegas de foro y seguidores de este blog, os agradezco vuestras visitas, vuestros comentarios y, lo que es más importante, vuestro ánimo y apoyo moral en este itinerario azaroso del "llegar a publicar".

Os deseo una Feliz Navidad y un Año Nuevo lleno de letras y belleza.

Y, como me gusta añadir música a los mensajes, os dejo esta preciosa canción de Gilberto Gil, con PAZ:

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¿Dónde está el arte, dónde el placer?

Cuando le comenté a Francesc Miralles, autor de mi agencia, que era afortunado por dedicarse a la literatura profesionalmente, a full time, me respondió que escribir por afición, robando horas al tiempo, también tenía su encanto; supongo que lo dijo porque escribir así permite conservar la libertad y la frescura del que solo escribe por pasión.

Ahora bien, aquellos que escriben por profesión y por encargo, ¿son menos libres? ¿Son menos artistas? ¿Están menos enamorados? ¡Ah, no lo creamos! Y pienso en autores como Shakespeare o Lope de Vega, que escribían por oficio y por negocio, sobre temas manidos y argumentos archi-repetidos. ¿Acaso no encontraban goce escribiendo sus obras? Y nosotros, hoy, ¿acaso no valoramos el arte, la hondura y la originalidad que encontramos en ellas, pese a que la mayoría son remakes de mitos y leyendas tan viejos como la humanidad? ¿Dónde está el arte? ¿Dónde está el placer?

Vuelvo a mis clásicos… mis viejos y queridos clásicos. Los que ponderan el placer por el valor del trabajo bien hecho, la satisfacción íntima de buscar la excelencia, la belleza, el detalle que pone broche de oro a una obra. Aquel «Estima la feina que fas...» de Joan Maragall. El placer y el arte no están tanto en uno mismo, sino en aquello que hace.

Cuando, olvidado de sí, el autor se vuelca en su obra, perdido todo afán de notoriedad, todo orgullo, toda vanidad, entonces su arte roza lo místico y necesariamente ha de relumbrar. Pienso en los pintores del Paleolítico, en los bardos que trenzaron las primeras epopeyas, en los compositores que crearon, a impulso de cuerda y golpe de tambor, esas melodías tradicionales sin autor que aún hoy nos seducen; en los anónimos constructores de catedrales, en los escultores desconocidos que han dejado pedazos de belleza eterna esculpidos en piedras que los sobrevivirán durante milenios… Nada queda de ellos, ni tan siquiera el nombre. Nada, salvo su obra. En ella está el arte. En ella el placer.

Vivir de la pluma

Cuando a mi mentora, Montse Rico, le preguntan si se puede vivir de la literatura, ella suele replicar que depende de la frugalidad de tu dieta.
¿Se pueden compaginar las letras con los garbanzos? ¿Se puede vivir de la literatura sin escribir por encargo? ¿O es mejor dejarse llevar por el romanticismo y olvidarse de las ganancias, en aras de una libertad creativa?
¿Es la vida de un escritor un frenesí de inspiración, un impulso a merced de las musas, un romántico dejarse llevar y escapar de la dura realidad prosaica de cada día?
Hace poco leí estas líneas de Martín Descalzo: «una obra creadora, literaria o artística se asienta siempre sobre una dura vida de trabajo, no sobre improvisaciones más o menos brillantes. Hay mucho que leer, mucho que escribir, mucho que aprender, mucho que tachar para, al final, poder escribir algunas líneas que se sostengan en pie. Incluso son muy pocos los escritores y los artistas que se alimentan de su obra creadora. Los más, al menos al principio, han construido su obra al respaldo de otra carrera que les permite sobrevivir. No es fácil, no, vivir de la pluma. A no ser que, además de la poesía, se tenga una granja avícola».
¡Baño de realismo! Tengo la impresión de que la mayoría de los que escribimos estamos en esta situación. Escribimos porque llevamos las letras en la sangre y queremos dedicar una parte de nuestra vida a ello, pero también somos conscientes de que tenemos ese otro trabajo que nos permite “comer” y que no podemos abandonar, entre otras cosas, porque quizás muchos tenemos familias que mantener y porque la pluma no se sostiene sólo con el alma, sino con un cuerpo de carne y hueso.
Y aquellos que se dedican a las letras a tiempo completo saben, como mi mentora, que, aunque los sueños motivan, en la vida de un escritor también hay mucho sudor y muchos platos de lentejas… Como reza el dicho: “noventa por cien de transpiración, diez por cien de inspiración”.
Acabo con una cita de Salvatore Quasimodo: «Los poetas no caminan sobre las estrellas, sino que son seres diariamente curvados sobre la tarea terrestre». Su mérito no es volar elevándose por encima de este mundo cruel, sino, tal vez, saber hacerlo sin dejar de tener los pies posados firmemente sobre la tierra.

