Labrando la pauta

Si me dan papel pautado, escribo por el otro lado. El dicho se atribuye a Juan Ramón Jiménez, poeta de verso y prosa que escribía con jota todo lo que sonara a “j”, ya fuera ge o jota lo que dictara la ortografía académica.

Pero el caso es que todos, o casi todos los de mi generación hemos aprendido a escribir con pauta. Los primeros años escolares utilizábamos cuadernos con pauta doble, esos dos carriles azules que te obligan a hinchar la letra hasta llenarlos, si tiendes a escribir menudo, o que ciñen el lomo de las vocales como cinturón de fuerza, si tiendes a una grafía generosa. Sí, la pauta marca, dirige, constriñe… pero también modela, esculpe, orienta. Es el haz y el envés de la educación, siempre fluctuante entre la represión y la expansión; entre la libertad y la norma.

Hubo un tiempo en que amé las pautas y me ceñí religiosamente a ellas, convirtiéndolas en mi fortaleza. Durante unos meses, en segundo de primaria, tuve como compañera de pupitre a María Jesús. No era una alumna destacada y su carácter era tímido y reservado. Pero tenía algo maravilloso: era la que mejor escribía de toda la clase. María Jesús era menudita y flaca, pero su letra era grande y redonda, firme y de trazo grueso. Escribía con un lápiz blando del 1, presionando el papel casi hasta rasgarlo. Las hojas de su libreta, en el anverso, podrían leerse pasando la yema de los dedos sobre el relieve. Una vez le dijeron a mi padre, que también escribe así, casi perforando el folio, que más que escribir, ara sobre el papel. María Jesús también araba sobre la pauta.

¿El secreto? Lápiz blando, presión fuerte… y calma. María Jesús escribía lenta y concienzudamente. Podía cometer faltas de ortografía, podía ser la última en acabar un dictado, pero cada página de su cuaderno era un bordado. La maestra la elogiaba y las demás niñas la admirábamos. Yo quise emularla. Durante unos meses, aprendí a escribir como ella: lenta, pausada y potente. Labrando la pauta. Luego, cuando dejé de ser su compañera, ya me había acostumbrado y mi letra continuó siendo clara, redonda y elegante. Tienes buena letra, he oído decir, innumerables veces. Aunque, cuando voy aprisa, también sé hacer letra “de médico”.

Si te dan papel pautado, escribe por el otro lado... Cuántas libretas de pauta llené con mis ejercicios y mis pinitos literarios. Años más tarde, cuántos folios blancos invadí con mi caligrafía desigual, renegando de pautas y de márgenes, mientras tomaba apuntes o escribía furiosamente mi diario adolescente. Mi escritura trepaba cuesta arriba, en un ángulo ascendente que, según los grafólogos, puede ser señal de optimismo, de energía vital o de delirio. Me da la impresión de que, en plena época negra de mi vida, esos renglones rampantes que  físico y emocional delataban más bien esto último.


Hoy escribo poco a mano. Mi fantasía pasó del papel a la pantalla, y el lápiz blando del 1 se convirtió en treinta y pico teclas negras con letras blancas que jamás miro. Ya no escribo despacio. Quizás corro demasiado. Lo único que he conservado de aquellos días es la presión. No me gustan los teclados suaves, no me gustan las pantallas táctiles. Prefiero usar las macros al ratón, si puedo. Me gusta apretar la tecla, sentir la resistencia bajo mis dedos, el tac, tac, tac del resorte al rebotar… Antes labraba la pauta; luego conquisté el desierto sin caminos del folio blanco. Ahora mis dedos bailan claqué sobre el teclado. La pantalla se llena de letras y la loca de la casa, mientras tanto, se escapa a correr aventuras.

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