Para quién escribimos III

Y acabo la saga —por ahora— y así dejo el tema. Estoy leyendo La azucena roja, de Anatole France, y he aquí que me topo con este párrafo demoledor:

«¡Oh, mis libros…! En un libro no se dice nada de lo que se querría decir. Es imposible expresarse… Por supuesto, sé hablar con la pluma, igual que otro cualquiera. Pero hablar, escribir, no es nada. Es una miseria, cuando lo pensamos; estos pequeños signos de que se forman las sílabas, las palabras, las frases. ¿Qué queda de la idea, la hermosa idea, bajo estos malignos jeroglíficos a la vez vulgares y extraños? ¿En qué convierte el lector mi página de escritura? En una serie de falsos sentidos, de contrasentidos y de ningún sentido. Leer, oír, es traducir. Hay quizá bellas traducciones, pero no las hay fieles. ¿De qué me sirve que admiren mis libros, ya que es lo que cada uno pone en ellos lo que admira? Cada lector sustituye sus visiones a las nuestras. Le suministramos con qué excitar su imaginación. Es horrible servir de materia para semejantes ejercicios. Es una profesión infame.» (La azucena roja, cap. V)

¡Confío que nadie sienta algo parecido! Aunque sospecho que más de uno, en alguna ocasión, habremos estado cerca de sufrir esa devastadora sensación de soledad e incomprensión hacia nuestras pobres letras.

Sin embargo, mi experiencia en los foros literarios me demuestra más bien lo contrario. Hay lectores que no sólo captan con asombrosa precisión esa “idea” oculta tras la letra, sino que incluso ahondan en ella con penetrante lucidez.

Quisiera acabar la reflexión sobre el lector con otra consideración que he oído en varias personas y autores —no me preguntéis quiénes, porque ya no lo recuerdo—. Hay quien dice que, en realidad, todo escritor escribe, al menos, para un lector muy especial… ¡él mismo!

¿En cuántos blogs o foros no leemos algo del estilo “escribo lo que me gustaría leer”, o “me decidí a escribir la historia que me gustaría encontrar publicada”?

¿Cuántos autores no cultivan el género, el estilo o los temas que les apasionan leer en otros escritores?

Me temo que soy uno de los pocos bichos raros que no lo hago. Escribo juvenil pero apenas leo literatura juvenil, y la verdad es que no me atrae mucho, con la salvedad de uno o dos autores.

Aunque, volviendo a la reflexión anterior, debo confesar que tal vez sí, tal vez escribo para mí misma. Más de una vez lo he pensado. Escribo para mí o quizás para la lectora que fui en mi infancia, la que disfrutaba leyendo Ivanhoe, Miguel Strogoff, Los tres mosqueteros, La isla del Tesoro o El señor de los anillos.

Quizás por eso mis novelas parezcan, en palabras de uno de mis primeros lectores, obras “de esas que ya no se escriben”, o sea, del siglo pasado… ¡o del anterior!

Me animo releyendo el discurso inaugural que un catedrático de literatura ofreció recientemente en una conocida universidad barcelonesa. Cito: «Según afirma el teórico Tomachevski: las obras de actualidad no sobreviven al interés temporal que las ha suscitado, mientras que los temas universales: el amor y la muerte, permanecen inalterables a lo largo de la historia».

¿Para quién escribimos? II

Hoy les presento el capítulo II —sí, con números romanos y en plan titular, que queda mejor— de la saga ¿Para quién escribimos?

Hablábamos de la importancia de tener en cuenta al lector, ¡ah, el lector! Destinatario de nuestras letras y afanes, que puede ser un rostro, un nombre, un recuerdo, un público diáfano y concreto o un nebuloso concepto que juega al escondite tras la palabra… Lector

Podemos dar un paso más allá de la reconciliación entre escribir con placer y a la vez para complacer. Se trata de ver al lector, no como un mero receptor de nuestro producto, sino como alguien que posee criterio, que tiene la mente abierta a las novedades y cuyos gustos y exigencias lectoras evolucionan. Y tener el valor de decir: creo tanto en lo que estoy ofreciendo, y creo tanto en la capacidad del que va a recibirlo, que ya no voy a escribir para gustar al lector; voy a intentar que al lector le guste lo que escribo. ¿Por qué? Porque estoy convencido de que vale la pena.

De esta manera, escapamos a la tentación: renunciamos a ganar audiencia con recursos fáciles y buscamos seducirla tentando su paladar y enseñándola a apreciar otros sabores diferentes.

Por supuesto, es fácil de decir y no tanto de llevar a la práctica. Para educar los gustos lectores y generar nuevas tendencias se requiere arte, tiempo, originalidad y un gran talento como escritor. Pero, ¿quién dijo que un escritor se hace en dos días? Un primer paso es comenzar y dilucidar dónde colocamos nuestras aspiraciones. Quisiera acabar con un texto de Umberto Eco, que multiplicó la afición por la novela histórica construida con rigor y densa en contenido filosófico. Cito de sus Apostillas a El nombre de la rosa (capítulo “Construir el lector”):

«Se escribe pensando en un lector. Así como el pintor pinta pensando en el que mira el cuadro. Da una pincelada y luego se aleja dos o tres pasos para estudiar el efecto… Cuando la obra está terminada, se establece un diálogo entre el texto y sus lectores (del que está excluido el autor)»

«…escribir es construir, a través del texto, el propio modelo de lector.»

«…el escritor escribe con la esperanza, ni siquiera demasiado secreta, de que precisamente su libro logre crear, y en gran número, muchos nuevos representantes de ese lector deseado y perseguido con tanta meticulosidad artesanal, ese lector que su texto postula e intenta suscitar.

La diferencia, en todo caso, está entre el texto que quiere producir un lector nuevo y el que trata de anticiparse a los deseos del lector que puede encontrarse por la calle. En el segundo caso, tenemos el libro escrito, construido según un formulario, adecuado para la producción en serie: el autor realiza una serie de análisis de mercado y se ajusta a las expectativas. Con la distancia puede verse quién trabaja mediante fórmulas: basta analizar las diferentes novelas que ha escrito para descubrir que, salvo los cambios de nombres, lugares y fisonomías, en todas se cuenta la misma historia: la que el público pedía.

En cambio, cuando el escritor planifica lo nuevo y proyecta un lector distinto, no quiere ser un analista de mercado que confecciona la lista de los pedidos formulados, sino un filósofo que intuye las tramas del Zeitgeist. Quiere revelarle a su público lo que debería querer, aunque no lo sepa. Quiere que, por su intermedio, el lector se descubra a sí mismo».

Nunca dejes de soñar

Ayer se celebró la gala de entrega del I Premio As de Picas. Me pareció que una buena manera de cerrar este episodio de mi vida literaria era asistir, así que fui y, la verdad, me alegro que haberlo hecho.

Fue un acto sorprendente y espectacular, muy alejado de las entregas de premios tan solemnes y académicas que, supongo, se dan en el mundo editorial. Comenzó en la plaza Lesseps de Barcelona, junto a la biblioteca pública, con un espectáculo rapero de El Chojin, bajo la claridad de un par de focos “que no son la luna” (cito de una de sus canciones) y de un globo iluminado con la efigie del As de Picas. Dicen que el rap será la poesía del siglo XXI… ¡tal vez! El caso es que Chojin, con su rap positivo, nos metió las ganas de mover el cuerpo, una tonelada de buena onda y también nos hizo pensar...

Rodeados de multitud de jóvenes, participantes en el jurado, amigos y público, entramos luego a la biblioteca. En la sala de actos, nos esperaba otro espectáculo en tres dimensiones. Combinando escenificación en directo, show de la presentadora y montaje audiovisual en tres pantallas, los asistentes pudimos saber qué es el As de Picas, cuál es la filosofía del concurso y de la editorial Viceversa y cómo se llevó a cabo el proceso de selección de novelas y decisión del jurado.

Resumiendo, fue interesante ver la intención de conjugar dos tipos de fantasía: la literaria y la que se produce para los videojuegos, así como la participación activa de jóvenes elegidos de toda España que contribuyeron a la lectura y selección de originales. A todo esto, fui reflexionando y comprendí mucho mejor por qué mi novela no se adaptaba a este concurso ni al tipo de literatura que buscan.

Y por fin, llegó el momento esperado, cuando la presentadora tomó el cofre “del tesoro”, la llave dorada, lo abrió… y reveló quién era el ganador.

Fue Rafael Ábalos, con la novela Poliedrum, una historia donde un grupo de amigos se ven introducidos en un mundo que mezcla realidad y fantasía y se embarcan en una peligrosa misión.

Esta parte final del acto es la que disfruté más. Rafael Ábalos es un orador que sabe seducir con su voz y sus palabras. Nos habló del niño vivo que llevan dentro los escritores que, como él, escriben fantasía, de su afán por crear otros mundos imaginarios, del placer creador de la literatura. Y nos leyó el breve y escalofriante primer capítulo de la novela, ¡no necesitó más para encender nuestros deseos de saber más!

Viceversa se marcó otro detalle: nos regaló a todos los asistentes un ejemplar de “preestreno” de la novela, que por supuesto, todos fuimos a recoger.

Cuando acabó el acto, fui a saludar a la directora de Viceversa y a su jefe editorial. Me presenté y les agradecí la invitación al evento. Ellos estuvieron muy amables y atentos, recordaban mi nombre (ja, ja, supongo que por ser la autora de la caja de los diez kilos…) y también agradecieron mi asistencia.

Y luego, aún vino lo mejor. Me puse a la cola para que Rafael me firmara el libro. Le expliqué que era una escritora casi novel y que también había participado en el concurso. Estuvo muy cariñoso. Hablamos un poquito, me firmó con una dedicatoria que releeré muchas veces y cuando le pedí un consejo de escritor consagrado, me miró fijamente a los ojos y me dijo: “No dejes nunca de soñar. Vive tus historias, vibra con ellas, métete en ellas, siéntelas... No hay otro secreto.”

Me quedo con esas palabras, el pequeño tesoro que recibí anoche. Claro que es un consejo que no necesito, pues así lo hago y así lo siento… Pero, de vez en cuando, es bueno que alguien te lo recuerde.

Houston, tenemos un problema…

Pues sí, tenemos un problema. O quizás mejor debería decir, tengo un reto. Prefiero bromear para no saltar, ¡maldita sea, siempre LO MISMO!!! Pero más vale que baje de la Luna y vaya al grano.

El miércoles día 4 se hace público el ganador del Premio As de Picas, el concurso en el que con tanta ilusión —«no me llames iluso…»— participé hace unos meses.

He pasado unas semanas de nervios porque una amiga mía que también concursó me dijo que desde hace casi un mes han ido enviando mensajes a los no ganadores… ¡y yo sin recibir una triste nota!

Por fin, me llegó una invitación, automática, impersonal. Así que decidí llamar a la editorial y salir de dudas. Se supone que, si no has ganado, has tenido que recibir el mensaje. Y si has conseguido el premio, ¡al menos tienen que avisarte unos días antes!

Sí, salí de dudas. No he sido premiada. Y me enviaron un mensaje amable explicándome el por qué.

Reproduzco el párrafo:

«Te escribo desde el departamento editorial de Viceversa. Acabamos de hablar por teléfono, y justo al colgar he caído en por qué tú no habías recibido mail. A los autores que estaban representados por agencia Carlos Martínez, director editorial de Viceversa, les hizo una llamada para comunicarles la valoración y decisión del jurado. Aún así, puedo decirte que El heredero del clan estaba extraordinariamente bien escrita, muy bien estructurada, con una trama muy bien dosificada y unos personajes llenos de vida... Fue, sin duda, de las mejores. Pese a sus cualidades, pensamos que quizá la segunda parte de la novela era demasiado adulta (los personajes crecen y, como es natural, los temas que los ocupan cambian) y, por lo tanto, alejada del público juvenil al que queríamos dirigirnos. Y, por último, sólo nos queda agradecerte enormemente tu participación, y expresar el deseo de que puedas seguir participando en todas las ediciones venideras. A partir del 5 de noviembre estarán ya publicadas las nuevas bases y se abrirá la IIa Edición del Premio...»

Los que habéis participado en concursos ya sabéis lo que se siente… Esa mezcla extraña de alivio, ante la duda resuelta, y de vacío interior, con la sensación de haber perdido algo.

Y la reacción inmediata. En mi caso, vinieron los sentimientos antes que la reflexión. Rabia: ¡siempre igual, la eterna pugna entre juvenil-no juvenil! Si Viceversa hace esas consideraciones sobre mi novela, ¿no será eso un obstáculo para que otras editoriales la publiquen? ¡Y no quiero cambiar mi historia! ¡Es así, la escribí así y la quiero así! ¿No existe literatura juvenil “un poquito” para adultos?

Luego, llegaron las consideraciones… ¡Baño de realismo! Para ganar un premio hay que tener todas las cartas favorables, y yo tenía al menos seis puntos en contra:

1. Había autores representados por el director de la misma editorial: ¡puntos en su favor! (* ver NOTA)
2. Participaron autores super consagrados, como Rafael Abalos, ¡más puntos para ellos!
3. Mi novela era larguísima, ¡punto en contra!
4. No es excesivamente —por no decir, casi nada— fantástica (otro punto menos)
5. Para ser adaptada a juego de play station... puede ser fenomenal, según cómo se mire, y puede no serlo
6. Los supuestos temas adultos (o no infantiles, diría yo)

Conclusión: ya tengo un nuevo desafío: buscar editorial para la novela. Como sea. Bueno, en realidad es mi agente quien debe hacerlo… Pero pondré todo cuanto pueda de mi parte para empujar. Ya sé que la propia autora no es buen juez de sus obras, pero creo que es de lo mejor que he escrito. Mejor que Estirpe… mejor que el resto de novelas. ENCONTRARÉ QUIEN QUIERA PUBLICARLA. ¡Esa será mi meta! Perdí una batalla, pero voy ganar la guerra.

***

NOTA: He cometido un error de interpretación en el mensaje de Viceversa. No es que hubiera autores representados por la misma editorial, sino que el director de la editorial, Carlos Martínez, llamó por teléfono a los autores representados por agencias (en mi caso, llamó a la agente y por eso yo no lo supe hasta más tarde). Disculpas por la errata. Esto invalida el punto 1. de mis consideraciones.